Perseverar en el amor mutuo
P.José Pascual Benabarre
Vigo
benigno benabarre@hotmail.com
Para EL VISITANTE
Aunque, a primera vista, debería bastar
para ser santos de cuerpo entero el total amor
a Dios, no es así. Por expresa voluntad
suya, y porque así lo exige el orden de
la creación, además de amar a Dios “con
todo el corazón, con toda el alma, [con
toda nuestra mente] y con todas nuestras fuerzas”,
hemos de “amar, también, a nuestro
prójimo como a nosotros mismos”(Marcos
12,30-31)
Primero, Dios
Nosotros, los hombres/mujeres no sólo debemos
amarnos, sino, también, permanecer en el
amor. Pero al hacerlo, hemos de tener en mente
que este nuestro mutuo amor--no sólo entre
familiares, amigos y bienhechores, sino entre todos
--, debe estar subordinado en todo, siempre y en
todo lugar al amor debido a Dios. Así, nunca
será lícito mentir para salvar de
un aprieto a un pariente o amigo.
A Dios le debemos afecto, obediencia y servicio
sin límites; y esto no como forzados, sino
como buenos hijos, pues sabemos que Dios lo merece
todo y que de Él hemos recibido todo lo
que somos y tenemos. Y debemos hacerlo gustosos,
pues San Pablo nos advierte que Dios sólo “ama
a los que dan con alegría” (2 Corintios
9,7).
La capacidad e intensidad de amor de cada persona
tiene dos límites: los que Dios le ha dado
y lo que la naturaleza le permite.
En cuanto a los límites de Dios, parece
evidente que no ha dado a todos la misma capacidad
de amor. Por ejemplo, la capacidad de amor afectivo
y real que concedió a su bendita Madre,
la Virgen María, excede en mucho a la que
ha dado a cualquier otra persona. Y San Pablo nos
dice que el Espíritu otorga sus dones a
quien le parece (ver 1 Corintios 12,11). Y ya es
sabido que, con el don, va la gracia necesaria
para que actúe según su naturaleza,
bien que, al final, todo desemboca en el amor.
Y es, también, indudable, incluso entre
los santos, que no todos han tenido la misma intensidad
objetiva de amor a Dios. En cuanto podemos juzgar
los hombres, podemos aseverar que no tuvo la misma
intensidad de amor, por ejemplo, el joven San Pancracio,
matirizado cuando llevaba la Eucaristía
a los enfermos, que San Pascual Bailón quien,
por su gran y constante amor a la Eucaristía,
ha merecido ser declarado patrono de los Congresos
Eucarísticos Internacionales. Aquí es
la naturaleza la que, al menos en parte, marca
la diferencia.
Después,
el hombre
Pero, entiéndase bien, no es posible un
verdadero y permanente amor a Dios sin que, a la
vez, por Dios y en Dios, se ame, también,
al hombre/mujer. Nos lo advierte crudamente San
Juan a los más lerdos: “Si alguien
dice “amo a Dios” y aborrece [no ama]
a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama
a sus hermanos, a quien ve, no puede amar a Dios,
a quien no ve” (1 Juan 4,20). Y, a continuación,
añade el Apóstol: “Hemos recibido
este mandamiento: quien ama a Dios, que ame, también,
a su hermano” [prójimo] v 21).
Este vivir permanentemente en el amor mutuo o
caridad, que hace la vida agradable a Dios y al
prójimo,
es consecuencia lógica de comer todos el
mismo pan en la comunión que, si bien está hecho
por muchos granos, forma una sola cosa, un solo
Ser, Cristo Jesús (1 Corintios 10,16).
Este permanecer en el mismo amor es, así mismo,
una exigencia del hecho de formar todos el Cuerpo
místico de Cristo, del cual Él es
la cabeza, y todos los demás cristianos,
sus miembros. (1 Corintios 10,17). Así como
todos los miembros de nuestro cuerpo han de estar
unidos, cada cual en su sitio y desempeñando
su función, si es que queremos tener buena
salud, así los miembros de la comunidad
cristiana han de amarse permanentemente y trabajar
juntos para la mayor gloria de Dios y provecho
de los hombres.
Pero son pocos los problemas que este preceptivo
amor universal nos presenta. Si Dios quiere que
le amemos con todo nuestro corazón, ese
todo parece excluir el amor a cualquier criatura.
Afortunadamente, fue el mismo buen Jesús
quien se dignó resolver el problema cuando
nos dijo que todo lo hecho a cualquiera de sus
hermanos más pequeños Él lo
tomaba como hecho a su persona (ver Mateo 25,40).
La dificultad real aparece en cuanto al orden
de nuestro amor al prójimo. Pues nuestra capacidad
de amor afectivo y práctico es limitada,
tenemos que comenzar por amar a la familia. A continuación,
los santos de verdad escogerían a sus reales
enemigos como sujetos de su amor (ver Mateo 5,
43-48; mientras que los que no lo somos, muy egoísticamente
tendemos a amar a aquellos que nos aman y de los
cuales hemos recibido o esperamos recibir favores;
cosas que Jesús nos advierte hacen también
los pecadores (entonces, ¡pobres de nosotros!)
En cuanto el amor debido a los verdaderos enemigos,
un mínimo grado de amor nos exige que no
le tengamos ni odio ni rencor, y que jamás
les neguemos el saludo.
Como el amor a Dios, el amor mutuo entre nosotros--hombres
y mujeres--no ha de ser pasajero, sino permanente.
Sólo así será agradable a
Dios y a los hermanos..