Santiago,
o la valentía en la confesión
de la fe
P. José P. Benabarre Vigo
benigno_benabarre@hotmail.com
Para
EL VISITANTE
Dicen los teólogos que la santidad no modifica
el carácter, ni la gracia suprime la naturaleza.
en castellano castizo lo decimos más bonito: “Genio
y figura, hasta la sepultura”.
Santiago, poco humilde y muy exigente
De Santiago, apóstol, y de su hermano Juan,
hijos de Zebedeo (Marcos 20, 20), se nos cuentan
unas cuantas cosas en el Evangelio, que nos revelan
bien su carácter. La más significativa
de las cuales, quizás, sea su heroica decisión
de dejarlo todo a la primera llamada: familia, casa,
negocios y amistades, para seguir fielmente a Cristo
(Mateo 4, 22) (en justicia, lo mismo habría
que decir de Pedro y su hermano Andrés, Mateo
4, 20, y del recaudador de impuestos, Mateo 9, 9).

Y de Pedro, Santiago y Juan, los evangelistas nos
dicen que, con exclusión de los otros nueve
apóstoles, sólo ellos presenciaron
notables acciones de Cristo, como la resurrección
de la hija de Jairo (Lucas 8, 51), su transfiguración
en el Monte Tabor (Mateo 17, 1), y los estertores
de su agonía en Getsemaní (Mateo 26,
37).
Pero la escena más chocante, la más
reveladora del carácter humano y de la no
tan santa ambición de los dos hermanos, fue
su petición personal, con aire de exigencia: “DI”,
(Marcos 10, 35), o a través de su buena madre
(Mateo 20, 20), de ocupar el segundo y tercer puesto
en el Reino que Jesús anunciaba. Jesús
les dijo que no sabían lo que pedían.
Santiago,
el impetuoso y primer apóstol mártir
Otra escena que los Evangelios nos cuentan de los
hermanos Santiago y Juan fue su deseo de castigar
con rayos y centellas a aquellos despistados o rabiosos
samaritanos que no quisieron dar hospedaje a Jesús
y los suyos porque el grupo se dirigía a Jerusalén
(Lucas 9, 53-54), es decir, por ser judíos,
Jesús, claro está, no se lo permitió.
Y fue, probablemente, en aquella ocasión cuando
Cristo les impuso el mote de “Boanerges”,
esto es, “Hijos del trueno”.
Cada una de las escenas recordadas da para un largo
e interesante artículo; pero lo que yo quiero
resaltar hoy es que, tanto Santiago como su hermano
Juan, parece que hablaban muy en serio cuando, al
preguntarles Jesús “si estaban dispuestos
a beber el cáliz que El iba a beber”,
le contestaron resueltamente que Sí (Mateo
20,22). ¡No era poco estar dispuestos a dar
la vida por el Maestro! Y lo cumplieron; pues si
bien es cierto que San Juan no murió mártir,
es decir, violentamente, por confesar el nombre de
Cristo, si tuvo que sufrir mucho por ser fiel a su
vocación cristiana.
Por su parte, Santiago fue el primer apóstol
en sufrir martirio por creer en Jesús y por
confesar y dar a conocer su nombre. Nos lo cuenta
el Libro de los Hechos de los Apóstoles: “Por
aquel entonces, el rey Herodes echó mano de
algunos de la Iglesia para maltratarlos. Hizo morir
por la espada a Santiago, hermano de Juan. Al ver
que esto les gustaba a los judíos, mandó también
prender a Pedro...” (Hechos 12, 1-3).
De no ser que se distinguiera sobre todos los demás
en la valiente y continuada predicación del
Evangelio, no se entiende por qué las iras
de Herodes descargaran sus primeras furias en Santiago,
y no en Pedro que, ciertamente, era reconocido por
todos como el indiscutible jefe del grupo (Hechos
passim).
Tenemos
obligación de confesar nuestra fe
La valentía de Santiago, llamado El Mayor,
para distinguirlo de su homónimo hijo de Alfeo,
en seguir valientemente a Jesús y anunciar
la Buena Nueva al pueblo judío, es un ejemplo
de lo que todo cristiano, consciente de lo que significa
ser discípulo de Jesús, debe hacer.
Desde luego, nadie tiene la obligación de
anunciar a los cuatro vientos que es cristiano, y
la Iglesia reprobó siempre el buscar adrede,
es decir, con provocación, el martirio. Pero “todos...
los fieles cristianos, donde quiera que vivan, están
obligados a manifestar con el ejemplo de su vida
y el testimonio de su palabra al hombre nuevo de
que se revistieron por el bautismo y la fuerza del
Espíritu Santo, que les ha fortalecido con
la confirmación” (Vaticano II, Ad gentes
11; Catecismo 2472).
Si un cristiano se encontrara en alguna situación
en la que la NO confesión explícita
de su fe equivaliera a su negación, tendría
el deber sagrado de confesarla, aun a costa de su
vida. Es lo que hicieron todos los mártires
de todos los tiempos.
Y es lo que hizo el apóstol Santiago al aceptar
padecer como su Señor Jesús por confesar
su nombre y darlo a conocer. ¡Doble acto de
profundo amor a Dios y a los hermanos, que todos
debemos imitar!