Expresión honda del amor de Jesús
Anselm
Grün
El
Señor toma posesión del pan y
del vino, de modo que se convierten en expresión
profunda del amor de Jesús. Cuando celebramos
su muerte y resurrección en la eucaristía,
nos situamos al abrigo de este amor desde el que
nos llama a cada uno por nuestro nombre y tenemos
parte en su vida divina, vida que venció a
la muerte. En la fracción del pan se pone
de manifiesto que Jesús no vivió para
sí mismo, sino que se partió por
nosotros haciéndonos partícipes de
sí mismo y de su amor.
La
teología medieval reflexionó principalmente
sobre el misterio de la transformación del
pan y del vino en el cuerpo y la sangre de Jesucristo.
Se acuñó el concepto de “transustanciación”.
El entonces cardenal Ratzinger expresaba así el
significado de este concepto abstracto: “El
Señor toma posesión del pan y del
vino, en cierto sentido los saca de los goznes
de su ser ordinario y los eleva a un nuevo orden”.
Se trata, en definitiva, del orden de su amor.
Pan y vino se convierten en expresión honda
del amor de Jesús. Se transforman en algo
diferente, en el cuerpo y la sangre de Jesús,
signos de su entrega en la cruz por amor. La teología
moderna ha tratado de expresar el misterio de esta
transformación con otras imágenes.
Cuando aprecio y quiero mucho a una persona, no
elijo cualquier regalo para ella, sino que busco
algo que le recuerde mi amor y le haga pensar en
mí. De la misma manera, Jesús escogió el
pan que se parte, porque expresa perfectamente
cómo se deja romper por amor en nuestro
favor, para que a nosotros no nos quiebre el desamor
de nuestro entorno. Y escogió el vino como
realidad que condensa todo lo que había
dicho a los discípulos en su discurso de
despedida: “Nadie tiene amor más grande
que el que da la vida por sus amigos” (Jn
15,13).
Pero
no podemos limitar al pan y al vino la transformación
que tiene lugar en la celebración eucarística.
En las ofrendas del pan y del vino presentamos
ante Dios toda la creación. Y en la eucaristía
expresamos que todo el mundo, en lo más íntimo,
está totalmente penetrado por Cristo, que
nosotros encontramos a Cristo en todas las cosas.
El pan representa también la historia de
nuestra vida. Se hace con el grano que crece en
la espiga, bajo la lluvia y el sol, a la intemperie.
De este modo, nos ofrecemos a nosotros mismos sobre
el altar con todo aquello que ha crecido en nosotros,
y también con todo lo que no ha salido como
hubiéramos deseado. No les damos vueltas
y más vueltas a las heridas de nuestra vida,
pero tampoco huimos de ellas. En el pan se las
presentamos a Dios. Y Dios enviará también
su Espíritu Santo sobre nuestra vida y dirá: “Esto
es mi cuerpo”. Todo lo que le presentamos
a Dios, lo transformará en el Cuerpo de
su Hijo en la eucaristía. En el cáliz
no sólo presentamos ante Dios el vino, sino
también todos los sufrimientos y alegrías
del mundo. El cáliz representa las aflicciones
de los hombres, pero también nuestros deseos
de un amor que nos cautive, que eleve nuestro cuerpo
y nuestra alma. En el cáliz tomamos nuestra
vida con todos los dolores y aspiraciones, sufrimientos
y alegrías que se han ido acumulando en
ella y los elevamos para que todos puedan verlos.

En
nuestro cáliz todo es digno de estar
en la esfera divina. Y todo puede ser transformado
en la sangre de Jesús, en el amor hecho
hombre que quiere penetrarlo todo. Una vez soñé que
estaba celebrando la misa junto con nuestro abad.
En el momento del ofertorio pusimos nuestros relojes
sobre las ofrendas del pan y el vino para que nuestro
tiempo febril y agitado fuera transformado. Nuestro
trabajo, nuestro tiempo, nuestros desasosiegos,
nuestros problemas, nuestras divisiones, nuestras
preocupaciones, todo lo depositamos sobre al altar,
y el Espíritu de Dios, que habíamos
invocado sobre las ofrendas, lo transformó.
