Vivamos su vidaDios se nos ha revelado en la naturaleza
y en Jesucristo
P. José Pascual Benabarre
Vigo
benigno_benabarre@hotmail.com
Para
EL VISITANTE
Es un hecho desgraciado el que muchos hombres/mujeres—y
no todos son analfabetos—no crean en Dios
o, al menos aparentemente, vivan como si no creyeran
en Él. Hago la salvedad “aparentemente” porque,
en realidad de verdad, nadie sabe lo que hay en
lo íntimo del corazón.
Por otra parte, hay que admitir que hay que abrir
bien lo ojos y tener la conciencia limpia para
ir en busca de Dios, juez de vivos y muertos, y
Creador de cielos y tierra; y, lo que es más
difícil, vivir de conformidad con las exigencias
de esa creencia.
Dios
se nos ha revelado en la creación
Para saber que tiene que existir un Dios todopoderoso
que, guiado por su bondad, y ejerciendo su sabiduría
y potencia infinitas, creó el cielo y la
tierra y cuanto en ellos existe, basta abrir los
ojos materiales, y dejar que la inteligencia saque
sus conclusiones. Es ciertamente bien miope quien
tenga ojos para ver y mediana inteligencia para
pensar, y no llegue a la conclusión que
ni el mundo pudo crearse a sí mismo ni que
sus grandiosas maravillas: la vida, en sí y
en su desarrollo complicadísimo y armónico,
la variedad infinita de seres, el orden de la creación…,
sean producto del azar o casualidad, es decir,
de la combinación fortuita de los elementos
materiales ciegos de que se compone. Lo he escrito
alguna vez la: evolución ciega es una perfecta
estupidez por imposible. Como nos dice San Pablo, “lo
invisible de Dios desde la creación del
mundo, se deja ver a la inteligencia a través
de sus obras: su poder eterno y su Divinidad, de
modo que son inexcusables; porque habiendo conocido
a Dios, no lo glorificaron como Dios, ni le dieron
gracias’ (Rm 1, 1)
… y
por Jesucristo
Si los paganos no tenían excusa en “no
glorificar a Dios y en no darle gracias,” menos
la tienen los que habiendo conocido a Dios a través
de Jesucristo, no lo aceptan como Dios y, a su
Iglesia, como su obra y delegada para la salvación
del mundo, ya que el Autor de la Carta a los Hebreos
nos dice que “Dios, que habló antiguamente
[a los Israelitas] por medio de los profetas, en
estos últimos tiempos nos ha hablado por
medio del Hijo, a quien constituyó heredero
de todo, por quien también hizo el mundo…” (1,
1-2).
Tengamos ideas claras y operantes. El Niño
que, recostado sobre unas pajas en un pesebre,
hemos besado y adorado durante las Navidades y
Epifanía; el Jesús adulto, sabio
predicador y taumaturgo sin igual (Evangelios);
el hombre Jesús de Nazaret que muere como
un malhechor más (Lc 23, 39), es verdadero
Dios. Con el Padre y el Espíritu Santo es
un sólo Dios, una sola Divinidad. ¿Cómo
sabemos esto?
Por
sus obras, Jesús se manifestó Dios
Nosotros no hemos visto a Jesucristo ni presenciado
sus milagros ni sentido el calor de su cercanía;
pero sí experimentaron todo eso muchos testigos,
tan desinteresados en decirnos la verdad que, por
decirnos lo que vieron o supieron, lo pagaron con
su vida. Ellos nos han contado su experiencia.
Una estrella “habló” a los Magos
(Mt 2, 2); los ángeles se aparecieron a
los pastores (Lc 2, 9); Dios Padre envió el
Espíritu Santo sobre Jesús durante
su bautismo en el Jordán, y afirmó que
el bautizado Jesús era verdaderamente su
Hijo, el amado, el predilecto, proclamación
que oyó Juan el Bautista (Mt 3, 17). San
Juan nos dice enfáticamente que habla “de
lo que había visto con sus propios ojos,
lo que había contemplado y palpado con sus
manos acerca de la Palabra de vida” (1 Jn
1-2)… Jesucristo, Hijo de Dios Padre. Y San
Pedro quien, como todos primeros testigos de Jesucristo,
murió víctima de sus convicciones
religiosas, afirma solemnemente que, cuando nos
hizo conocer la venida en poder del Señor
Jesús, no lo hizo siguiendo fantásticas
leyendas, sino porque fue testigo de su grandeza… Y
escuchó cómo Dios Padre decía: “Este
es mi Hijo, el amado, en quien me complazco” (2
Ped 1, 16-17).
Si a todo eso añadimos sus muchos e inauditos
milagros (Jn 10, 38; 11, i ss, etc.), y los testimonios
de su resurrección de entre los muertos
(Evangelios), podemos estar moralmente seguros
de que el Niño acostado en un mísero
pesebre y que adoramos durante las Navidades, es
el verdadero Dios.
Bautizados
en el agua y en el Espíritu Santo
En imitación de Jesús, y en cumplimiento
a su mandato (Mt 28, 19-20), nuestros padres y
padrinos nos llevaron a las aguas del bautismo.
A través de este rito misterioso, renacimos
a la vida de la gracia (Jn 3, 5; 1 Ped 1, 3), fuimos
adoptados hijos de Dios Padre (Rm 8, 15); nos incorporaron
a la Iglesia de Jesucristo, como miembros de pleno
derecho (Canon 849), y se nos hizo partícipes
del profetismo, realeza y sacerdocio de Jesucristo
(1 Ped 2, 9).
Todo esto es admirable y maravilloso, pero de
nada nos servirá para la vida eterna, si no hacemos
el esfuerzo que sea necesario para vivir la vida
de la gracia, la vida de Jesús, tan gratuitamente
recibida, y tratamos de perseverar valerosamente
en ella. Claro que esto es difícil, pero
no imposible. La Iglesia se interesa por nosotros
y, en una de las oraciones de la misa pide al Padre
celestial “que nos conceda a sus hijos de
adopción, renacidos del agua y del Espíritu
Santo, perseverar siempre en su benevolencia.”