El niño que se aferraba a las papitas fritas
es paciente consitudinario de un hospital cercano
al Semanario El Visitante. Yo estaba en una mesa
contigua y él no cesaba de echar la vista
para indagar sobre lo que yo ingería en esos
momentos de pausa y distracción, que son paréntesis
a eso de las doce. El pequeñín, junto
a su hermanita y sus padres, se sentía a sus
anchas en ese mundo de la comida rápida que
se sirve alrededor del mundo.
Yadiel es paciente desde el vientre de su madre,
así me lo afirmó el padre. Según
el joven papá, el niño sufrió un
derrame cerebral cuando yacía en la esperanza
de la progenitora. Tiene dos añitos y padece
una condición que representa uno entre 200,000
personas. El nombre de esta enfermedad, por ser del
diccionario médico, no lo recuerdo. Tiene
que ver con la propensión a que sus órganos
vitales tiendan a deteriorarse. En un santiamén
comprendí el vía crucis de esta joven
pareja que han hecho del hospital una ampliación
del hogar.
El papá de Yadiel no dudó en expresar
que él también sufre en su salud. Está operado
del estómago y del esófago, debido
a que trabajó en una industria y no fue precavido,
pues no usó un protector para custodiar el
sistema respiratorio. La nena también tenía
una condición en la piel. Por lo pronto, la única
que salió ilesa en esta conversación
fue la madre, que dialogaba con fruición,
socorrida por la verdad santa: “hágase
tu voluntad”.
A menudo el niño que porta las llagas de Cristo,
tiene ocurrencias y cariños que hacen que
uno torne la mirada hacia ellos. El extendía
la mano y me ofrecía papas, se reía
pícaramente y empezó a “chocar
sus manos” con las mías. Era experto
en relaciones públicas, en diplomacia de la
inocencia, en diálogo de altura. Su pequeño
entorno irradiaba deseos de vivir, de enfrentarse
a esta dura realidad que enferma y marchita el corazón
de los sencillos.
La familia es punto de referencia de solidaridad.
Cuando la enfermedad se cuela y se apodera de uno
de los miembros, se tiende a perpetuar la tristeza,
el dolor, el sufrimiento. Cada vez más predominan
las familias hincadas por los virus, por la bacteria,
por la contaminación, por el desamor. Es usual
constatar que desde el nene hasta el anciano la enfermedad
se siente y se padece.
En medio del progreso de la medicina y de sus
milagrosas ayudas, brota la flor marchita que denota
que el
jardín está enfermo. No sólo
es la salud personal, o de un grupo de pudientes
que van a Houston o a Boston a tratarse. La salud
social está por el piso tragándose
todo intento de vivir saludablemente y dar gracias
a Dios por ese paraíso que se llama bienestar
y paz.