Inseguridad colectiva
El jueves, 21 de julio, el caos y la burundanga
isleña impusieron la bota sobre el país.
La marea de palabras, instintos, provocaciones
y locuacidad primitiva hicieron su agosto en
medio del ¡ay que dolor!”: propiciado
por los aumentos del agua, los peajes y la gasolina.
El naufragio que se avecina, si el pueblo no
se ajusta los cinturones, implica una desorientación
básica que tiene que ver con las incoherencias
políticas y sociales llevadas al plano
de espejismo colectivo.
La crisis de la escasez de gasolina, debido al
paro de los camioneros, ha dejado al descubierto
la débil piel y el miedo escalofriante que
se apodera de la mente y el corazón de los
boricuas. La idea de todo o nada, tan ligada a
una visión de afluencia económica
mal entendida, convierte a los puertorriqueños
en hojas al viento, en diminutos buscadores de
tesoros.
El empalagamiento de lo materia produce males
que rayan en la locura y en la desesperanza. El
jueves
la conversación pueblerina giró en
torno al tanque lleno, medio o vacío. La
gasolina dejó al diccionario sin palabras
y tomó auge el reggeaton que alude a tan
preciado líquido. Los temas importantes
quedaron opacados y se pusieron en la agenda para
otra ocasión cuando el maná cubra
el cuerpo y el alma, los sentimientos y apetitos,
en fin, cuando el cielo esté al alcance
de la mano material.
La inseguridad terrena es parte de la existencia
que nos habla contundentemente de que somos peregrinos,
anhelantes de la eternidad. La fe aquieta el corazón,
pero no tiene un remedio total porque “ahora
vemos como un espejo:. Mientras más se confíe
en Dios, mayor será la seguridad, la absoluta
inmersión en la respuesta de alto abolengo
espiritual.
Ningún país puede vivir embriagado
por pequeñeces y artificios de puro corte
cerebral o humano. Las verdaderas emergencias son
las del espíritu, de la falta de energía
valorativa, de la estricta observancia de la luz
Suprema. Los que corren detrás del barullo
y del baile del zambito de la confusión,
se extravían en el monte de la discordia
y de la desolación. No hay vuelta atrás
cuando se estrangula el bien común y las
frases acomodaticias se quedan en la periferia
sin llegar a lo profundo de las circunstancias
reales.
Puerto Rico no puede seguir en ese dislocamiento
valorativo en que el consumismo sea avaricia desmedida.
El enloquecimiento aunque sea pasajero deja torturas
en el alma y enfermedades en el corazón.
Merecemos algo mejor en este entorno de luz en
que la piedad, la solidaridad y la hermandad sean
cartel y vida. Los motines a bordo tienen que ceder
para dar cabida a la paz que es fruto de la justicia
y de la verdad. Dios está entre nosotros
como un imán que atrae a todos para ilusionarnos
con lo bello y lo bueno.
aplude
Verdad
A
los economistas que hablan claro del panorama
fiscal del país y contribuyen a poner
las finanzas en su justa perspectiva.
La verdad nos hará libres y nadie mejor
que los economistas que entienden la intringulis
financiera para dictar cátedra en momentos
de urgencia nacional.
Son muchos los que viven moviéndose sobre
ideas caduca y conceptos de corte partidista. Sólo
tienen oídos para escuchar las simplezas
que entretienen al oído.
La madeja de mentiras tiene que ser destruida
a través de la contundencia auspiciada por
los peritos que saben y entienden de números.
La ignorancia es mala consejera y sólo sirve
para confundir y crear pánico.
Acompañantes
A
los padres que acompañan a sus hijos los
primeros días de clase para acentuar su
disponibilidad y buenos deseos de contribuir a
la sana educación de los suyos.
Ya es proverbial la ausencia de los progenitores
en el recinto académico. Tal parece que
hay un impasse perpetuo entre escuela y el hogar.
La unidad: padres, maestros y estudiantes es
esencial para una convivencia saludable que refleje
las
virtudes sociales y espirituales de unos y otros.
Los hijos se sienten más seguros cuando
los padres están atentos a lo que ocurre
en la escuela y se hacen presentes en las reuniones
y actividades escolares.
Editor
censura
Consumismo extremo
A
los que acumulan gasolina en la casa para hacer
frente a la carestía y a los amagos de
cierre de algunas gasolineras.
Las pretensiones convierten los hogares en almacenes
de mil cosas, aferrándose al tener, como
tabla de salvación.
La prevención debe ir en consonancia con
las realidades y con lo poco que tienen otras personas.
Cuando lo tenemos todo, nos olvidamos del prójimo
que a menudo carece.
Es bueno prevenir sin caer en la desbandada de
los apetitos y los sentidos.
Poco amor
A
los hijos que han hecho su hogar al lado de los
padres y “ni para allá miran”.
Es raro que un hijo que ha recibido amor, atención,
un solar y otras migajas se torne en indiferente.
Esta actitud, tan en moda, está apadrinada
por la expresión “eso ya no se usa”.
Los uraños de la época contemporánea
no entienden de sacrificio, ni de corazones en
coloquio de dádiva y amor.
La familia huérfana de ternura y compasión
se destruye a sí misma. Los hijos que sólo
viven para ellos, caerán en las redes de
la locura y la empiedad.
Editor