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Padre Efraín Zabala |
Una trillita
Me convertí en el número “mil” que
toma el tren urbano en la parada Sagrado Corazón
para arribar a Bayamón. La travesía
fue corta y el paisaje, a veces gris, otras verde
por el follaje, representa un halón en la
transportación en masa. Muy poca gente usaba
el tren en esos momentos, en que en compañía
de dos amigos, Monseñor Ulises Casiano y Sergio
Carrasquillo, nos dimos a la tarea de ver para que
no nos cuenten.
| El controvertible tren tiene buena apariencia
y se desliza silenciosamente. El día de
la aventura cotidiana, los aguaceros y los vientos
hacían fiesta sobre el inmueble. Tres
policías jóvenes, educados y audaces,
entablaron una conversación refrescante
y humana. Hablaron de sus noches en vela, de
sus regímenes de vida, de los retornos
al hogar en la madrugada. Era la primera vez
que incursionaban en el tren y disfrutaban del
momento sin presiones, sin temores a cuestas. |
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Después de haber viajado en el subway de Nueva
York, en el de Madrid y París, deseaba dar
una trillita en el de aquí, que tiene los
atractivos particulares y la corta dirección
que va a tono con la pequeña geografía.
Como los atentados terroristas pululan en el subterráneo,
y el tren se convierte en blanco apetecible, quisimos
degustar de un paseo en paz y armonía.
Los ciudadanos tienen que acoger este servicio
para que puedan librarse de los tapones, del atropello
vehicular, del nerviosismo. Es cuestión de
acostumbrarse a mirar el paisaje, a hablar con otras
personas, respirar profundamente. El grupo viajero,
o la clientela, es diversa, amplia, diferente en
opiniones. No es lo mismo internarse en el yo y conducir
a solas que conversar con otros que entrelazan sueños
y deseos de superación.
El aislamiento e individualismo lleva a muchos
a aislarse, a creer que el yo endeudado, puede más
que el nosotros liberado. El tren tiene sus argumentos
y motivos que implican que vivimos hacinados, que
la ciudad tiene sus razones, que la gente necesita
de medios de transporte que resuelvan y aligeren
el paso.
La metrópolis tiene su idioma y su modus operandi.
Aunque Puerto Rico parece ser un todo de rostros
marcados por el oleaje multitudinario, San Juan,
la capital, tiene su tren urbano, su forma de expresión
comunitaria. El tren, bien usado, implica un recurso
de dar, una manifestación de pluralismo y
libertad.
Una trillita viene bien en estos días en que
las lluvias y el no saber qué hacer hacen
mella sobre la mente y el corazón. De día
o de noche, la presencia del tren, representa un
símbolo de progreso y de emancipación.
Todo es una consigna, o una finalidad humana de gran
proporción comunitaria.