P. José P. Benabarre Vigo
benigno_benabarre@hotmail.com
Para EL VISITANTE
La palabra “salvación” viene
de la latina “salus”, cuyo sentido
más amplio indica liberación de cualquier
mal: dolor, enfermedad, muerte, opresión,
injusticia, ignorancia, hambre... Los políticos,
filántropos y sabios –todos prometen
la liberación de algunas de las opresiones
que nos tienen cautivos. ¡Y todos fallan!
A su modo, también todas las religiones
prometen y trabajan para liberar al hombre de alguna
de las esclavitudes que lo afligen; garantizando
las más avanzadas la liberación del
pecado, raíz y causa, según la confesión
cristiana, de todos los males que nos atribulan
(Génesis 3; Romanos 5, 12; 8, 2).
La
salvación en Cristo
y por Cristo
La religión cristiana tiene por fundamento
a Cristo, cuyo otro nombre, Jesús, significa,
precisamente, “Yahvé salva”.
Hijo de Dios, por naturaleza (Credo), e hijo de
la Virgen María, de Nazaret, según
la carne, Jesús vino a este mundo para salvarnos
(Lucas 2, 11; Juan 3, 17; Hebreos 2, 10; Apocalipsis
7, 10, etc.).
Aunque la salvación de Cristo no va directamente
hacia la liberación de ninguna de las esclavitudes
naturales o provocadas por el hombre, sí ataca
la raíz de todas ellas: el pecado; el pecado
personal y el social. En este sentido, Jesús
se ha convertido en el Salvador integral de toda
la humanidad, tanto gentil como creyente.
Para entender mejor la salvación del pecado
por medio de Jesucristo, recordemos que el pecado,
es, según la religión cristiana, “una
palabra, un acto o un deseo contrario a la ley
eterna de Dios” (San Agustín), cuya
oferta de amor es rechazada. Al pecar, el hombre
desprecia a Dios, y se pone en su lugar, orientando
su vida hacia las criaturas (San Agustín).
Cristo nos liberó de ese pecado, nos reconcilió con
Dios Padre, y nos abrió de par en par las
puertas del cielo mediante su vida, pasión,
muerte y resurrección. Y quiso hacerlo del
modo más doloroso. Desde luego, no necesitaba
el buen Jesús sufrir tanto por nosotros,
desagradecidos. El simple hecho de hacerse hombre,
o una gota de su preciosísima sangre bastaban
para redimir miles de mundos. He aquí unos
textos.
“
Dios envió a su Hijo al mundo no para condenarlo,
sino para que el mundo se salve por El (Juan 3,
17). “Porque no hay ningún hombre
bajo el cielo dado a los hombres [excepto Jesús
de Nazaret] por el cual puedan salvarse” (Hechos
4, 12). “Y nosotros hemos visto y dado testimonio
de que el Padre envió a su Hijo para ser
el Salvador del mismo” (1 Juan 4, 19).
Las
obras buenas, necesarias para la salvación
Jesús salvó a la humanidad entera.
Pero ¿cómo se aplica esa salvación
a cada hombre y mujer?
Aferrados a la desafortunada y falsa aseveración
de Lutero que sólo nos salvamos por la fe,
los protestantes y evangélicos no saben
definir o aclarar el lugar que les corresponde
a las buenas obras en el proceso y culminación
de nuestra salvación.
El que sólo nos salvemos por la fe no se
afirma en ninguna parte de la Biblia. Por el contrario,
en muchas partes de la misma se dice que, además
de la fe, tenemos que cooperar con la misma mediante
las buenas obras, sin las cuales no hay salvación
posible.
Cuando Jesús envió a los apóstoles
a predicar la Buena Nueva a los hombres, les dijo
que los bautizaran (una obra buena diferente de
la fe), y que les enseñaran a cumplir todo
lo que les había mandado (Mateo 29, 19-20) –lo
cual implica un gran montón de obras buenas,
diferentes de la fe.
Si San Pablo pedía a los Filipenses “que
buscaran su propia salvación con temor y
temblor”, evidentemente les pedía,
más allá de la fe, una gran cooperación
con Dios, “que actuaba en ellos el desear
y el obrar lo que a El le agrada” (2, 12-13).
Desear y obrar son bien diferentes de tener fe.
San Agustín ya se propuso esta cuestión,
y la resuelve bellamente al afirmar que “Dios,
que nos creó sin contar con nosotros, no
nos salvará sin nosotros”, es decir,
sin nuestra activa cooperación.
Pero son, sobre todo, Jesús y su primo el
apóstol Santiago quienes dan un solemne
mentís a la afirmación luterana que
sólo nos salvamos por la fe.
Enfrentándose a corrientes de pensamiento,
comunes a algunos grupos que interpretaban mal
a San Pablo, Santiago les llama “insensatos” por
afirmar que la fe sin obras vale para salvarse. “No”,
afirma rotundamente, “la fe sin obras está realmente
muerta” (2, 17). Y les cita dos casos: los
demonios también creen Dios, y tiemblan
(v. 19); y Abrahán no fue justificado por
la fe, sino por haber ofrecido su hijo a Dios (v.
21). “La fe”, continúa, “coopera
con las obras; y, por las obras, la fe alcanzó su
perfección” (v. 22).
Pero, si cabe, aun es más explícito
Jesús sobre la necesidad absoluta de las
buenas obras para entrar en el cielo.
Al explicar algo de lo que sucederá en el
Juicio universal, que tendrá lugar al final
de los tiempos, Jesús, dirigiéndose
a los de la izquierda, a quienes llama “malditos”,
los manda “al fuego eterno, preparado para
el diablo y sus ángeles” (Mateo 25,
41). No les reprueba la falta de fe, sino la falta
de buenas obras, como dar de comer al hambriento,
dar de beber al sediento, dar hospedaje al forastero
y visitar a los enfermos y encarcelados (vv 42-43).
Y abre las puertas del cielo a todos aquellos que
practicaron esas mismas obras.
Obras y fe: eso es lo que necesitamos para salvarnos.
Fe total y sin distingos, y obras abundantes
que rasguen el bolsillo y causen sudor en la
frente.
Esta doctrina es tan clara en la Biblia y tan
racional que no necesitaría explicación alguna
si no fuera por el aferramiento antibíblico
al sólo por las obras.