Edición 29 • 17 al 23 de julio de 2005
Hoy es viernes, 18 de mayo de 2012

Vivamos su vidaDios se nos ha revelado en la naturaleza y en Jesucristo

P. José Pascual Benabarre Vigo
benigno_benabarre@hotmail.com
Para EL VISITANTE

Es un hecho desgraciado el que muchos hombres/mujeres—y no todos son analfabetos—no crean en Dios o, al menos aparentemente, vivan como si no creyeran en Él. Hago la salvedad “aparentemente” porque, en realidad de verdad, nadie sabe lo que hay en lo íntimo del corazón.

Por otra parte, hay que admitir que hay que abrir bien lo ojos y tener la conciencia limpia para ir en busca de Dios, juez de vivos y muertos, y Creador de cielos y tierra; y, lo que es más difícil, vivir de conformidad con las exigencias de esa creencia.

Dios se nos ha revelado en la creación

Para saber que tiene que existir un Dios todopoderoso que, guiado por su bondad, y ejerciendo su sabiduría y potencia infinitas, creó el cielo y la tierra y cuanto en ellos existe, basta abrir los ojos materiales, y dejar que la inteligencia saque sus conclusiones. Es ciertamente bien miope quien tenga ojos para ver y mediana inteligencia para pensar, y no llegue a la conclusión que ni el mundo pudo crearse a sí mismo ni que sus grandiosas maravillas: la vida, en sí y en su desarrollo complicadísimo y armónico, la variedad infinita de seres, el orden de la creación…, sean producto del azar o casualidad, es decir, de la combinación fortuita de los elementos materiales ciegos de que se compone. Lo he escrito alguna vez la: evolución ciega es una perfecta estupidez por imposible. Como nos dice San Pablo, “lo invisible de Dios desde la creación del mundo, se deja ver a la inteligencia a través de sus obras: su poder eterno y su Divinidad, de modo que son inexcusables; porque habiendo conocido a Dios, no lo glorificaron como Dios, ni le dieron gracias’ (Rm 1, 1)

… y por Jesucristo

Si los paganos no tenían excusa en “no glorificar a Dios y en no darle gracias,” menos la tienen los que habiendo conocido a Dios a través de Jesucristo, no lo aceptan como Dios y, a su Iglesia, como su obra y delegada para la salvación del mundo, ya que el Autor de la Carta a los Hebreos nos dice que “Dios, que habló antiguamente [a los Israelitas] por medio de los profetas, en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo, a quien constituyó heredero de todo, por quien también hizo el mundo…” (1, 1-2).

Tengamos ideas claras y operantes. El Niño que, recostado sobre unas pajas en un pesebre, hemos besado y adorado durante las Navidades y Epifanía; el Jesús adulto, sabio predicador y taumaturgo sin igual (Evangelios); el hombre Jesús de Nazaret que muere como un malhechor más (Lc 23, 39), es verdadero Dios. Con el Padre y el Espíritu Santo es un sólo Dios, una sola Divinidad. ¿Cómo sabemos esto?

Por sus obras, Jesús se manifestó Dios

Nosotros no hemos visto a Jesucristo ni presenciado sus milagros ni sentido el calor de su cercanía; pero sí experimentaron todo eso muchos testigos, tan desinteresados en decirnos la verdad que, por decirnos lo que vieron o supieron, lo pagaron con su vida. Ellos nos han contado su experiencia. Una estrella “habló” a los Magos (Mt 2, 2); los ángeles se aparecieron a los pastores (Lc 2, 9); Dios Padre envió el Espíritu Santo sobre Jesús durante su bautismo en el Jordán, y afirmó que el bautizado Jesús era verdaderamente su Hijo, el amado, el predilecto, proclamación que oyó Juan el Bautista (Mt 3, 17). San Juan nos dice enfáticamente que habla “de lo que había visto con sus propios ojos, lo que había contemplado y palpado con sus manos acerca de la Palabra de vida” (1 Jn 1-2)… Jesucristo, Hijo de Dios Padre. Y San Pedro quien, como todos primeros testigos de Jesucristo, murió víctima de sus convicciones religiosas, afirma solemnemente que, cuando nos hizo conocer la venida en poder del Señor Jesús, no lo hizo siguiendo fantásticas leyendas, sino porque fue testigo de su grandeza… Y escuchó cómo Dios Padre decía: “Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco” (2 Ped 1, 16-17).

Si a todo eso añadimos sus muchos e inauditos milagros (Jn 10, 38; 11, i ss, etc.), y los testimonios de su resurrección de entre los muertos (Evangelios), podemos estar moralmente seguros de que el Niño acostado en un mísero pesebre y que adoramos durante las Navidades, es el verdadero Dios.

Bautizados en el agua y en el Espíritu Santo

En imitación de Jesús, y en cumplimiento a su mandato (Mt 28, 19-20), nuestros padres y padrinos nos llevaron a las aguas del bautismo. A través de este rito misterioso, renacimos a la vida de la gracia (Jn 3, 5; 1 Ped 1, 3), fuimos adoptados hijos de Dios Padre (Rm 8, 15); nos incorporaron a la Iglesia de Jesucristo, como miembros de pleno derecho (Canon 849), y se nos hizo partícipes del profetismo, realeza y sacerdocio de Jesucristo (1 Ped 2, 9).

Todo esto es admirable y maravilloso, pero de nada nos servirá para la vida eterna, si no hacemos el esfuerzo que sea necesario para vivir la vida de la gracia, la vida de Jesús, tan gratuitamente recibida, y tratamos de perseverar valerosamente en ella. Claro que esto es difícil, pero no imposible. La Iglesia se interesa por nosotros y, en una de las oraciones de la misa pide al Padre celestial “que nos conceda a sus hijos de adopción, renacidos del agua y del Espíritu Santo, perseverar siempre en su benevolencia.”


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