Edición 27 • 3 al 9 de julio de 2005
Hoy es miércoles, 8 de febrero de 2012

50 años de vida sacerdotal al servicio de la Iglesia y las almas

Padre Bertulfo Acevedo Echeverri

José A. Rodríguez González
redaccionsjc@elvisitante.biz

Padre Bertulfo Acevedo Echeverri nació en Amagá, Colombia, el 5 de abril de 1930. Sus padres se llamaban Manuel Antonio y María Clotilde. Es el tercero de seis hijos que engendró el matrimonio Acevedo Echeverri. Sus hermanos se llamaban: Ángel, Emilio, Carmelina, Virgelina e Isabel. El último que quedaba vivo, Emilio, falleció el 2 de marzo de 2005.

Se educó en Cartago, Colombia. A los 13 años ingresó al seminario menor en Manizales. Hizo su filosofía en el Desierto de la Candelaria, Bollacá. Su teologado lo cursó en Suba, Bogotá. Además estudió psicología y bibliotecología en la Universidad Javeriana de Bogotá.


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¿Cuándo se ordenó de sacerdote?

Fui ordenado el 17 de junio de 1955 por la imposición de manos del obispo auxiliar de Bogotá, Monseñor Luis Córdoba Concha.

¿Dónde cursó su carrera eclesiástica?

Mi formación fue agustiniana porque ingresé a la congregación de los agustinos debido a que había mucha influencia donde los conocí, en Cartago, Colombia, donde me crié. Me enamore del espíritu agustino basado en hermanos el carisma de amar primero Dios y después al prójimo. Profesé los votos religiosos en 1948, en Colombia.

Con el permiso del arzobispo de la arquidiócesis de Tunja, Monseñor Augusto Trujillo Alango, trabajé como sacerdote diocesano en 1970. En 1976 me concede, el arzobispo, permiso para ir a Estados Unidos a trabajar con las comunidades hispanas.

¿Cuáles han sido sus responsabilidades pastorales?

Tras mi ordenación sacerdotal, me asignaron a la misiones de Casanares, en Colombia, donde estuve 10 años. Luego fui Capellán Militar por 6 años, en que serví a la armada de infantería de Casanares. Fui vicerrector y prefecto de disciplina por 3 años en el Colegio Agustino de Bogotá. Después fui párroco en Suba, Bogotá, donde había estudiado; y en 1976 viajé a Estados Unidos, a la diócesis de Canden, New Yersey. Aquí trabajé con los hispanos por 7 años. En 1982 viajé a Puerto Rico, en que he estado hasta actualidad.

En Puerto Rico, he estado de párroco en la Parroquia La Milagrosa de Palmarito, Corozal: entre 1982 a 1986. Luego pasé a un campo de Lares como primer párroco y fundador de la Parroquia San Judas Tadeo, en el Barrio Buenos Aires. Aquí estuve 8 años. Luego serví 7 años en la Parroquia Nuestra Señora del Carmen de la Playa en Vega Baja. De aquí fui trasladado a la Parroquia Nuestra Señora de los Dolores del Barrio Maguana de Utuado. Comencé el 1 de diciembre del 2000 y he perseverado hasta el presente.

¿Por qué llegó a Puerto Rico?

La razón por la que llegué a Puerto Rico fue porque el contacto que tuve con las comunidades puertorriqueñas en Estados Unidos me movió a conocer la cultura puertorriqueña. Así que un día me trasladé a Puerto Rico y solicité incardinación en la Diócesis de Arecibo. En mayo de 1982, el entonces obispo, Monseñor Miguel Rodríguez me la concede.

Con ocasión de su aniversario de oro sacerdotal, ¿qué significa para usted?

Significa, en realidad, la entrega total de mi vida al servicio de la Iglesia; algo que me llena de plena satisfacción. Me compromete a gastar mis últimos días al servicio de esta Iglesia en contacto con los que me encuentre en mi camino. Seguiré trabajando por mi Iglesia.

Me siento muy agradecido a mi obispo actual, Monseñor Iñaki Mallona, como al Padre Dimas Soberal; de quienes he recibido detalles muy bellos en este año jubilar. Siento una gran satisfacción de haber podido servir a mis hermanos donde mis superiores me han asignado, a lo largo de toda mi vida sacerdotal.

De su vida sacerdotal, ¿qué le apasiona más?

La vida parroquial es lo que más me gusta. En las misiones, era casi párroco y aquí en Puerto Rico lo he sido en todo el tiempo que he estado. Poder llegar al pueblo y tratarlos de tu a tu, es algo que me realiza como sacerdote.

¿Qué les diría a los feligreses de Puerto Rico?

Les diría que hay mucha necesidad de incrementar las vocaciones sacerdotales nativas para que de esta manera se pueda continuar una obra más eficiente. Veo la urgencia de que haya sacerdotes nativos que puedan llegar más al corazón de los puertorriqueños.

Archivo EV

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