En
la fiesta de San Joaquín y Santa Ana
- 26 de julio
Amemos
más a nuestros abuelos
Carlos Méndez Santos
Para EL VISITANTE
La poetisa chilena, Gabriela Mistral, Premio
Nobel de Literatura en el año 1945, solía
decir: “Nuestros abuelos son un cúmulo
de amor para sus nietecitos...”. Y nos corresponde
a todos protegerlos, conservarlos, amarlos. De
las parroquias de Puerto Rico, hay una en la Diócesis
de Ponce, que tiene un aspecto particular, esa
es la del pueblo de Adjuntas (1815). ¿Por
qué? Pues, porque en ésta le rinden
honores a San Joaquín y a Santa Ana, abuelos
de Nuestro Señor Jesucristo. Un motivo más
para que amemos a nuestros abuelitos, como los
aman los niños y niñas adjunteños.
Al partir a morar junto al Señor, nuestro
notable escritor Don Enrique Laguerre, a los 99
años de edad, casi una centuria, el país
quedó profundamente conmovido por la participación
de sus nietos en los funerales.

La ciudad de Ponce, tiene la fama en Puerto Rico,
que es “La ciudad de los centenarios”,
pues tiene un alto número de sus residentes
que viven más de cien años. Don Luis
A. Ferré, llegó a los 99 años.
Y el atleta y deportista Don Emilio (Millito) Navarro,
llegará a cumplir la centuria en los próximos
meses. Ambos muy amados por sus nietos.
Nuestra niñez, alegre, feliz y sonora, debe
poner mucho amor en cada hogar y en cada familia
en sus abuelitos y abuelitas. Porque en cada una
de sus vidas, como decía Gabriela Mistral, “hay
un cúmulo de amor”. Un tesoro de recuerdos,
de experiencias, de historias y cariño.
La poetisa española, María Soledad
Lancharro, publicó en el año 1993,
en la revista Madre y Maestra, el poema titulado “El
abuelo”. En el mismo recoge las experiencias
tristes de un abuelo que sufre porque se le ve
como “un estorbo”, después de
contribuir tanto al hogar y a la familia.
Pero en la última estrofa la escritora nos
regala un mensaje de un profundo amor, cuando nos
dice: “Enjúgate el llanto, no llores
abuelo. Si él no te comprende, yo sí que
te quiero. Yo lo sé mi vida, dame un fuerte
beso”.
Amemos a nuestros abuelos y abuelas. En ellos,
cada familia tiene un tesoro de valores, de costumbres,
de tradiciones. Y en todo esto, hay “un cúmulo
de amor”.
Y cuando al acercarnos al sillón donde lentamente
se mecen nuestros abuelitos o abuelitas, digamos
como la poetisa española en sus versos. “Dime
que te pasa, no llores abuelo”.
(El autor es profesor en la Pontificia Universidad
Católica de Ponce)