“La Eucaristía se desarrolla por
entero en el contexto dinámico de signos
que llevan consigo un mensaje denso y luminoso.
A través de los signos, el misterio se abre
de alguna manera a los ojos del creyente.”
Carta Apostólica Mane Nobiscum Domine —Juan
Pablo II
Testimonio
Mi
primera comunión
Argimiro Ruano
Para EL VISITANTE
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Todos
guardamos en la mente fechas tan personales,
que resulta poco menos que imposible transcribirlas
a cabalidad para los demás. En mi
caso, una de esas fechas es el 10 de abril
de 1932, mi plenitud de paz en la tierra.
¡Qué grato
recuerdo el de don Baltasar Tavera Regalado
(q.e.p.d.), párroco de mi aldea natal,
provincia y diócesis de Salamanca!
Preparó la ceremonia del gran día,
con la colaboración de doña
Lucinda (q.e.p.d.) y de don Valentín
(q.e.p.d.), esposos ejemplares, maestros
de escuela primaria apreciadísimos
en toda la comarca como profesionales y católicos
practicantes. |
Con
el catecismo de Astete memorizado de principio
a fin, mis ocho años no cumplidos se arrodillaron
ante el confesor para sentir la mañana siguiente,
también de rodillas, el primer contacto
del blanquísimo pan sobre mi lengua. ¡Qué inocencia
angelical en la preparación para aquel día!
Mi fe competía en claridad con la del sol
radiante. Sombra ni penumbra alguna podían
cuestionarme que se trataba, en efecto, del pan
de los ángeles; que los ángeles andaban
de por medio.
Ignoro
cómo se las arregló mi paupérrima
madre para que figurara de gala azul en el rito
que reunía a partes iguales hogar, escuela
e iglesia. Prendida con alfileres sobre el hombro
izquierdo caía hacia el codo ancha cinta
de seda con flequillo colgante dorado, estampada
en ella la hostia inmaculada sobre cáliz
dorado. En la mano derecha, diminuto librito con
tapas anacaradas, canto y broche dorados. Lo que
ya no recuerdo son los breves versos que cada niño
de los cuatro comulgantes tuvo que recitar cara
al público desde lo alto de la escalinata
donde quedaba el altar mayor. Sí recuerdo
la diferente calidad de los recitadores y mis nervios
alborotados.
De
rodillas en el confesonario, la víspera,
y en el comulgatorio el día siguiente, mi
mente, sin la más mínima contaminación
aún, respiraba fuera de este mundo ante
la personalidad de don Baltasar, su andar, sus
gestos, sus palabras, sus manos con el blanquísimo
pan hacia mi boca. De hecho, el momento (preparación
para comulgar, con semanas de anticipación,
el instante de la comunión, y la acción
de gracias posterior) quedó indeleble en
mi mente para la eternidad. No se aparta de mí el
recuerdo de mi experiencia de lo inmaculado.
Entre
mis fotos de mesilla de noche conservo en marco
dorado la estampita recuerdo (dos pulgadas
de ancho por tres de alto) que me (nos) dio don
Baltasar. Ha viajado conmigo por tierra, mar y
aire, y quisiera que se fundiera y confundiera
con mis, ya muy próximas, cenizas finales.
Por irrelevantes, en su comparación, excluyo
de mi deseo testamentario a mis títulos
profesionales y a mis numerosos escritos. Que lleguen
a la ceniza, sin pena ni gloria, como puedan.
En
el anverso de la estampita está la figura
de San Pío X dando la comunión a
cuatro niños impecablemente angelizados
en su uniforme y en su porte. Dos acaban de levantarse
del comulgatorio, caminando, los ojos bajos, juntas
las palmas de sus manos a la altura del pecho.
Los dos restantes se encuentran recibiendo aún
la comunión de manos de Pío X, arrodillados.
Debajo de la escena, cuatro líneas impresas: “Acerquémonos
a Jesús con la sencillez de una fe perfecta
con fervor y con amor”. En el reverso de
la estampita, el sello de la parroquia casi casi
ilegible. Inscripción ovalada con una cruz
en el centro: “Parroquia de la Asunción-Monleras”.
Debajo, el autógrafo de don Baltasar: “El
niño Argimiro Ruano comulgó la primera
vez el día 10 de abril de 1932”. Es
el autógrafo que, diluido en ellas, deseo
que autobiografíe mis cenizas.
Cada
noche, antes del sueño, pido, por intercesión
del Padre Manuel Nieto, santo sacerdote jesuita,
el regreso, cuando sea, desde donde sea, a la paz
de aquel día primaveral. Porque, espiritualmente
hablando, el logotipo de mi biografía posterior
sería un abultado montón de escombros
de naufragios en serie. No obstante, el recuerdo
de aquel día destella desde el fondo de
tanto nubarrón acumulado. Caminando afanosamente
hacia ninguna parte por senderos equivocados, una
tempestad tras otra, un naufragio tras otro, nada
ha podido, sin embargo, extinguir mi experiencia
con la inocencia un 10 de abril de 1932.