Edición 28 • 10 al 16 de julio de 2005
Hoy es martes, 7 de febrero de 2012

Expresión honda del amor de Jesús

Anselm Grün

El Señor toma posesión del pan y del vino, de modo que se convierten en expresión profunda del amor de Jesús. Cuando celebramos su muerte y resurrección en la eucaristía, nos situamos al abrigo de este amor desde el que nos llama a cada uno por nuestro nombre y tenemos parte en su vida divina, vida que venció a la muerte. En la fracción del pan se pone de manifiesto que Jesús no vivió para sí mismo, sino que se partió por nosotros haciéndonos partícipes de sí mismo y de su amor.

La teología medieval reflexionó principalmente sobre el misterio de la transformación del pan y del vino en el cuerpo y la sangre de Jesucristo. Se acuñó el concepto de “transustanciación”. El entonces cardenal Ratzinger expresaba así el significado de este concepto abstracto: “El Señor toma posesión del pan y del vino, en cierto sentido los saca de los goznes de su ser ordinario y los eleva a un nuevo orden”. Se trata, en definitiva, del orden de su amor. Pan y vino se convierten en expresión honda del amor de Jesús. Se transforman en algo diferente, en el cuerpo y la sangre de Jesús, signos de su entrega en la cruz por amor. La teología moderna ha tratado de expresar el misterio de esta transformación con otras imágenes. Cuando aprecio y quiero mucho a una persona, no elijo cualquier regalo para ella, sino que busco algo que le recuerde mi amor y le haga pensar en mí. De la misma manera, Jesús escogió el pan que se parte, porque expresa perfectamente cómo se deja romper por amor en nuestro favor, para que a nosotros no nos quiebre el desamor de nuestro entorno. Y escogió el vino como realidad que condensa todo lo que había dicho a los discípulos en su discurso de despedida: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13).

Pero no podemos limitar al pan y al vino la transformación que tiene lugar en la celebración eucarística. En las ofrendas del pan y del vino presentamos ante Dios toda la creación. Y en la eucaristía expresamos que todo el mundo, en lo más íntimo, está totalmente penetrado por Cristo, que nosotros encontramos a Cristo en todas las cosas. El pan representa también la historia de nuestra vida. Se hace con el grano que crece en la espiga, bajo la lluvia y el sol, a la intemperie. De este modo, nos ofrecemos a nosotros mismos sobre el altar con todo aquello que ha crecido en nosotros, y también con todo lo que no ha salido como hubiéramos deseado. No les damos vueltas y más vueltas a las heridas de nuestra vida, pero tampoco huimos de ellas. En el pan se las presentamos a Dios. Y Dios enviará también su Espíritu Santo sobre nuestra vida y dirá: “Esto es mi cuerpo”. Todo lo que le presentamos a Dios, lo transformará en el Cuerpo de su Hijo en la eucaristía. En el cáliz no sólo presentamos ante Dios el vino, sino también todos los sufrimientos y alegrías del mundo. El cáliz representa las aflicciones de los hombres, pero también nuestros deseos de un amor que nos cautive, que eleve nuestro cuerpo y nuestra alma. En el cáliz tomamos nuestra vida con todos los dolores y aspiraciones, sufrimientos y alegrías que se han ido acumulando en ella y los elevamos para que todos puedan verlos.

En nuestro cáliz todo es digno de estar en la esfera divina. Y todo puede ser transformado en la sangre de Jesús, en el amor hecho hombre que quiere penetrarlo todo. Una vez soñé que estaba celebrando la misa junto con nuestro abad. En el momento del ofertorio pusimos nuestros relojes sobre las ofrendas del pan y el vino para que nuestro tiempo febril y agitado fuera transformado. Nuestro trabajo, nuestro tiempo, nuestros desasosiegos, nuestros problemas, nuestras divisiones, nuestras preocupaciones, todo lo depositamos sobre al altar, y el Espíritu de Dios, que habíamos invocado sobre las ofrendas, lo transformó.

Hay quienes piensan que es imposible celebrar todos los días la eucaristía como fiesta del amor de Dios. Pero la transformación de nuestro mundo, de la historia de nuestra vida... podemos celebrarla a diario con toda tranquilidad. Pues ahí ponemos de manifiesto que, en nuestra vida cotidiana, tampoco estamos solos, que la eucaristía pone su sello en nuestra vida, incluso en sus acontecimientos más triviales, y quiere transformarla. Cuando creo que Dios también está transformando mi mundo junto con el pan y el vino, entonces puedo ir tranquilamente al trabajo, puedo esperar con toda confianza que las cosas no van a ser como antes, sino que las relaciones pueden cambiar, que los conflictos sin solución se van a resolver y que lo pesado se volverá más ligero. La eucaristía es expresión de mi confianza en que, por la celebración de la muerte y resurrección de Jesús, incluso lo que en mí está yerto se va a transformar en vida nueva.

