“Hemos venido a adorarle” (Mt
2,2)
Queridísimos jóvenes:
1. Este año hemos celebrado la XIX Jornada
Mundial de la Juventud meditando sobre el deseo expresado
por algunos griegos que con motivo de la Pascua llegaron
a Jerusalén: “Queremos ver a Jesús” (Jn
12,21). Y ahora nos encontramos en camino hacia Colonia,
donde en agosto de 2005 tendrá lugar la
XX Jornada Mundial de la Juventud.
Hemos venido a adorarle” (Mt 2,2): este es
el tema del próximo encuentro mundial juvenil.
Es un tema que permite a los jóvenes de cada
continente recorrer idealmente el itinerario de los
Reyes Magos, cuyas reliquias se veneran según
una pía tradición precisamente en aquella
ciudad, y encontrar, como ellos, al Mesías
de todas las naciones.

El Papa Juan Pablo II saluda y anima a los jóvenes
peregrinos en el día mundial de la juventud
celebrada en Toronto, el 25 de julio de 2002. El
Pontífice estaba claramente energizado por
el entusiasmo de la muchedumbre durante su primera
reunión con los jóvenes. (Foto CNS)
En verdad, la luz de Cristo ya iluminaba la inteligencia
y el corazón de los Reyes Magos. “Se
pusieron en camino” (Mt 2,9), cuenta el evangelista,
lanzándose con coraje por caminos desconocidos
y emprendiendo un largo viaje nada fácil.
No dudaron en dejar todo para seguir la estrella
que habían visto salir en el Oriente (cfr.
Mt 2,2). Imitando a los Reyes Magos, también
vosotros, queridos jóvenes, os disponéis
a emprender un “viaje” desde todas
las partes del globo hacia Colonia. Es importante
que os preocupéis no sólo de la organización
práctica de la Jornada Mundial de la Juventud,
sino que cuidéis en primer lugar la preparación
espiritual en una atmósfera de fe y de escucha
de la Palabra de Dios.
2. “Y la estrella... iba delante de ellos,
hasta que llegó y se detuvo encima del lugar
donde estaba el niño” (Mt 2,9). Los
Reyes Magos llegaron a Belén porque se dejaron
guiar dócilmente por la estrella. Más
aún, “al ver la estrella se llenaron
de inmensa alegría” (Mt 2,10). Es importante,
queridos amigos, aprender a escrutar los signos con
los que Dios nos llama y nos guía. Cuando
se es consciente de ser guiado por Él, el
corazón experimenta una auténtica y
profunda alegría acompañada de un vivo
deseo de encontrarlo y de un esfuerzo perseverante
de seguirlo dócilmente.
“
Entraron en la casa, vieron al niño con María
su madre” (Mt 2,11). Nada de extraordinario
a simple vista. Sin embargo, aquel Niño es
diferente a los demás: es el Hijo primogénito
de Dios que se despojó de su gloria (cfr.
Fil 2,7) y vino a la tierra para morir en la Cruz.
Descendió entre nosotros y se hizo pobre
para revelarnos la gloria divina que contemplaremos
plenamente
en el Cielo, nuestra patria celestial.
¿
Quién podría haber inventado un signo
de amor más grande? Permanecemos extasiados
ante el misterio de un Dios que se humilla para asumir
nuestra condición humana hasta inmolarse por
nosotros en la cruz (cfr. Fil 2,6-8). En su pobreza,
vino para ofrecer la salvación a los pecadores.
Aquel que - como nos recuerda san Pablo - “siendo
rico, se hizo pobre por amor nuestro, para que vosotros
fueseis ricos por su pobreza” (2Cor 8,9). ¿Cómo
no dar gracias a Dios por tanta bondad condescendiente?
