Iglesia y cooperativismo
Aníbal Colón Rosado
Para El Visitante
Este año conmemoramos el sexagésimo
aniversario de la llegada del P. Joseph Alexander
MacDonald a Puerto Rico. El P. MacDonald procedía
de la Universidad San Francisco Javier, en Antigonish,
Nueva Escocia. A partir de 1945, hasta su muerte
en 1966, difundió los principios del cooperativismo
en Puerto Rico. Fue un baluarte en el proceso de
institucionalización del movimiento cooperativista.
Según Mons. Antulio Parrilla, S.J., con
su desaparición comenzó el deterioro
ideológico de nuestro cooperativismo y del
verdadero cambio social.
Gracias al esfuerzo de Mons. Parrilla, del P.
Alexander y de otros líderes católicos, aquí se
fundaron unas 35 cooperativas de crédito
parroquiales. Aunque muchas han cambiado de nombre,
podemos mencionar las siguientes: Yauco, Barranquitas,
Comerío, Cidra, Isabela, Bayamón,
Guaynabo, San Juan, Coamo, Cataño, Ponce,
Palomas, incluyendo alguna cooperativa juvenil.
El respaldo público de la Iglesia local
al movimiento cooperativista se consolidó hacia
1954. Por estos tiempos también se organizó la
oficina diocesana de acción social.
El P. MacDonald confiaba en la promoción
humana y social entre los pequeños y desposeídos.
Proponía que el florecimiento del cooperativismo
en la clase media repercutiera favorablemente en
la superación solidaria de los más
pobres, quienes se unirían a esta filosofía
liberadora. La escuela de Antigonish recoge los
ideales de Rochdale (1844), para reorientar la
economía hacia el pueblo. De este modo,
surgiría una renovación popular y
la reestructuración de la sociedad. Cooperativizar
la economía significa “convertir en
cooperadores a todos los consumidores y todos los
productores primarios” (A. Parrilla, S.J.,
Cooperativismo en Puerto Rico, una crítica,
1975).
Esta fórmula de promoción de la dignidad
humana y la auténtica democracia ya tenía
profundas raíces en Puerto Rico, primera
nación latinoamericana donde se constituyeron
las primeras cooperativas. En 1873 se fundó en
San Juan la sociedad cooperativa de socorros mutuos “Los
Amigos del Bien Público”. Su principal
fundador e inspirador fue el dirigente obrero Santiago
Andrade. Le antecedieron las cooperativas de panaderos,
tipógrafos, trabajadores, ahorro, mutualistas,
seguros, entre otras. Descollaron en este campo
de la solidaridad: Rosendo Matienzo Cintrón,
Miguel Casado, José Celso Barbosa, Ramón
Morell Campos. Curiosamente, el Banco Popular y
el Banco Crédito y Ahorro Ponceño
nacieron como entidades cooperativas.
La doctrina social y el espíritu cooperativista
coinciden en sus postulados más sublimes.
La encíclica Rerum novarum (1891) contribuyó a
fortalecer la vida social cristiana, que a su vez
impulsó y consolidó la creación
de cooperativas. Asimismo, el magisterio ha subrayado
el aporte de las empresas cooperativas al valor
del trabajo, la responsabilidad personal y social,
la experiencia democrática (cf. Mater et
Magistra, ASS 53; 1961; 422-423). Siendo el trabajador
persona e imagen de Dios, no debe dejarse abandonado
al mecanismo ciego de las fuerzas mercantilistas
(cf. Centesimus annus, 34). La Iglesia aboga por
modelos de participación fundados en la
copropiedad, la cogestión y la cooperación.
En cuanto a esta última, “los cooperativistas
reciben como retribución el beneficio de
la empresa, que esperan sea mayor que un salario.
En esta forma de régimen de sociedad es
habitual la contratación de un gerente-empresario
asalariado que deberá rendir cuentas ante
los propietarios cooperativistas” (Juan Soto,
coord., Doctrina Social de la Iglesia, BAC, 2002,
p.349).
El aniversario del P. Alexander MacDonald es
ocasión
propicia para recordar su persona y su obra, y
estudiar el pensamiento social católico.
(Los lectores que deseen ampliar sus conocimientos
en torno a este asunto, pueden consultar la Bibliografía
Selecta sobre Cooperativismo 1953-1993, preparada
por el Fondo Documental Mons. Antulio Parrilla
Bonilla, S.J. y la Biblioteca P. Martín
J. Bernsten, O.P.).