Edición 33 • 14 al 20 de agosto de 2005
Hoy es viernes, 18 de mayo de 2012

Padre Efraín Zabala

Yadiel

El niño que se aferraba a las papitas fritas es paciente consitudinario de un hospital cercano al Semanario El Visitante. Yo estaba en una mesa contigua y él no cesaba de echar la vista para indagar sobre lo que yo ingería en esos momentos de pausa y distracción, que son paréntesis a eso de las doce. El pequeñín, junto a su hermanita y sus padres, se sentía a sus anchas en ese mundo de la comida rápida que se sirve alrededor del mundo.

Yadiel es paciente desde el vientre de su madre, así me lo afirmó el padre. Según el joven papá, el niño sufrió un derrame cerebral cuando yacía en la esperanza de la progenitora. Tiene dos añitos y padece una condición que representa uno entre 200,000 personas. El nombre de esta enfermedad, por ser del diccionario médico, no lo recuerdo. Tiene que ver con la propensión a que sus órganos vitales tiendan a deteriorarse. En un santiamén comprendí el vía crucis de esta joven pareja que han hecho del hospital una ampliación del hogar.

El papá de Yadiel no dudó en expresar que él también sufre en su salud. Está operado del estómago y del esófago, debido a que trabajó en una industria y no fue precavido, pues no usó un protector para custodiar el sistema respiratorio. La nena también tenía una condición en la piel. Por lo pronto, la única que salió ilesa en esta conversación fue la madre, que dialogaba con fruición, socorrida por la verdad santa: “hágase tu voluntad”.

A menudo el niño que porta las llagas de Cristo, tiene ocurrencias y cariños que hacen que uno torne la mirada hacia ellos. El extendía la mano y me ofrecía papas, se reía pícaramente y empezó a “chocar sus manos” con las mías. Era experto en relaciones públicas, en diplomacia de la inocencia, en diálogo de altura. Su pequeño entorno irradiaba deseos de vivir, de enfrentarse a esta dura realidad que enferma y marchita el corazón de los sencillos.

La familia es punto de referencia de solidaridad. Cuando la enfermedad se cuela y se apodera de uno de los miembros, se tiende a perpetuar la tristeza, el dolor, el sufrimiento. Cada vez más predominan las familias hincadas por los virus, por la bacteria, por la contaminación, por el desamor. Es usual constatar que desde el nene hasta el anciano la enfermedad se siente y se padece.

En medio del progreso de la medicina y de sus milagrosas ayudas, brota la flor marchita que denota que el jardín está enfermo. No sólo es la salud personal, o de un grupo de pudientes que van a Houston o a Boston a tratarse. La salud social está por el piso tragándose todo intento de vivir saludablemente y dar gracias a Dios por ese paraíso que se llama bienestar y paz.

 

 

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