3. Los Reyes Magos encontraron a Jesús en “Bêt-lehem”,
que significa “casa del pan”. En la humilde
cueva de Belén yace, sobre un poco de paja,
el “grano de trigo” que muriendo dará “mucho
fruto” (cfr. Jn 12,24). Para hablar de sí mismo
y de su misión salvífica, Jesús,
en el curso de su vida pública, recurrirá a
la imagen del pan. Dirá: “Yo soy el
pan de vida”, “Yo soy el pan que bajó del
cielo”, “El pan que yo le daré es
mi carne, vida del mundo” (Jn 6,35.41.51).
Recorriendo con fe el itinerario del Redentor
desde la pobreza del Pesebre hasta el abandono
de la
Cruz, comprendemos mejor el misterio de su amor
que redime
a la humanidad. El Niño, colocado suavemente
en el pesebre por María, es el Hombre-Dios
que veremos clavado en la Cruz. El mismo Redentor
está presente en el sacramento de la Eucaristía.
En el establo de Belén se dejó adorar,
bajo la pobre apariencia de un neonato, por María,
José y los pastores; en la Hostia consagrada
lo adoramos sacramentalmente presente en cuerpo,
sangre, alma y divinidad, y Él se ofrece a
nosotros como alimento de vida eterna. La santa Misa
se convierte ahora en un verdadero encuentro de amor
con Aquel que se nos ha dado enteramente. No dudéis,
queridos jóvenes, en responderle cuando os
invita “al banquete de bodas del Cordero” (cfr.
Ap 19,9). Escuchadlo, preparaos adecuadamente y acercaos
al Sacramento del Altar, especialmente en este Año
de la Eucaristía (octubre 2004-2005) que
he querido declarar para toda la Iglesia.
4. “Y postrándose le adoraron” (Mt
2,11). Si en el Niño que María estrecha
entre sus brazos los Reyes Magos reconocen y adoran
al esperado de las gentes anunciado por los profetas,
nosotros podemos adorarlo hoy en la Eucaristía
y reconocerlo como nuestro Creador, único
Señor y Salvador.
“
Abrieron sus cofres y le ofrecieron dones de oro,
incienso y mirra” (Mt 2,11). Los dones que
los Reyes Magos ofrecen al Mesías simbolizan
la verdadera adoración. Por medio del oro
subrayan la divinidad real; con el incienso lo reconocen
como sacerdote de la nueva Alianza; al ofrecerle
la mirra celebran al profeta que derramará la
propia sangre para reconciliar la humanidad con
el Padre.
Queridos jóvenes, ofreced también vosotros
al Señor el oro de vuestra existencia, o sea
la libertad de seguirlo por amor respondiendo fielmente
a su llamada; elevad hacia Él el incienso
de vuestra oración ardiente, para alabanza
de su gloria; ofrecedle la mirra, es decir el afecto
lleno de gratitud hacia Él, verdadero Hombre,
que nos ha amado hasta morir como un malhechor en
el Gólgota.
5. ¡Sed adoradores del único y verdadero
Dios, reconociéndole el primer puesto en vuestra
existencia! La idolatría es una tentación
constante del hombre. Desgraciadamente hay gente
que busca la solución de los problemas en
prácticas religiosas incompatibles con la
fe cristiana. Es fuerte el impulso de creer en los
falsos mitos del éxito y del poder; es peligroso
abrazar conceptos evanescentes de lo sagrado que
presentan a Dios bajo la forma de energía
cósmica, o de otras maneras no concordes con
la doctrina católica.
¡
Jóvenes, no creáis en falaces ilusiones
y modas efímeras que no pocas veces dejan
un trágico vacío espiritual! Rechazad
las seducciones del dinero, del consumismo y de la
violencia solapada que a veces ejercen los medios
de comunicación.
La adoración del Dios verdadero constituye
un auténtico acto de resistencia contra toda
forma de idolatría. Adorad a Cristo: Él
es la Roca sobre la que construir vuestro futuro
y un mundo más justo y solidario. Jesús
es el Príncipe de la paz, la fuente del perdón
y de la reconciliación, que puede hacer
hermanos a todos los miembros de la familia humana.
