El Monje Benedictino
como Sacerdote
P. Eric R. Buermann, O.S.B.
Para EL VISITANTE
Hace unas semanas El Visitante publicó dos
artículos, uno sobre la espiritualidad del
sacerdote diocesano y el otro del sacerdocio religioso.
Bajo el término “sacerdote religioso” el
autor incluyó sacerdotes que pertenecen
no sólo a “institutos muy antiguos” como
los benedictinos, frailes menores, dominicos y
carmelitas sino también otros que surgieron
más tarde (en el s. XVI o aún en
el s. XIX).
Aunque los benedictinos se clasifican en general
como religiosos, el término más preciso
es decir que los benedictinos son monjes, una palabra
tomada del griego y significa “solitario,
separado.” Sin embargo, la soledad del monje
no es aislamiento ni menosprecio de los otros,
sino que está en función de una mayor
comunión con Cristo y consecuentemente con
los hombres. O, como un monje-teólogo del
siglo IV, Evagrio Póntico, afirmaba, “el
monje se considera unido a todos, porque se ve
a sí mismo en cada uno.”
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Los monjes de san Benito son los que quieren
vivir en comunidad “bajo una regla y
un abad” (R.B. 1). Se dedican a la oración,
a la lectura divina y al trabajo. La oración
es una tarea incesante del monje; y la oración
comunitaria lo recoge, acrecienta y alimenta.
La lectio divina, de la Palabra de Dios y de “las
enseñanzas de los Santos Padres” (R.B.
73), son instrumentos de virtudes para los
monjes todos los días. |
Hoy día el trabajo de los monjes es mucho menos agrícola que antes;
puede incluir actividades artesanales y, mirando la sociedad en que vivimos,
la investigación científica y todo tipo de actividad intelectual.
Históricamente la vida monástica era básicamente laica,
ya que la mayoría de los monjes eran laicos. Todo cristiano pudiera sentirse
llamado a darlo todo para vivir radicalmente el misterio de la muerte y la resurrección
de Jesús en un camino escondido de pobreza y humildad. El sacerdote o
presbítero, en cambio, a partir de su ordenación, se ha de integrar
en la función ministerial de la palabra y de los sacramentos. Tenemos
que recordar siempre que ser monje y ser presbítero no se contraponen
sino que se complementan de cara a la edificación del Reino de Dios.
Así san Benito en su Regla está dispuesto a admitir sacerdotes
a su comunidad con el aviso de que ellos deben “observar todas las prescripciones
de la Regla”(RB c. 60). A lo largo de la historia del monacato, desde el
tiempo de san Benito hasta nuestros días, los monasterios siempre han
tenido algunos miembros que eran sacerdotes y que ejercían su ministerio
tanto dentro como afuera del recinto monástico. Tomás Merton, por
ejemplo, no era sólo monje sino también sacerdote. La historia
tanto antigua como moderna nos ofrece otros ejemplos admirables de sacerdotes
que han sido fieles monjes en la vida monástica. El Beato Columba Marmion,
el distinguido Cardenal Basil Hume como arzobispo de Westminister en Inglaterra,
y el conocido autor contemporáneo, Anselm Grün, todos son ejemplos
de monjes-sacerdotes.
La formación de un monje, tanto del que permanece laico como el que es
ordenado presbítero, es idéntica. La única diferencia es
que para recibir el sacramento de los Sagrados Ordenes el candidato tiene que
cumplir exactamente todos los requisitos que exige la Iglesia para cualquier
presbítero. Es decir, tiene que tomar cursos de la filosofía, de
teología, de las Sagradas Escrituras, de la liturgia, de la espiritualidad
y de moral.
Al ser ordenado, el monje-sacerdote puede ejercer
su ministerio en obediencia a su abad. Esto puede
ser dentro del recinto monástico o afuera, según
las necesidades del momento en la Iglesia. Pero siempre lo cumple su ministerio
fiel al carisma de su Orden, es decir, de oración, lectura divina y trabajo.