Las normas de la Liturgia
Padre Isaías Revilla Casado,
OSA
frirevilla@hotmail.com
Para EL VISITANTE
P/ Estimado P. Isaías: Gracias por su columna
y que Dios le bendiga. En mi parroquia un sacerdote
omite el lavado de las manos. Otro invita a la
asamblea a repetir con él: “Por Cristo,
con él y en él…” Otro
interrumpe la liturgia para regañar a los
fieles o ensayar las respuestas o cánticos
durante la Liturgia… ¿Pueden hacerlo
por sí mismos y sin más?
M. J. Vélez
R/ En general la respuesta es negativa. Todos
esos detalles están prescritos en las “rúbricas” del
misal, así llamadas porque están
escritas en letra roja.
Pero es cierto que muchas de ellas ha sido expresión
popular durante muchos años, a veces siglos;
y han ido cambiando unas veces poco a poco y otras
de golpe. No hay que olvidar que Liturgia quiere
decir, por definición, “obra pública”, “obra
del pueblo”, “obra de la comunidad”.
Por ejemplo la lengua latina es la lengua oficial
de la Iglesia y era preceptivo usarla en todas
las ceremonias sacramentales, como la Misa. Pero,
vino la reforma posterior al Concilio Vaticano
II y lo cambió de un plumazo, autorizando
las llamadas lenguas vernáculas. Aunque
es cierto que en algunas diócesis ya se
utilizaba.
Otro ejemplo: nuestro maestro de novicios nos
aconsejaba, para estar más devotos en la Misa, sobre
todo en el momento de la Consagración, pronunciar
la jaculatoria de santo Tomás: “Señor
mío y Dios mío”. ¡Cuál
no sería mi sorpresa a llegar a Aguada y
oír a todo el mundo pronunciar sin recato
y en voz alta, en el momento de la Elevación,
esa misma jaculatoria! No está contemplada
en el Misal. Pero nunca se me ha ocurrido regañar
a nadie por eso… Y la razón es muy
sencilla: lo que se pretende es que el pueblo participe
lo más posible en el misterio que se realiza
y esos detalles están buscándolo.
Algo de eso ocurre con la aclamación al
final del canon: “Por Cristo, con él…”
De todos modos, seguirá siendo norma elemental
de conducta, en todo buen cristiano, la obediencia
a la autoridad legítima; y esos detalles,
aunque en sí no tienen trascendencia, pueden
dar la sensación de una cierta anarquía.
Por eso ya me he referido en otras ocasiones a
ellos y he lamentado que los sacerdotes demos pie
a nuestro fieles para que nos juzguen negativamente,
por esos y por otros motivos. Seguirá siendo
verdad que nosotros, los sacerdotes sobre todo,
llevamos un tesoro en vasos frágiles. El
tesoro es nuestro sacerdocio con su capacidad de
perdonar los pecados y de consagrar el pan y el
vino; el vaso frágil, nuestra naturaleza
débil, como ya lo manifiesta san Pablo (II
Cor. 4,7).
En cuanto a lo del regaño, creo yo que sería
mejor, si hay que hacerlo (¡que a veces algunos
fieles dan demasiados motivos!), aprovechar otro
momento distinto de la misma liturgia.
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