Edición 33 • 14 al 20 de agosto de 2005
Hoy es martes, 7 de febrero de 2012

Nos salvamos por la fe y las obras

P. José P. Benabarre Vigo
benigno_benabarre@hotmail.com
Para EL VISITANTE

La palabra “salvación” viene de la latina “salus”, cuyo sentido más amplio indica liberación de cualquier mal: dolor, enfermedad, muerte, opresión, injusticia, ignorancia, hambre... Los políticos, filántropos y sabios –todos prometen la liberación de algunas de las opresiones que nos tienen cautivos. ¡Y todos fallan!

A su modo, también todas las religiones prometen y trabajan para liberar al hombre de alguna de las esclavitudes que lo afligen; garantizando las más avanzadas la liberación del pecado, raíz y causa, según la confesión cristiana, de todos los males que nos atribulan (Génesis 3; Romanos 5, 12; 8, 2).

La salvación en Cristo y por Cristo

La religión cristiana tiene por fundamento a Cristo, cuyo otro nombre, Jesús, significa, precisamente, “Yahvé salva”. Hijo de Dios, por naturaleza (Credo), e hijo de la Virgen María, de Nazaret, según la carne, Jesús vino a este mundo para salvarnos (Lucas 2, 11; Juan 3, 17; Hebreos 2, 10; Apocalipsis 7, 10, etc.).

Aunque la salvación de Cristo no va directamente hacia la liberación de ninguna de las esclavitudes naturales o provocadas por el hombre, sí ataca la raíz de todas ellas: el pecado; el pecado personal y el social. En este sentido, Jesús se ha convertido en el Salvador integral de toda la humanidad, tanto gentil como creyente.

Para entender mejor la salvación del pecado por medio de Jesucristo, recordemos que el pecado, es, según la religión cristiana, “una palabra, un acto o un deseo contrario a la ley eterna de Dios” (San Agustín), cuya oferta de amor es rechazada. Al pecar, el hombre desprecia a Dios, y se pone en su lugar, orientando su vida hacia las criaturas (San Agustín).

Cristo nos liberó de ese pecado, nos reconcilió con Dios Padre, y nos abrió de par en par las puertas del cielo mediante su vida, pasión, muerte y resurrección. Y quiso hacerlo del modo más doloroso. Desde luego, no necesitaba el buen Jesús sufrir tanto por nosotros, desagradecidos. El simple hecho de hacerse hombre, o una gota de su preciosísima sangre bastaban para redimir miles de mundos. He aquí unos textos.

“ Dios envió a su Hijo al mundo no para condenarlo, sino para que el mundo se salve por El (Juan 3, 17). “Porque no hay ningún hombre bajo el cielo dado a los hombres [excepto Jesús de Nazaret] por el cual puedan salvarse” (Hechos 4, 12). “Y nosotros hemos visto y dado testimonio de que el Padre envió a su Hijo para ser el Salvador del mismo” (1 Juan 4, 19).

Las obras buenas, necesarias para la salvación

Jesús salvó a la humanidad entera. Pero ¿cómo se aplica esa salvación a cada hombre y mujer?

Aferrados a la desafortunada y falsa aseveración de Lutero que sólo nos salvamos por la fe, los protestantes y evangélicos no saben definir o aclarar el lugar que les corresponde a las buenas obras en el proceso y culminación de nuestra salvación.

El que sólo nos salvemos por la fe no se afirma en ninguna parte de la Biblia. Por el contrario, en muchas partes de la misma se dice que, además de la fe, tenemos que cooperar con la misma mediante las buenas obras, sin las cuales no hay salvación posible.

Cuando Jesús envió a los apóstoles a predicar la Buena Nueva a los hombres, les dijo que los bautizaran (una obra buena diferente de la fe), y que les enseñaran a cumplir todo lo que les había mandado (Mateo 29, 19-20) –lo cual implica un gran montón de obras buenas, diferentes de la fe.

Si San Pablo pedía a los Filipenses “que buscaran su propia salvación con temor y temblor”, evidentemente les pedía, más allá de la fe, una gran cooperación con Dios, “que actuaba en ellos el desear y el obrar lo que a El le agrada” (2, 12-13). Desear y obrar son bien diferentes de tener fe.

San Agustín ya se propuso esta cuestión, y la resuelve bellamente al afirmar que “Dios, que nos creó sin contar con nosotros, no nos salvará sin nosotros”, es decir, sin nuestra activa cooperación.

Pero son, sobre todo, Jesús y su primo el apóstol Santiago quienes dan un solemne mentís a la afirmación luterana que sólo nos salvamos por la fe.

Enfrentándose a corrientes de pensamiento, comunes a algunos grupos que interpretaban mal a San Pablo, Santiago les llama “insensatos” por afirmar que la fe sin obras vale para salvarse. “No”, afirma rotundamente, “la fe sin obras está realmente muerta” (2, 17). Y les cita dos casos: los demonios también creen Dios, y tiemblan (v. 19); y Abrahán no fue justificado por la fe, sino por haber ofrecido su hijo a Dios (v. 21). “La fe”, continúa, “coopera con las obras; y, por las obras, la fe alcanzó su perfección” (v. 22).

Pero, si cabe, aun es más explícito Jesús sobre la necesidad absoluta de las buenas obras para entrar en el cielo.

Al explicar algo de lo que sucederá en el Juicio universal, que tendrá lugar al final de los tiempos, Jesús, dirigiéndose a los de la izquierda, a quienes llama “malditos”, los manda “al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles” (Mateo 25, 41). No les reprueba la falta de fe, sino la falta de buenas obras, como dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, dar hospedaje al forastero y visitar a los enfermos y encarcelados (vv 42-43). Y abre las puertas del cielo a todos aquellos que practicaron esas mismas obras.

Obras y fe: eso es lo que necesitamos para salvarnos. Fe total y sin distingos, y obras abundantes que rasguen el bolsillo y causen sudor en la frente. Esta doctrina es tan clara en la Biblia y tan racional que no necesitaría explicación alguna si no fuera por el aferramiento antibíblico al sólo por las obras.

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