Edición 31 • 31 de julio al 6 de agost de 2005
Hoy es viernes, 18 de mayo de 2012
   

Padre Efraín Zabala

Una trillita

Me convertí en el número “mil” que toma el tren urbano en la parada Sagrado Corazón para arribar a Bayamón. La travesía fue corta y el paisaje, a veces gris, otras verde por el follaje, representa un halón en la transportación en masa. Muy poca gente usaba el tren en esos momentos, en que en compañía de dos amigos, Monseñor Ulises Casiano y Sergio Carrasquillo, nos dimos a la tarea de ver para que no nos cuenten.

El controvertible tren tiene buena apariencia y se desliza silenciosamente. El día de la aventura cotidiana, los aguaceros y los vientos hacían fiesta sobre el inmueble. Tres policías jóvenes, educados y audaces, entablaron una conversación refrescante y humana. Hablaron de sus noches en vela, de sus regímenes de vida, de los retornos al hogar en la madrugada. Era la primera vez que incursionaban en el tren y disfrutaban del momento sin presiones, sin temores a cuestas.

Después de haber viajado en el subway de Nueva York, en el de Madrid y París, deseaba dar una trillita en el de aquí, que tiene los atractivos particulares y la corta dirección que va a tono con la pequeña geografía. Como los atentados terroristas pululan en el subterráneo, y el tren se convierte en blanco apetecible, quisimos degustar de un paseo en paz y armonía.

Los ciudadanos tienen que acoger este servicio para que puedan librarse de los tapones, del atropello vehicular, del nerviosismo. Es cuestión de acostumbrarse a mirar el paisaje, a hablar con otras personas, respirar profundamente. El grupo viajero, o la clientela, es diversa, amplia, diferente en opiniones. No es lo mismo internarse en el yo y conducir a solas que conversar con otros que entrelazan sueños y deseos de superación.

El aislamiento e individualismo lleva a muchos a aislarse, a creer que el yo endeudado, puede más que el nosotros liberado. El tren tiene sus argumentos y motivos que implican que vivimos hacinados, que la ciudad tiene sus razones, que la gente necesita de medios de transporte que resuelvan y aligeren el paso.

La metrópolis tiene su idioma y su modus operandi. Aunque Puerto Rico parece ser un todo de rostros marcados por el oleaje multitudinario, San Juan, la capital, tiene su tren urbano, su forma de expresión comunitaria. El tren, bien usado, implica un recurso de dar, una manifestación de pluralismo y libertad.

Una trillita viene bien en estos días en que las lluvias y el no saber qué hacer hacen mella sobre la mente y el corazón. De día o de noche, la presencia del tren, representa un símbolo de progreso y de emancipación. Todo es una consigna, o una finalidad humana de gran proporción comunitaria.

Archivo EV

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