Fallan
los pronósticos
La razón argumenta bien y da en el clavo si
penetra en la mentalidad predominante. Los conceptos
viajan por la vía de la racionabilidad y no
se percatan de que el atosigamiento fanático
tiene sus refugios y sus defensores a la trágala.
Los enclaves aislados se nutren de la radio que lleva
y trae, se dice y se desdice, y muchas veces se fomenta
el miedo o la abstención.
Fallaron las cifras de votantes en el referéndum
del domingo diez de julio. Los sectores rurales presentaban
un cansancio electoral y una apatía gigante.
La lluvia les convencía de quedarse en casa
y tomar una siesta larga y productiva. Cuando le
pregunté a uno de los observadores si habían
acudido muchos electores me respondió: “No,
como un 20%. Aquí la gente no se ha movido.”

La gente cansada del agobio político ha echado
cayos en sus manos y corazones y optan por la indiferencia. ¿Para
qué? Parece ser la pregunta más aguda
en momentos de referendums y votaciones. Años
atrás Puerto Rico se desvivía por la
urna. El voto era su arma y su afirmación
democrática. Todo ese pensamiento está colapsando
gracias a unos líderes que reparten cicuta
a la población entera.
Entre los días de fiesta más recordados
estaba el de los comicios cada cuatro años.
El ejercicio del voto pertenecía al ámbito
de la responsabilidad cívica y comunitaria.
Concurrir al salón cerrado o al abierto implicaba
una decisión por el bien de todos. La reverencia
por la democracia se palpaba a distancia porque pobres
y ricos, ancianos y jóvenes se guarecían
bajo un solo propósito: el bien del país.
Los que han fallado, por su comportamiento y abuso,
han logrado marchitar el entusiasmo de muchos y abrir
una puerta a la huida. Miles de puertorriqueños
hacen lo que pueden en esta realidad minada de falacias,
mitos y engaños de toda índole y condición.
Se ha perdido el consenso de voluntades y el amor
por sacar al país del atolladero. El narcisismo
económico, el adiós a los valores boricuas
y la vorágine política, en nada contribuyen
a hacer una cruz bajo tal idea, aunque ésta
sea buena y razonable.
El universo del no está amparado por la vida
loca que no distingue entre el bien y el mal. Los
que trabajamos campo adentro, con toda clase de gente
y condición, damos testimonio de una testarudez
avasalladora. La mente anquilosada no cambia fácilmente
y los apologistas del desastre se encargan de contradecir
la verdad y echar a rodar rumores. En estas circunstancias
se equivocan aquellos que hablan a pequeños
grupos y se olvidan de los muchos que preparan la
revancha inesperada.