Edición 30 • 24 al 30 de julio de 2005
Hoy es miércoles, 8 de febrero de 2012

Santiago Apóstol
y el combate de la fe

Padre James Gil de Lamadrid, msscc
Para EL VISITANTE

¡ Santiago! Fue el grito de guerra del soldado español al llegar a nuestras playas. Con un pie aún en el medievo, los conquistadores plantaron su bandera en nombre del rey y de la Fe Católica, para ellos inseparables. Con un alma quijotesca forjada en las luchas seculares contra el Islam, tenían mayor preocupación por hacer que por comprender. De ahí el icono que bien representó su ideal: Santiago Matamoros. Con un caballo para hacer avanzar la fe verdadera y una espada en la mano para defenderla o imponerla, según fuera el caso. En el imaginario ideológico de un mundo en el que la modernidad estaba aún por estrenar lo político y lo religioso estaban irremisiblemente ligados.

Como la figura del padre en el desarrollo del hijo, el régimen español fue para nosotros invasivo y edificante a la vez. Fue la presencia del gran otro que nos sacudió del idílico seno materno y nos hizo conscientes de nuestro ser en el mundo. Pues sólo ante la alteridad forjamos identidad propia. Con el grito de ¡Santiago! nace la fragua en la que se irá forjando con sudor y sangre nuestra identidad cultural.

La imagen de Santiago Apóstol también fue asumida por nuestra tercera raíz, la afro-antillana. La sabiduría milenaria de los esclavos supo aprovechar la ambigüedad inherente a todo símbolo. Impresionados por el triunfalismo y por el poder del caballo y de la espada, cubrieron con la imagen de Santiago la identidad de uno de sus dioses ancestrales. Así Santiago-Oggún se volvió cimarrón divino, símbolo de la resistencia interna y externa a la esclavitud.

La fe religiosa nunca está del todo separada de los conflictos sociales o políticos de la época en que se vive. Sin embargo, me parece que en el presente podemos venerar a Santiago Apóstol con una mayor frescura evangélica que corrija visiones parciales y desfiguradas del pasado. Patrón de pueblos y parroquias, le veneramos ante todo como discípulo de Jesucristo. De temperamento impetuoso, se ganó el sobrenombre de “Hijo del trueno”. Sin embargo el Espíritu hizo de un rasgo potencialmente destructivo uno constructivo a favor del Reino de Dios. Pudo superar la ambición por los primeros puestos que en algún momento albergó junto a su hermano y entró por la puerta estrecha del servicio desinteresado. Fue fervoroso heraldo del Resucitado; jamás derramó sangre que no fuese la propia. Como firme militante de la Verdad resistió con fortaleza la represión del Estado, manteniendo siempre la mansedumbre y la humildad de su Maestro.

Que este insigne Apóstol que nos ha acompañado desde el principio ayude a nuestro pueblo a aprender estas valiosas lecciones. Que el humilde hijo de Zebedeo peregrine junto a nosotros despojado de su caballo y de su espada. Que de su mano sepamos dar el buen combate de la fe, que no es en contra la carne y la sangre sino a favor de la justicia, de la paz y del gozo en el Espíritu.

Archivo EV

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