Ejercitarse en el amor

La Iglesia Católica siempre ha entendido la eucaristía como sacrificio. Hoy somos conscientes de que los protestantes tenían razón cuando criticaban un concepto viciado de sacrificio. Hoy en día, muchos católicos también tienen dificultades a propósito del término “sacrificio”: o bien les recuerda una educación en la que se enseñaba que había que hacer el mayor número de sacrificios para agradar a Dios, o bien relacionan el sacrificio de Jesús en la cruz con la idea de que Dios le exigió este sacrificio a su Hijo. Frente a estas desviaciones conviene que nos preguntemos por el auténtico significado del “sacrificio”. En principio, “sacrificio” significa que algo terrenal es elevado al ámbito de lo divino, que ese algo se le da a Dios, porque es a Dios a quien pertenece. Visto de este modo, el concepto de “sacrificio” se revela, en nuestros días, como algo de gran actualidad. Hoy todo tiene una finalidad. Todo ha de tener un rendimiento, ha de dar resultados.

En la eucaristía devolvemos nuestra vida a Dios, de quien la hemos recibido. La arrancamos del contexto de lo que tiene que tener una finalidad. Pertenece a Dios. Así creamos un espacio libre en el que no tenemos que producir nada, ni buscar rendimiento, ni exhibir resultados. Y, a partir de Dios, intuimos quiénes somos realmente.

El segundo significado del “sacrificio” es el de ofrenda, entrega. Cuando la Biblia afirma que la muerte de Jesús es un sacrificio, está queriendo decir que Jesús, en la muerte, lleva a cumplimiento su amor. En ningún caso afirma la Biblia que Dios le haya exigido a su Hijo el sacrificio de la cruz. Jesús no vino a la tierra para morir por nosotros, sino para anunciarnos la buena noticia de la cercanía del Dios del amor. Pero cuando llegó a la conclusión de que el conflicto con los fariseos y los saduceos podía tener como consecuencia su muerte violenta, no huyó, sino que perseveró en el amor por los suyos hasta la muerte. Jesús no entendió su muerte violenta como fracaso, sino como entrega por los suyos. Así lo indica en sus palabras sobre el Buen Pastor: “Yo doy mi vida por las ovejas... Nadie me la quita, sino que la doy yo voluntariamente” (Jn 10, 15.18).

Así pues, la muerte de Jesús es expresión de su amor, del amor con el que nos ha amado de manera incondicional y hasta el extremo; y es también manifestación de la libertad y soberanía con que se entregó por nosotros. Cuando celebramos su muerte y resurrección en la eucaristía, nos situamos al abrigo de este amor desde el que nos llama a cada uno personalmente, por nuestro nombre. En la celebración del sacrificio de la cruz llegamos al convencimiento de que el amor de Cristo toca y transforma todo lo que en nosotros hay de opuesto y contradictorio.

Cuando se habla del sacrificio de la Iglesia, no significa que tengamos que hacer méritos para que Dios esté contento con nosotros, sino que tenemos que ejercitarnos en el amor de Jesús. Sacrificar significa, pues, ejercitarse en la práctica del amor con que Cristo nos ha amado primero. De este modo estaremos expresando nuestra firme intención de amar a Dios y al prójimo, uniendo nuestra suerte a la de Jesucristo, y nuestro deseo de dejarnos transformar por Cristo a imagen de su amor.

Cuando la Iglesia entiende la eucaristía también como sacrificio, está situándose dentro de la larga tradición formada por muchas religiones, que entienden el sacrificio como punto culminante del servicio divino y como fuente de renovación de la vida. En opinión de C. G. Jung, los católicos que entienden la misa como sacrificio contarían con la ventaja de poder creer mejor en el valor de la propia vida. Gracias a ello tienen la sensación de que su vida es significativa a los ojos de este mundo. Cuando se ejercitan en el amor de Cristo y cuando, junto con Cristo, se presentan a Dios como “sacrificio”, atraviesan entonces el mundo con el amor de Cristo y colaboran en la transformación del cosmos por “amorización” –de amor-, término con el que Teilhard de Chardin designa la penetración del cosmos por el amor. No deberíamos colocar el concepto de “sacrificio” en el centro de nuestra comprensión de la eucaristía. Pero tampoco sirve de mucho suprimir sin más un concepto presente en todas las religiones y que también la Biblia y la tradición cristiana emplean constantemente. Correríamos el peligro de considerar la eucaristía de manera excesivamente trivial y cómoda. Con frecuencia, nuestra vida se encuentra bastante vacía, seca. Por el sacrificio de Cristo –así es como piensan los antiguos- se renueva mediante la fuerza de su amor. Entonces empieza nuevamente a manar en nosotros la fuente del amor.

El sueño de Dios sobre los hombres

Las Iglesias orientales entienden la eucaristía sobre todo como misterio. Misterio significa iniciación en los secretos de Dios. La comprensión de la eucaristía de la primitiva Iglesia oriental tenía como trasfondo los cultos mistéricos helenísticos, en los que los mystai –los que participaban en las ceremonias- eran introducidos en el conocimiento de los designios de la divinidad. En el culto de Mitra, los celebrantes entraban en comunión con la vida y la muerte de Mitra, de manera que participaban de su fuerza sanadora y transformadora.

