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Juan Pablo II: Regalo de Dios a un mundo en necesidad

Américo López Ortiz
Para EL VISITANTE

El mundo entero reconoce su rol inigualable de guía moral y espiritual de nuestro tiempo. En medio del caos reinante en las instituciones humanas, una voz valiente y verdadera se levanta poderosa, llevando la orientación necesaria en el momento oportuno, pastoreando el rebaño con fervor inusitado y consumado celo apostólico. Es Juan Pablo II, que ya empieza a ser reconocido como uno de los más grandes papas en la historia de la Iglesia Universal.

Aún la prensa secular como el “Times”, le proclama “Hombre del Año en 1994”. Este año ha visto como su obra “Cruzando el umbral de la Esperanza” se ha convertido en el libro de más venta en doce países del mundo. Su palabra inspiradora urge a no tener miedo: ¡No tengas miedo de los hombres! El hombre es siempre igual; los sistemas que crea son siempre imperfectos cuanto más seguro está de sí mismo”. Sus profundas meditaciones filosóficas descubren el manto del corazón humano angustiado, ofreciendo el bálsamo que es Cristo a las necesidades más apremiantes. Juan Pablo II conoce la mentalidad superficial de nuestra sociedad ambivalente, enfermiza, esclavizada y le ofrece la frescura del Evangelio como alternativa redentora. Hay remedio para los males de nuestro tiempo. Cristo es la respuesta.

Como Pastor Universal Juan Pablo II celebró dignamente el Jubileo del año 2000 y la llegada del tercer milenio de la Cristiandad. Su exhortación apostólica “Tertio Millenio Adveniente” constituyó un verdadero Plan Pastoral para la Iglesia Universal. Dos tercios del documento están dedicados a los preparativos del Jubileo.

El Jubileo era y sigue siendo “un tiempo dedicado de modo particular a Dios”, pues, “en el Cristianismo el tiempo tiene una importancia fundamental” y “en Jesucristo (...) el tiempo llega a ser una dimensión de Dios que en sí mismo es eterno”. Para la Iglesia fue “un año de gracia”, año de perdón de los pecados y de las penas por los pecados, tiempo de conversión y reconciliación. Para Juan Pablo II fue la ocasión propicia para suplicar del modo más ferviente la gracia de la unidad de todos los cristianos hasta llegar a alcanzar la plena comunión.

Una nueva primavera

Utilizando la terminología propia de San Juan Bosco en sus profecías acerca del tercer milenio de la Cristiandad y haciéndose eco del testamento espiritual de Juan XXIII, el Papa Bueno, el Gran Jubileo ha sido una nueva primavera, para la cual venimos preparándonos desde hace tiempo, con la celebración del Concilio Vaticano II, los Sínodos de Obispos, los Años Santos, el año Mariano 1987-88, las encíclicas papales, los viajes del Santo Padre por todo el mundo, los jubileos locales y regionales como los del Bautismo de la Rux en 1988 y el V Centenario de la Evangelización de las Américas en 1992 y el Año Internacional de la Familia en 1994.

No olvidemos las celebraciones de la Jornada Mundial de la Juventud y los encuentros ecuménicos del Santo Padre con los líderes de las demás confesiones y credos religiosos. La preparación de este momento exigió un examen de conciencia dejando al descubierto los pecados que han dañado “la unidad querida por Dios para su pueblo”. Desechar “los métodos de intolerancia e incluso el uso de la violencia en servicio de la verdad, (...) la indiferencia religiosa, la extendida pérdida del sentido trascendente de la existencia humana y el extravío en el campo ético, la violación de fundamentales derechos humanos por parte de regímenes totalitarios”.

Mirando introspectivamente en la Iglesia, descubrimos con Juan Pablo II, la desorientación de muchos en la fe, a causa de “posturas teológicas erróneas, que se difunden también a causa de la crisis de obediencia al magisterio de la Iglesia”.

Como soldado incansable que lucha por la causa de Cristo, como vencedor de sus enemigos, como leal guardián de los valores de la Casa de Dios, Juan Pablo II propuso un pormenorizado programa ampliamente consultado, para el gran jubileo, consistente en dos períodos:

1. Fase ante preparatoria de 1994-1996

2. Fase preparatoria de 1997-1999.

En la primera fase, se llevaron a cabo Sínodos Locales en América, Asia y Oceanía. La segunda fase estuvo centrada en Cristo, “Hijo de Dios hecho hombre”. La misma fue una fase trinitaria dedicándose el primer año (1997) a la reflexión sobre Cristo, la naturaleza de la Fe y el Sacramento del Bautismo; 1998 se dedicó al Espíritu Santo, a la virtud teologal de la Esperanza y a la Confirmación; 1999 se centró en Dios Padre en el don de la caridad y en el sacramento de la Reconciliación. Finalmente, el objetivo del año 2000 fue la glorificación de la Trinidad y fue dedicado a la Eucaristía.

