Edición 27 • 3 al 9 de julio de 2005
Hoy es martes, 7 de febrero de 2012

“La Eucaristía se desarrolla por entero en el contexto dinámico de signos que llevan consigo un mensaje denso y luminoso. A través de los signos, el misterio se abre de alguna manera a los ojos del creyente.”
Carta Apostólica Mane Nobiscum Domine —Juan Pablo II

Testimonio

Mi primera comunión

Argimiro Ruano
Para EL VISITANTE

Todos guardamos en la mente fechas tan personales, que resulta poco menos que imposible transcribirlas a cabalidad para los demás. En mi caso, una de esas fechas es el 10 de abril de 1932, mi plenitud de paz en la tierra.

¡Qué grato recuerdo el de don Baltasar Tavera Regalado (q.e.p.d.), párroco de mi aldea natal, provincia y diócesis de Salamanca! Preparó la ceremonia del gran día, con la colaboración de doña Lucinda (q.e.p.d.) y de don Valentín (q.e.p.d.), esposos ejemplares, maestros de escuela primaria apreciadísimos en toda la comarca como profesionales y católicos practicantes.

Con el catecismo de Astete memorizado de principio a fin, mis ocho años no cumplidos se arrodillaron ante el confesor para sentir la mañana siguiente, también de rodillas, el primer contacto del blanquísimo pan sobre mi lengua. ¡Qué inocencia angelical en la preparación para aquel día! Mi fe competía en claridad con la del sol radiante. Sombra ni penumbra alguna podían cuestionarme que se trataba, en efecto, del pan de los ángeles; que los ángeles andaban de por medio.

Ignoro cómo se las arregló mi paupérrima madre para que figurara de gala azul en el rito que reunía a partes iguales hogar, escuela e iglesia. Prendida con alfileres sobre el hombro izquierdo caía hacia el codo ancha cinta de seda con flequillo colgante dorado, estampada en ella la hostia inmaculada sobre cáliz dorado. En la mano derecha, diminuto librito con tapas anacaradas, canto y broche dorados. Lo que ya no recuerdo son los breves versos que cada niño de los cuatro comulgantes tuvo que recitar cara al público desde lo alto de la escalinata donde quedaba el altar mayor. Sí recuerdo la diferente calidad de los recitadores y mis nervios alborotados.

De rodillas en el confesonario, la víspera, y en el comulgatorio el día siguiente, mi mente, sin la más mínima contaminación aún, respiraba fuera de este mundo ante la personalidad de don Baltasar, su andar, sus gestos, sus palabras, sus manos con el blanquísimo pan hacia mi boca. De hecho, el momento (preparación para comulgar, con semanas de anticipación, el instante de la comunión, y la acción de gracias posterior) quedó indeleble en mi mente para la eternidad. No se aparta de mí el recuerdo de mi experiencia de lo inmaculado.

Entre mis fotos de mesilla de noche conservo en marco dorado la estampita recuerdo (dos pulgadas de ancho por tres de alto) que me (nos) dio don Baltasar. Ha viajado conmigo por tierra, mar y aire, y quisiera que se fundiera y confundiera con mis, ya muy próximas, cenizas finales. Por irrelevantes, en su comparación, excluyo de mi deseo testamentario a mis títulos profesionales y a mis numerosos escritos. Que lleguen a la ceniza, sin pena ni gloria, como puedan.

En el anverso de la estampita está la figura de San Pío X dando la comunión a cuatro niños impecablemente angelizados en su uniforme y en su porte. Dos acaban de levantarse del comulgatorio, caminando, los ojos bajos, juntas las palmas de sus manos a la altura del pecho. Los dos restantes se encuentran recibiendo aún la comunión de manos de Pío X, arrodillados. Debajo de la escena, cuatro líneas impresas: “Acerquémonos a Jesús con la sencillez de una fe perfecta con fervor y con amor”. En el reverso de la estampita, el sello de la parroquia casi casi ilegible. Inscripción ovalada con una cruz en el centro: “Parroquia de la Asunción-Monleras”. Debajo, el autógrafo de don Baltasar: “El niño Argimiro Ruano comulgó la primera vez el día 10 de abril de 1932”. Es el autógrafo que, diluido en ellas, deseo que autobiografíe mis cenizas.

Cada noche, antes del sueño, pido, por intercesión del Padre Manuel Nieto, santo sacerdote jesuita, el regreso, cuando sea, desde donde sea, a la paz de aquel día primaveral. Porque, espiritualmente hablando, el logotipo de mi biografía posterior sería un abultado montón de escombros de naufragios en serie. No obstante, el recuerdo de aquel día destella desde el fondo de tanto nubarrón acumulado. Caminando afanosamente hacia ninguna parte por senderos equivocados, una tempestad tras otra, un naufragio tras otro, nada ha podido, sin embargo, extinguir mi experiencia con la inocencia un 10 de abril de 1932.

Archivo EV

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