Edición 30 • 24 al 30 de julio de 2005
Hoy es martes, 7 de febrero de 2012

Santiago, o la valentía en la confesión de la fe

P. José P. Benabarre Vigo
benigno_benabarre@hotmail.com
Para EL VISITANTE

Dicen los teólogos que la santidad no modifica el carácter, ni la gracia suprime la naturaleza. en castellano castizo lo decimos más bonito: “Genio y figura, hasta la sepultura”.

Santiago, poco humilde y muy exigente

De Santiago, apóstol, y de su hermano Juan, hijos de Zebedeo (Marcos 20, 20), se nos cuentan unas cuantas cosas en el Evangelio, que nos revelan bien su carácter. La más significativa de las cuales, quizás, sea su heroica decisión de dejarlo todo a la primera llamada: familia, casa, negocios y amistades, para seguir fielmente a Cristo (Mateo 4, 22) (en justicia, lo mismo habría que decir de Pedro y su hermano Andrés, Mateo 4, 20, y del recaudador de impuestos, Mateo 9, 9).

Y de Pedro, Santiago y Juan, los evangelistas nos dicen que, con exclusión de los otros nueve apóstoles, sólo ellos presenciaron notables acciones de Cristo, como la resurrección de la hija de Jairo (Lucas 8, 51), su transfiguración en el Monte Tabor (Mateo 17, 1), y los estertores de su agonía en Getsemaní (Mateo 26, 37).

Pero la escena más chocante, la más reveladora del carácter humano y de la no tan santa ambición de los dos hermanos, fue su petición personal, con aire de exigencia: “DI”, (Marcos 10, 35), o a través de su buena madre (Mateo 20, 20), de ocupar el segundo y tercer puesto en el Reino que Jesús anunciaba. Jesús les dijo que no sabían lo que pedían.

Santiago, el impetuoso y primer apóstol mártir

Otra escena que los Evangelios nos cuentan de los hermanos Santiago y Juan fue su deseo de castigar con rayos y centellas a aquellos despistados o rabiosos samaritanos que no quisieron dar hospedaje a Jesús y los suyos porque el grupo se dirigía a Jerusalén (Lucas 9, 53-54), es decir, por ser judíos, Jesús, claro está, no se lo permitió. Y fue, probablemente, en aquella ocasión cuando Cristo les impuso el mote de “Boanerges”, esto es, “Hijos del trueno”.

Cada una de las escenas recordadas da para un largo e interesante artículo; pero lo que yo quiero resaltar hoy es que, tanto Santiago como su hermano Juan, parece que hablaban muy en serio cuando, al preguntarles Jesús “si estaban dispuestos a beber el cáliz que El iba a beber”, le contestaron resueltamente que Sí (Mateo 20,22). ¡No era poco estar dispuestos a dar la vida por el Maestro! Y lo cumplieron; pues si bien es cierto que San Juan no murió mártir, es decir, violentamente, por confesar el nombre de Cristo, si tuvo que sufrir mucho por ser fiel a su vocación cristiana.

Por su parte, Santiago fue el primer apóstol en sufrir martirio por creer en Jesús y por confesar y dar a conocer su nombre. Nos lo cuenta el Libro de los Hechos de los Apóstoles: “Por aquel entonces, el rey Herodes echó mano de algunos de la Iglesia para maltratarlos. Hizo morir por la espada a Santiago, hermano de Juan. Al ver que esto les gustaba a los judíos, mandó también prender a Pedro...” (Hechos 12, 1-3).

De no ser que se distinguiera sobre todos los demás en la valiente y continuada predicación del Evangelio, no se entiende por qué las iras de Herodes descargaran sus primeras furias en Santiago, y no en Pedro que, ciertamente, era reconocido por todos como el indiscutible jefe del grupo (Hechos passim).

Tenemos obligación de confesar nuestra fe

La valentía de Santiago, llamado El Mayor, para distinguirlo de su homónimo hijo de Alfeo, en seguir valientemente a Jesús y anunciar la Buena Nueva al pueblo judío, es un ejemplo de lo que todo cristiano, consciente de lo que significa ser discípulo de Jesús, debe hacer.

Desde luego, nadie tiene la obligación de anunciar a los cuatro vientos que es cristiano, y la Iglesia reprobó siempre el buscar adrede, es decir, con provocación, el martirio. Pero “todos... los fieles cristianos, donde quiera que vivan, están obligados a manifestar con el ejemplo de su vida y el testimonio de su palabra al hombre nuevo de que se revistieron por el bautismo y la fuerza del Espíritu Santo, que les ha fortalecido con la confirmación” (Vaticano II, Ad gentes 11; Catecismo 2472).

Si un cristiano se encontrara en alguna situación en la que la NO confesión explícita de su fe equivaliera a su negación, tendría el deber sagrado de confesarla, aun a costa de su vida. Es lo que hicieron todos los mártires de todos los tiempos.

Y es lo que hizo el apóstol Santiago al aceptar padecer como su Señor Jesús por confesar su nombre y darlo a conocer. ¡Doble acto de profundo amor a Dios y a los hermanos, que todos debemos imitar!

Archivo EV

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