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Padre Efraín Zabala |
Filósofos
superficiales
Entre acontecimientos lamentables se oye un triste
clamor “esto ‘tá malo”.
Las tragedias que subrayan la realidad en ascuas
hacen mella en los sentimientos momentáneos,
pero no penetran en la mente y el corazón
de la multitud. Parece ser que tanto golpe emotivo
resbala sobre la piel demasiado reseca por las
circunstancias adversas y lo expulsan con el
olvido y la indiferencia.
Si los nuevos filósofos penetraran en la
esencia de los por qués, regresarían
a las raíces y a la cátedra que nos
dejaron nuestros padres. El lamento como estribillo
pasajero está lleno de confeti y de inconsistencia
con la realidad. Mientras los quejosos se llenan
la boca con las palabras apocalípticas,
no dudan en caer en las garras de lo que el mundo
promete y da como bueno y justo.
Esa ambivalencia entre lo justo y razonable y
los dictámines frágiles mantiene a la
comunidad en vilo porque hasta ahora la compasión
se escribe con mayúscula. Esos nuevos filósofos,
con corazón bueno y mente descabellada,
quisieran hacer algo digno por el país,
pero están comprometidos con el sistema
económico y materialista. Tal vez los que
están hablando de la condición critica
del país, ya tienen en mente ir por la noche
al casino o entrar a una megatienda y dejar sus
ahorros en comprar, comprar y comprar.
Las alianzas con el procedimiento triturador
no permiten a muchos puertorriqueños dar un
paso a favor del bien y a tener una conversión
de envergadura. Se mantienen entre dos aguas flotando
sin relativizar el mundo y sus vanidades. El no
a la esclavitud y al chantaje de los sentidos es
básico para que los quejidos adquieran la
virtud necesaria para lograr paz interior y fervor
humano.
Los entierros, las tragedias humanas, los choques
automovilísticos, implican que la realidad
dolorosa se impone y que está como una advertencia
y una lección. Los que desarrollan una actitud
de “borrón y cuenta nueva” por
aquello de vivir al garete, se unen a la pena de
los demás sin hacer un examen de conciencia
que les lleve a reflexionar en lo básico.
Una lagrimita pasajera no constituye un argumento
real de qué malas están las cosas,
sino un ardid de la mente que evita la confrontación
con el mal y sus secuaces.
Se necesitan filósofos que interpreten y
deshojen la verdad linda y lironda, sin antifaces,
ni maquillajes o conveniencia. Este deterioro comunitario
es punto de arranque para poner orden en la mente.
La conciencia, con su voz, es un aldabonazo sobre
las actitudes y estilos de vida. Se necesita un
cambio, una mirada limpia.