La vigilia del año 2000 sirvió de ocasión al diálogo interreligioso, con especial énfasis de los hebreos y musulmanes, llevándose a cabo históricas reuniones en Belén, Jerusalén y el Sinaí. En ocasión del gran jubileo se llevó a cabo el Congreso Eucarístico en Roma.

El legado de Juan Pablo II a la Iglesia y al mundo es enorme. Su contribución al bienestar de la barca de Pedro es tan abarcador que perdurará mucho después de su partida. La conducción e implantación de las auténticas reformas del Concilio Vaticano II, la corrección de las desviaciones de los pseudo-reformistas, el nuevo Código de Derecho Canónico, el nuevo Catecismo de la Iglesia Universal, lo prolífico de su obra escrita sobre los más variados temas de actualidad palpitante, pero sobre todo, su acendrado espíritu de oración –que lo convierten en un verdadero “hombre de Dios”- le hacen figurar entre los grandes hombres de la historia de la humanidad. Su contribución a la caída de los regímenes totalitarios marxistas en Europa Oriental y la antigua Unión Soviética, gracias a su fiel observancia a las peticiones de María Santísima en Fátima (como lo atestigua el capítulo 20 de su obra Cruzando el Umbral de la Esperanza, capítulo que lleva por título “Erase una vez el comunismo”), le hacen figurar como uno de los grandes benefactores de la humanidad que busca la paz y la armonía, rechazando la cultura de la muerte, la violencia, la guerra.

Ojalá y el pueblo católico tomara más conciencia de quién es este Papa polaco, hijo predilecto de María Santísima, devoto insuperable de su Corazón Inmaculado, instrumento eficaz en la lucha de la Mujer contra la serpiente antigua. Ojalá que nuestro Pueblo de Dios tomara más conciencia de los grandes dones que el Señor derrama en estos tiempos sobre su Iglesia, auténticas maravillas nunca antes experimentadas que demuestran la valía de ese Pastor Universal de las almas: “Derrotar al mal: esto es la redención”. “¡No tengáis miedo!”

En los últimos años, en que su salud se ha visto minada por el mal de Parkinson y las consecuencias y efectos neurológicos terribles del atentado contra su vida el 13 de mayo de 1981, en que fue tiroteado en la Plaza de San Pedro, se han dejado sentir, Juan Pablo II, ha sido un verdadero ejemplo del Cristo sufriente, llevando el peso de su cruz de forma heroica, no importando la cuota de sufrimientos que ello suponga.

Como bien lo señaló el propio Santo Padre, salvó su vida de forma milagrosa, gracias a la mano maternal de Nuestra Señora de Fátima que “desvió la bala asesina”, pudiendo brindar a la sede de Pedro y al mundo, muchos años adicionales de servicio ejemplar. Juan Pablo nos narra que se sintió transportado espiritualmente al Santuario de Fátima y experimentó el abrazo maternal del Corazón Inmaculado de María y la protección de su sagrado manto, “la gracia del cobijamiento”. El Papa sobrevivió y cambió la historia del mundo...

Su tesón, su fuerza de voluntad, su sentido de cumplimiento del deber, han sentado cátedra al mundo, del valor del testimonio y la vivencia. En un mundo hedonista, que rinde culto a los estilos de vida consumistas y materialistas, a los ídolos de la belleza y el “glamour”, el ejemplo aleccionador del Papa, nos recuerda a todos, los grandes valores de la cultura de la vida: la vida interior, la oración y meditación contemplativa, el cumplimiento de los deberes y la santificación del trabajo, aceptando con sumisión el sufrimiento que la vida nos depare. En ello reside “el cargar la cruz de cada día y seguir a Cristo”. Y el Papa Juan Pablo II, sea desde su lecho de enfermo, sea desde su silencio aleccionador, o desde sus numerosos escritos, o sus memorables viajes por todo el mundo, o desde sus gestos afectivos con los niños, nos lega grandes tesoros como muy pocos hombres en la historia han podido legar. “Todo tuyo... regalo de Dios a un mundo en necesidad... todo está consumado”.

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