Los Padres griegos entendían la eucaristía de manera parecida. Celebramos la vida de Jesucristo, su encarnación, los prodigios que realizó, su muerte y resurrección. Y en la celebración tenemos parte en su vida divina, vida que venció a la muerte. En cierto modo, nuestra vida recibe también el ser de la vida divina. Nada –y así lo experimentaban los cristianos en cada eucaristía- puede separarnos del amor de Cristo. Ni siquiera la muerte tiene poder alguno sobre nosotros. Porque hemos sido aceptados en el camino de Jesucristo. Y este camino nos conduce también a la verdadera vida, a la vida en plenitud, que se distingue por una alegría perfecta y un perfecto amor.

El término “misterio”, hoy en día incomprensible para muchos, también podría explicarse como el sueño de Dios sobre los hombres. No sólo nosotros tenemos sueños en nuestra vida; también Dios tenía un sueño acerca de los hombres. Y este sueño se hizo realidad en su Hijo Jesucristo. En él se manifestó la bondad de Dios y su amor a los hombres (cf Tit 3,4). En Cristo aparece de manera evidente esta imagen del hombre tal como Dios la había soñado. Es la imagen de un ser humano total y absolutamente uno con Dios, penetrado por la bondad y el amor de Dios. La eucaristía representa en sus ritos el misterio de la encarnación de Jesucristo, el sueño de Dios acerca de nosotros, los hombres, que nos hacemos uno con Dios.

Pero en la Eucaristía no sólo celebramos que Jesús se hizo hombre, sino también su muerte y resurrección. Aquí llega a plenitud su encarnación. Hasta las profundidades de la muerte han sido transformadas por medio de Cristo. Ni siquiera en la muerte podemos ser arrancados de la unión con Dios.

Cuando la Iglesia representa el misterio de la encarnación y el misterio de la muerte y resurrección de Jesús, nosotros somos introducidos en el misterio de los caminos de Jesús, que nos conduce también hacia la unidad con Dios y nos regala el convencimiento de que ya nada puede separarnos del amor de Cristo, en el que hemos sido hechos uno con Dios sin distinción.

La fracción del pan

En la Iglesia primitiva se designaba la eucaristía con la expresión “fracción del pan”. La fracción del pan recuerda a los cristianos que Jesús, en la última Cena, y sentado a la mesa con los discípulos de Emaús, había partido el pan. Cuando el sacerdote parte el pan, los fieles tienen ante sus ojos la muerte de Jesús. La fracción del pan representa la culminación del amor de Jesús en su entrega en la cruz. Pero también remite a todos los encuentros de Jesús con los hombres, en los que se presenta ante ellos como salvador y liberador, encuentros en los que compartió con ellos su tiempo, su fuerza y su amor. En la fracción del pan se pone de manifiesto que Jesús no vivió para sí mismo, sino que durante toda su existencia se partió por nosotros, haciéndonos partícipes de sí mismo y de su amor. Jesús es esencialmente un “ser-para...”, una “existencia-en-favor-de...”.

En la fracción del pan expresamos nuestro anhelo más profundo de que ahí haya alguien totalmente a favor nuestro, hasta el punto de que intercede por nosotros incluso en la muerte, y nos ama.

Cuando partían el pan, los cristianos también pensaban en el relato de la multiplicación de los panes que narran todos los evangelios. Entonces, Jesús tomó el pan y pronunció la bendición. En Marcos leemos: “Tomó los siete panes, dio gracias, los partió y se los entregó a sus discípulos para que los repartieran” (Mc 8,6). La fracción del pan tiene que ver con el compartir. Los discípulos tienen que compartir su pan con la multitud de oyentes que estaba allí. Compartir es una imagen importante de la celebración de la eucaristía.

La eucaristía no es simplemente invitación a compartir con otras personas lo que tenemos, a dar de nuestro pan a los hambrientos. La eucaristía es ya en sí misma la celebración del compartir. Compartimos unos con otros nuestro tiempo, el mismo espacio. Cuando asistimos a la celebración en común, cuando participamos en los cánticos y en las oraciones, cuando nos comprometemos con las personas que participan con nosotros de la misma comida, estamos compartiendo con ellos nuestra misma vida, nuestros deseos y aspiraciones, nuestros sentimientos y necesidades, nuestros temores y esperanzas. Cuando, en la eucaristía, compartimos nuestra vida unos con otros, estamos creando espacios para la comunidad, para la hospitalidad. Nace entonces la solidaridad, el calor, la preocupación de unos por otros.

Al compartir, se cura un pedacito de nuestros desgarros. El pan que com-partimos, que partimos unos con otros, nos regala la esperanza de que lo que hay en nosotros de roto y quebrado también va a ser curado, recompuesto. Los fragmentos en que se ha dividido nuestra vida vuelven a juntarse de nuevo. Pero la fracción del pan es, al mismo tiempo, una invitación a abrirnos unos a otros, a romper nuestra coraza emocional y a permitirnos mutuamente franquear las puertas de nuestros corazones.

Fuente:
Revista Cooperador Paulino
(agosto, 2005)

Archivo EV

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