Santiago
Apóstol
y el combate de la
fe
Padre James Gil de Lamadrid, msscc
Para EL VISITANTE
¡
Santiago! Fue el grito de guerra del soldado español
al llegar a nuestras playas. Con un pie aún
en el medievo, los conquistadores plantaron su bandera
en nombre del rey y de la Fe Católica, para
ellos inseparables. Con un alma quijotesca forjada
en las luchas seculares contra el Islam, tenían
mayor preocupación por hacer que por comprender.
De ahí el icono que bien representó su
ideal: Santiago Matamoros. Con un caballo para hacer
avanzar la fe verdadera y una espada en la mano para
defenderla o imponerla, según fuera el caso.
En el imaginario ideológico de un mundo en el
que la modernidad estaba aún por estrenar lo
político y lo religioso estaban irremisiblemente
ligados.

Como la figura del padre en el desarrollo del hijo,
el régimen español fue para nosotros
invasivo y edificante a la vez. Fue la presencia del
gran otro que nos sacudió del idílico
seno materno y nos hizo conscientes de nuestro ser
en el mundo. Pues sólo ante la alteridad forjamos
identidad propia. Con el grito de ¡Santiago!
nace la fragua en la que se irá forjando con
sudor y sangre nuestra identidad cultural.
La imagen de Santiago Apóstol también
fue asumida por nuestra tercera raíz, la afro-antillana.
La sabiduría milenaria de los esclavos supo
aprovechar la ambigüedad inherente a todo símbolo.
Impresionados por el triunfalismo y por el poder del
caballo y de la espada, cubrieron con la imagen de
Santiago la identidad de uno de sus dioses ancestrales.
Así Santiago-Oggún se volvió cimarrón
divino, símbolo de la resistencia interna y
externa a la esclavitud.
La fe religiosa nunca está del todo separada
de los conflictos sociales o políticos de la época
en que se vive. Sin embargo, me parece que en el presente
podemos venerar a Santiago Apóstol con una mayor
frescura evangélica que corrija visiones parciales
y desfiguradas del pasado. Patrón de pueblos
y parroquias, le veneramos ante todo como discípulo
de Jesucristo. De temperamento impetuoso, se ganó el
sobrenombre de “Hijo del trueno”. Sin embargo
el Espíritu hizo de un rasgo potencialmente
destructivo uno constructivo a favor del Reino de Dios.
Pudo superar la ambición por los primeros puestos
que en algún momento albergó junto a
su hermano y entró por la puerta estrecha del
servicio desinteresado. Fue fervoroso heraldo del Resucitado;
jamás derramó sangre que no fuese la
propia. Como firme militante de la Verdad resistió con
fortaleza la represión del Estado, manteniendo
siempre la mansedumbre y la humildad de su Maestro.
Que este insigne Apóstol que nos ha acompañado
desde el principio ayude a nuestro pueblo a aprender
estas valiosas lecciones. Que el humilde hijo de Zebedeo
peregrine junto a nosotros despojado de su caballo
y de su espada. Que de su mano sepamos dar el buen
combate de la fe, que no es en contra la carne y la
sangre sino a favor de la justicia, de la paz y del
gozo en el Espíritu.