Hay
quienes piensan que es imposible celebrar todos
los días la eucaristía como fiesta
del amor de Dios. Pero la transformación
de nuestro mundo, de la historia de nuestra vida...
podemos celebrarla a diario con toda tranquilidad.
Pues ahí ponemos de manifiesto que, en nuestra
vida cotidiana, tampoco estamos solos, que la eucaristía
pone su sello en nuestra vida, incluso en sus acontecimientos
más triviales, y quiere transformarla. Cuando
creo que Dios también está transformando
mi mundo junto con el pan y el vino, entonces puedo
ir tranquilamente al trabajo, puedo esperar con
toda confianza que las cosas no van a ser como
antes, sino que las relaciones pueden cambiar,
que los conflictos sin solución se van a
resolver y que lo pesado se volverá más
ligero. La eucaristía es expresión
de mi confianza en que, por la celebración
de la muerte y resurrección de Jesús,
incluso lo que en mí está yerto se
va a transformar en vida nueva.
Ejercitarse en el amor
La
Iglesia Católica siempre ha entendido
la eucaristía como sacrificio. Hoy somos
conscientes de que los protestantes tenían
razón cuando criticaban un concepto viciado
de sacrificio. Hoy en día, muchos católicos
también tienen dificultades a propósito
del término “sacrificio”: o
bien les recuerda una educación en la que
se enseñaba que había que hacer el
mayor número de sacrificios para agradar
a Dios, o bien relacionan el sacrificio de Jesús
en la cruz con la idea de que Dios le exigió este
sacrificio a su Hijo. Frente a estas desviaciones
conviene que nos preguntemos por el auténtico
significado del “sacrificio”. En principio, “sacrificio” significa
que algo terrenal es elevado al ámbito de
lo divino, que ese algo se le da a Dios, porque
es a Dios a quien pertenece. Visto de este modo,
el concepto de “sacrificio” se revela,
en nuestros días, como algo de gran actualidad.
Hoy todo tiene una finalidad. Todo ha de tener
un rendimiento, ha de dar resultados.
En
la eucaristía devolvemos nuestra vida
a Dios, de quien la hemos recibido. La arrancamos
del contexto de lo que tiene que tener una finalidad.
Pertenece a Dios. Así creamos un espacio
libre en el que no tenemos que producir nada, ni
buscar rendimiento, ni exhibir resultados. Y, a
partir de Dios, intuimos quiénes somos realmente.
El
segundo significado del “sacrificio” es
el de ofrenda, entrega. Cuando la Biblia afirma
que la muerte de Jesús es un sacrificio,
está queriendo decir que Jesús, en
la muerte, lleva a cumplimiento su amor. En ningún
caso afirma la Biblia que Dios le haya exigido
a su Hijo el sacrificio de la cruz. Jesús
no vino a la tierra para morir por nosotros, sino
para anunciarnos la buena noticia de la cercanía
del Dios del amor. Pero cuando llegó a la
conclusión de que el conflicto con los fariseos
y los saduceos podía tener como consecuencia
su muerte violenta, no huyó, sino que perseveró en
el amor por los suyos hasta la muerte. Jesús
no entendió su muerte violenta como fracaso,
sino como entrega por los suyos. Así lo
indica en sus palabras sobre el Buen Pastor: “Yo
doy mi vida por las ovejas... Nadie me la quita,
sino que la doy yo voluntariamente” (Jn 10,
15.18).
Así pues, la muerte de Jesús es expresión
de su amor, del amor con el que nos ha amado de
manera incondicional y hasta el extremo; y es también
manifestación de la libertad y soberanía
con que se entregó por nosotros. Cuando
celebramos su muerte y resurrección en la
eucaristía, nos situamos al abrigo de este
amor desde el que nos llama a cada uno personalmente,
por nuestro nombre. En la celebración del
sacrificio de la cruz llegamos al convencimiento
de que el amor de Cristo toca y transforma todo
lo que en nosotros hay de opuesto y contradictorio.