6. “Se retiraron a su país por otro
camino” (Mt 2,12). El Evangelio precisa que,
después de haber encontrado a Cristo, los
Reyes Magos regresaron a su país “por
otro camino”. Tal cambio de ruta puede simbolizar
la conversión a la que están llamados
los que encuentran a Jesús para convertirse
en los verdaderos adoradores que Él desea
(cfr. Jn 4,23-24). Esto conlleva la imitación
de su modo de actuar transformándose, como
escribe el apóstol Pablo, en una “hostia
viva, santa, grata a Dios”. Añade después
el apóstol de no conformarse a la mentalidad
de este siglo, sino de transformarse por la renovación
de la mente, “para que sepáis discernir
cuál es la voluntad de Dios, buena, grata
y perfecta” (cfr. Rom 12,1-2).
Escuchar a Cristo y adorarlo lleva a hacer elecciones
valerosas, a tomar decisiones a veces heroicas.
Jesús
es exigente porque quiere nuestra auténtica
felicidad. Llama a algunos a dejar todo para que
le sigan en la vida sacerdotal o consagrada. Quien
advierte esta invitación no tenga miedo de
responderle “sí” y le siga generosamente.
Pero más allá de las vocaciones de
especial consagración, está la vocación
propia de todo bautizado: también es esta
una vocación a aquel “alto grado” de
la vida cristiana ordinaria que se expresa en la
santidad (cfr. Novo millennio ineunte, 31). Cuando
se encuentra a Jesús y se acoge su Evangelio,
la vida cambia y uno es empujado a comunicar a los
demás la propia experiencia.
Son tantos nuestros compañeros que todavía
no conocen el amor de Dios, o buscan llenarse el
corazón con sucedáneos insignificantes.
Por lo tanto, es urgente ser testigos del amor contemplado
en Cristo. La invitación a participar en la
Jornada Mundial de la Juventud es también
para vosotros, queridos amigos que no estáis
bautizados o que no os identificáis con la
Iglesia. ¿No será que también
vosotros tenéis sed del Absoluto y estáis
en la búsqueda de “algo” que dé significado
a vuestra existencia? Dirigíos a Cristo y
no seréis defraudados.
7.Queridos jóvenes, la Iglesia necesita auténticos
testigos para la nueva evangelización: hombres
y mujeres cuya vida haya sido transformada por el
encuentro con Jesús; hombres y mujeres capaces
de comunicar esta experiencia a los demás.
La Iglesia necesita santos. Todos estamos llamados
a la santidad, y sólo los santos pueden renovar
la humanidad. En este camino de heroísmo evangélico
nos han precedido tantos, y es a su intercesión
a la que os exhorto recurrir a menudo. Al encontraros
en Colonia, aprenderéis a conocer mejor a
algunos de ellos, como a san Bonifacio, el apóstol
de Alemania, a los Santos de Colonia, en particular
a Úrsula, Alberto Magno, Teresa Benedicta
de la Cruz (Edith Stein) y al beato Adolfo Kolping.
Entre éstos quisiera citar en modo particular
a san Alberto y a santa Teresa Benedicta de la Cruz
que, con la misma actitud interior de los Reyes Magos,
buscaron la verdad apasionadamente. No dudaron en
poner sus capacidades intelectuales al servicio de
la fe, testimoniando así que la fe y la razón
están ligadas y se atraen recíprocamente.
Queridísimos jóvenes encaminados idealmente
hacia Colonia, el Papa os acompaña con su
oración. Que María, “mujer eucarística” y
Madre de la Sabiduría, os ayude en vuestro
caminar, ilumine vuestras decisiones y os enseñe
a amar lo que es verdadero, bueno y bello. Que Ella
os conduzca a su Hijo, el único que puede
satisfacer las esperanzas más íntimas
de la inteligencia y del corazón del hombre.
¡Con mi bendición!
Desde Castel Gandolfo,
6 de agosto de 2004
JUAN PABLO II