Amor adolescente
Padre Isaías Revilla Casado, OSA
Para EL VISITANTE
frirevilla@hotmail.com
P/ Tengo veinte años. Tuve mi primer novio
a los 16. Ni antes ni después he tenido
otro. Me dejó para estar con otra chica;
ya lo había hecho antes otras tres veces
con distintas muchachas. Yo, como estaba enamorada
de él, siempre le perdoné. Ahora
llevo año y medio sola. Le extraño
muchísimo y deseo (si Dios quiere, porque Él
es quien decide) estar con él. Mi pregunta
es: ¿se peca contra el 9º mandamiento por
sentir aún ese amor por él? Yo no
soy de las que se vengan como en las novelas.
Anónimo.
R/ Hace un tiempo, en una reunión de jóvenes
alguien definió el enamoramiento como una
palabra de dos partes: enamora- y -miento: “Enamorarse
es mentir”. Yo me reí y repliqué que,
si hubiese sido uno de mis alumnos de gramática,
hubiese recibido un monumental suspenso. Pero tengo
que reconocer que en la práctica de lo que
ocurre en los años púberes (14- 20),
se cumple con cierta testarudez. Y lo peor no es
que se mienta al otro; es que se miente uno a sí mismo.
Eso es lo que le pasa a mi comunicante, cuyo anonimato
me solicita y yo respeto.
Tu enamoramiento te está engañando
miserablemente. Estás presentando a tu enemigo
tu flanco débil. Te auguro que perderás
la guerra, y además sufrirás las
peores y más doloras consecuencias, si no
dejas de engañarte. Los “mariposos” seguirán
mariposeando; y seguirán mariposeando porque
hay flores tontas que les admiten a libar en su
polen. ¡No seas tú una de ésas!
Y desde luego, si estuvieses dispuesta a esperarle,
a darle la “prueba del amor”, aunque
quedases embarazada, porque así le habrías
ganado (¡cuántas han cometido este
terrible y lamentable error!); aparte de que estarías
dándote la cabeza contra una pared, ya estarías
también quebrantando en el 9º mandamiento
de la ley de Dios.
Es normal que a los 13… 14 años surjan
esos estremecimientos ante una mirada de un chico
o de una chica, que provoquen un atractivo y una
amistad, si quieres. Pero cuando lo llamamos enamoramiento
y comenzamos a hablar de noviazgo, lo que pasa
es que estamos poniéndonos una venda en
los ojos y ni siquiera cuando nos la arrancan violentamente
con tres engaños, como en el caso actual,
vemos la realidad. Lo terrible es que ese enamoramiento
lo permitimos en nombre de la libertad. Somos libres
para enamorarnos. Ya no tenemos por qué hacer
caso a los consejos de nuestros “viejos”…
¡Terrible equivocación!
Lo lógico es que, después de haber
tenido esa primera experiencia a los 13 años,
surgirá inevitablemente otra a los 15, 16,
18… Y cuando uno llega a los 20 puede tener
un abanico de conocidos, entre los cuales puede
elegir. En eso consiste la verdadera libertad:
en la capacidad de elección. Lo anterior
es crearse una esclavitud ante un falso amor, que
nos distrae de nuestra formación y tal vez
nos lleva a una maternidad o paternidad, sin saber
ni siquiera “freír un huevo”.
Hemos estropeado nuestra vida, la del enamorado(a),
y, tal vez, si hemos ido demasiado lejos, la del
niño concebido por un infantilismo tonto;
tanto más tonto cuanto que lo hemos hecho,
pensando que ya somos “mayores”.
Pero “mayores” son nuestros padres
o nuestros directores espirituales. ¡Qué bueno
sería tenerles en cuenta!
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