Cuando
se habla del sacrificio de la Iglesia, no significa
que tengamos que hacer méritos
para que Dios esté contento con nosotros,
sino que tenemos que ejercitarnos en el amor de
Jesús. Sacrificar significa, pues, ejercitarse
en la práctica del amor con que Cristo nos
ha amado primero. De este modo estaremos expresando
nuestra firme intención de amar a Dios y
al prójimo, uniendo nuestra suerte a la
de Jesucristo, y nuestro deseo de dejarnos transformar
por Cristo a imagen de su amor.
Cuando
la Iglesia entiende la eucaristía
también como sacrificio, está situándose
dentro de la larga tradición formada por
muchas religiones, que entienden el sacrificio
como punto culminante del servicio divino y como
fuente de renovación de la vida. En opinión
de C. G. Jung, los católicos que entienden
la misa como sacrificio contarían con la
ventaja de poder creer mejor en el valor de la
propia vida. Gracias a ello tienen la sensación
de que su vida es significativa a los ojos de este
mundo. Cuando se ejercitan en el amor de Cristo
y cuando, junto con Cristo, se presentan a Dios
como “sacrificio”, atraviesan entonces
el mundo con el amor de Cristo y colaboran en la
transformación del cosmos por “amorización” –de
amor-, término con el que Teilhard de Chardin
designa la penetración del cosmos por el
amor. No deberíamos colocar el concepto
de “sacrificio” en el centro de nuestra
comprensión de la eucaristía. Pero
tampoco sirve de mucho suprimir sin más
un concepto presente en todas las religiones y
que también la Biblia y la tradición
cristiana emplean constantemente. Correríamos
el peligro de considerar la eucaristía de
manera excesivamente trivial y cómoda. Con
frecuencia, nuestra vida se encuentra bastante
vacía, seca. Por el sacrificio de Cristo –así es
como piensan los antiguos- se renueva mediante
la fuerza de su amor. Entonces empieza nuevamente
a manar en nosotros la fuente del amor.
El
sueño de Dios sobre los hombres
Las
Iglesias orientales entienden la eucaristía
sobre todo como misterio. Misterio significa iniciación
en los secretos de Dios. La comprensión
de la eucaristía de la primitiva Iglesia
oriental tenía como trasfondo los cultos
mistéricos helenísticos, en los que
los mystai –los que participaban en las ceremonias-
eran introducidos en el conocimiento de los designios
de la divinidad. En el culto de Mitra, los celebrantes
entraban en comunión con la vida y la muerte
de Mitra, de manera que participaban de su fuerza
sanadora y transformadora.
Los
Padres griegos entendían la eucaristía
de manera parecida. Celebramos la vida de Jesucristo,
su encarnación, los prodigios que realizó,
su muerte y resurrección. Y en la celebración
tenemos parte en su vida divina, vida que venció a
la muerte. En cierto modo, nuestra vida recibe
también el ser de la vida divina. Nada –y
así lo experimentaban los cristianos en
cada eucaristía- puede separarnos del amor
de Cristo. Ni siquiera la muerte tiene poder alguno
sobre nosotros. Porque hemos sido aceptados en
el camino de Jesucristo. Y este camino nos conduce
también a la verdadera vida, a la vida en
plenitud, que se distingue por una alegría
perfecta y un perfecto amor.
El
término “misterio”, hoy en
día incomprensible para muchos, también
podría explicarse como el sueño de
Dios sobre los hombres. No sólo nosotros
tenemos sueños en nuestra vida; también
Dios tenía un sueño acerca de los
hombres. Y este sueño se hizo realidad en
su Hijo Jesucristo. En él se manifestó la
bondad de Dios y su amor a los hombres (cf Tit
3,4). En Cristo aparece de manera evidente esta
imagen del hombre tal como Dios la había
soñado. Es la imagen de un ser humano total
y absolutamente uno con Dios, penetrado por la
bondad y el amor de Dios. La eucaristía
representa en sus ritos el misterio de la encarnación
de Jesucristo, el sueño de Dios acerca de
nosotros, los hombres, que nos hacemos uno con
Dios.
