Edición 31 • 31 de julio al 6 de agost de 2005
Hoy es miércoles, 8 de febrero de 2012

Perseverar en el amor mutuo

P.José Pascual Benabarre Vigo
benigno benabarre@hotmail.com
Para EL VISITANTE

Aunque, a primera vista, debería bastar para ser santos de cuerpo entero el total amor a Dios, no es así. Por expresa voluntad suya, y porque así lo exige el orden de la creación, además de amar a Dios “con todo el corazón, con toda el alma, [con toda nuestra mente] y con todas nuestras fuerzas”, hemos de “amar, también, a nuestro prójimo como a nosotros mismos”(Marcos 12,30-31)

Primero, Dios

Nosotros, los hombres/mujeres no sólo debemos amarnos, sino, también, permanecer en el amor. Pero al hacerlo, hemos de tener en mente que este nuestro mutuo amor--no sólo entre familiares, amigos y bienhechores, sino entre todos --, debe estar subordinado en todo, siempre y en todo lugar al amor debido a Dios. Así, nunca será lícito mentir para salvar de un aprieto a un pariente o amigo.

A Dios le debemos afecto, obediencia y servicio sin límites; y esto no como forzados, sino como buenos hijos, pues sabemos que Dios lo merece todo y que de Él hemos recibido todo lo que somos y tenemos. Y debemos hacerlo gustosos, pues San Pablo nos advierte que Dios sólo “ama a los que dan con alegría” (2 Corintios 9,7).

La capacidad e intensidad de amor de cada persona tiene dos límites: los que Dios le ha dado y lo que la naturaleza le permite.

En cuanto a los límites de Dios, parece evidente que no ha dado a todos la misma capacidad de amor. Por ejemplo, la capacidad de amor afectivo y real que concedió a su bendita Madre, la Virgen María, excede en mucho a la que ha dado a cualquier otra persona. Y San Pablo nos dice que el Espíritu otorga sus dones a quien le parece (ver 1 Corintios 12,11). Y ya es sabido que, con el don, va la gracia necesaria para que actúe según su naturaleza, bien que, al final, todo desemboca en el amor.

Y es, también, indudable, incluso entre los santos, que no todos han tenido la misma intensidad objetiva de amor a Dios. En cuanto podemos juzgar los hombres, podemos aseverar que no tuvo la misma intensidad de amor, por ejemplo, el joven San Pancracio, matirizado cuando llevaba la Eucaristía a los enfermos, que San Pascual Bailón quien, por su gran y constante amor a la Eucaristía, ha merecido ser declarado patrono de los Congresos Eucarísticos Internacionales. Aquí es la naturaleza la que, al menos en parte, marca la diferencia.

Después, el hombre

Pero, entiéndase bien, no es posible un verdadero y permanente amor a Dios sin que, a la vez, por Dios y en Dios, se ame, también, al hombre/mujer. Nos lo advierte crudamente San Juan a los más lerdos: “Si alguien dice “amo a Dios” y aborrece [no ama] a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a sus hermanos, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve” (1 Juan 4,20). Y, a continuación, añade el Apóstol: “Hemos recibido este mandamiento: quien ama a Dios, que ame, también, a su hermano” [prójimo] v 21).

Este vivir permanentemente en el amor mutuo o caridad, que hace la vida agradable a Dios y al prójimo, es consecuencia lógica de comer todos el mismo pan en la comunión que, si bien está hecho por muchos granos, forma una sola cosa, un solo Ser, Cristo Jesús (1 Corintios 10,16).

Este permanecer en el mismo amor es, así mismo, una exigencia del hecho de formar todos el Cuerpo místico de Cristo, del cual Él es la cabeza, y todos los demás cristianos, sus miembros. (1 Corintios 10,17). Así como todos los miembros de nuestro cuerpo han de estar unidos, cada cual en su sitio y desempeñando su función, si es que queremos tener buena salud, así los miembros de la comunidad cristiana han de amarse permanentemente y trabajar juntos para la mayor gloria de Dios y provecho de los hombres.

Pero son pocos los problemas que este preceptivo amor universal nos presenta. Si Dios quiere que le amemos con todo nuestro corazón, ese todo parece excluir el amor a cualquier criatura. Afortunadamente, fue el mismo buen Jesús quien se dignó resolver el problema cuando nos dijo que todo lo hecho a cualquiera de sus hermanos más pequeños Él lo tomaba como hecho a su persona (ver Mateo 25,40).

La dificultad real aparece en cuanto al orden de nuestro amor al prójimo. Pues nuestra capacidad de amor afectivo y práctico es limitada, tenemos que comenzar por amar a la familia. A continuación, los santos de verdad escogerían a sus reales enemigos como sujetos de su amor (ver Mateo 5, 43-48; mientras que los que no lo somos, muy egoísticamente tendemos a amar a aquellos que nos aman y de los cuales hemos recibido o esperamos recibir favores; cosas que Jesús nos advierte hacen también los pecadores (entonces, ¡pobres de nosotros!)

En cuanto el amor debido a los verdaderos enemigos, un mínimo grado de amor nos exige que no le tengamos ni odio ni rencor, y que jamás les neguemos el saludo.

Como el amor a Dios, el amor mutuo entre nosotros--hombres y mujeres--no ha de ser pasajero, sino permanente. Sólo así será agradable a Dios y a los hermanos..

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