Pero
en la Eucaristía no sólo celebramos
que Jesús se hizo hombre, sino también
su muerte y resurrección. Aquí llega
a plenitud su encarnación. Hasta las profundidades
de la muerte han sido transformadas por medio de
Cristo. Ni siquiera en la muerte podemos ser arrancados
de la unión con Dios.
Cuando
la Iglesia representa el misterio de la encarnación y el misterio de la muerte y
resurrección de Jesús, nosotros somos
introducidos en el misterio de los caminos de Jesús,
que nos conduce también hacia la unidad
con Dios y nos regala el convencimiento de que
ya nada puede separarnos del amor de Cristo, en
el que hemos sido hechos uno con Dios sin distinción.
La
fracción del pan
En
la Iglesia primitiva se designaba la eucaristía
con la expresión “fracción
del pan”. La fracción del pan recuerda
a los cristianos que Jesús, en la última
Cena, y sentado a la mesa con los discípulos
de Emaús, había partido el pan. Cuando
el sacerdote parte el pan, los fieles tienen ante
sus ojos la muerte de Jesús. La fracción
del pan representa la culminación del amor
de Jesús en su entrega en la cruz. Pero
también remite a todos los encuentros de
Jesús con los hombres, en los que se presenta
ante ellos como salvador y liberador, encuentros
en los que compartió con ellos su tiempo,
su fuerza y su amor. En la fracción del
pan se pone de manifiesto que Jesús no vivió para
sí mismo, sino que durante toda su existencia
se partió por nosotros, haciéndonos
partícipes de sí mismo y de su amor.
Jesús es esencialmente un “ser-para...”,
una “existencia-en-favor-de...”.
En
la fracción del pan expresamos nuestro
anhelo más profundo de que ahí haya
alguien totalmente a favor nuestro, hasta el punto
de que intercede por nosotros incluso en la muerte,
y nos ama.
Cuando
partían el pan, los cristianos también
pensaban en el relato de la multiplicación
de los panes que narran todos los evangelios. Entonces,
Jesús tomó el pan y pronunció la
bendición. En Marcos leemos: “Tomó los
siete panes, dio gracias, los partió y se
los entregó a sus discípulos para
que los repartieran” (Mc 8,6). La fracción
del pan tiene que ver con el compartir. Los discípulos
tienen que compartir su pan con la multitud de
oyentes que estaba allí. Compartir es una
imagen importante de la celebración de la
eucaristía.
La
eucaristía no es simplemente invitación
a compartir con otras personas lo que tenemos,
a dar de nuestro pan a los hambrientos. La eucaristía
es ya en sí misma la celebración
del compartir. Compartimos unos con otros nuestro
tiempo, el mismo espacio. Cuando asistimos a la
celebración en común, cuando participamos
en los cánticos y en las oraciones, cuando
nos comprometemos con las personas que participan
con nosotros de la misma comida, estamos compartiendo
con ellos nuestra misma vida, nuestros deseos y
aspiraciones, nuestros sentimientos y necesidades,
nuestros temores y esperanzas. Cuando, en la eucaristía,
compartimos nuestra vida unos con otros, estamos
creando espacios para la comunidad, para la hospitalidad.
Nace entonces la solidaridad, el calor, la preocupación
de unos por otros.
Al
compartir, se cura un pedacito de nuestros desgarros.
El pan que com-partimos, que partimos
unos con
otros, nos regala la esperanza de que lo que hay
en nosotros de roto y quebrado también va
a ser curado, recompuesto. Los fragmentos en que
se ha dividido nuestra vida vuelven a juntarse
de nuevo. Pero la fracción del pan es, al
mismo tiempo, una invitación a abrirnos
unos a otros, a romper nuestra coraza emocional
y a permitirnos mutuamente franquear las puertas
de nuestros corazones.
Fuente:
Revista Cooperador Paulino
(agosto, 2005)