Las ocho dimensiones de la Cristofobia
El
evento más importante de esta semana,
la Jornada Mundial de la Juventud, se lleva a cabo
justo en el corazón de Europa, en Colonia,
Alemania. Allí se desarrolla una gran catequesis
con millones de jóvenes de todo el mundo;
de América, Asia, Oceanía, África
y de los pueblos europeos han llegado para encontrarse
con el Papa Benedicto XVI.
La
mayoría de los muchachos y muchachas,
como es lógico, son europeos de la generación
de los 80’s. Ellos han vivido transformaciones
en las instituciones jurídico-políticas
contemporáneas antagónicas con la
fe religiosa que les mueve.
A
este hecho, el constitucionalista judío,
Josef Weiler lo ha denominado cristofobia. Partiendo
de esa conceptualización, George Weigel
el biógrafo de Juan Pablo II en Testigos
de la Esperanza, ha concentrado uno de sus capítulos
en el libro «Política sin Dios. Europa
y América, el cubo y la catedral»,
que publicamos a continuación.
JROV
Antes
de abordar ese problema, detengámonos
un momento en el empleo provocativo que hace Weiler
del término «cristofobia». Cuando
afirma que la resistencia a reconocer las raíces
cristianas del presente democrático de Europa
es la expresión de una cristofobia, ¿qué quiere
decir, exactamente? En realidad, hace referencia
a ocho aspectos que, tomados en conjunto, constituyen
una red ideológica que, en opinión
de Weiler, hace virtualmente imposible percibir
-y mucho menos, reconocer- la posibilidad de que
las ideas, la ética y la historia cristianas
tengan alguna relación con una Europa comprometida
con los derechos humanos, con la democracia y con
el imperio de la ley.
1.
El primer componente de esa cristofobia es la
experiencia del Holocausto en el siglo XX, y
la
convicción que se tiene en círculos
intelectuales y políticos europeos de que
las atrocidades genocidas de la shoá fueron
consecuencia lógica del antijudaísmo
cristiano que atraviesa la historia europea. Por
consiguiente, una Europa que grita «¡Nunca
más!» ante la tragedia de Auschwitz
y todas las otras, tiene que decir «¡No!» a
la posibilidad de que el Cristianismo tenga algo
que ver con una Europa tolerante.
2.
El segundo elemento -la enumeración de
Weiler no sigue un orden específico de gravedad-
es lo que él llama «mentalidad de
1968». La rebelión de los jóvenes
contra la autoridad tradicional, que convirtió el
año 1968 en un fenómeno de mayor
calado en Europa que en Estados Unidos (donde,
en ese mismo año, se vivieron los asesinatos
de Martin Luther King Jr. y Robert F. Kennedy,
vastas movilizaciones urbanas, el colapso de la
presidencia de Johnson, y el caso Woodstock) continúa
hoy, de una u otra manera, en los encanecidos veteranos
de 1968 que ahora disfrutan de una buena posición
en los parlamentos europeos, en los gobiernos,
en las universidades, en los círculos literarios
y en los medios de comunicación. Parte de
esa revuelta de 1968 fue su rebelión contra
la tradicional identidad y conciencia cristiana
de Europa. Completar el 1968 a través del
proceso de integración y constitución
europea significa hoy llevar a término la
supresión del Cristianismo, privándolo
de su posición relevante en la vida pública
europea.

3.
El tercer componente de la cristofobia, según
Weiler, está formado por un regreso ideológico
y psicológico a la revolución de
1989 en Europa Central y Oriental. Fue ésta
una revolución no violenta que contribuyó a
extender la democracia en Europa más que
ningún otro fenómeno desde la derrota
de Hitler, y fruto de una profunda y decisiva inspiración
cristiana. Sus principales promotores, el papa
Juan Pablo II, luteranos de la antigua Alemania
Oriental, cristianos checos de varias denominaciones,
y católicos de Polonia y Checoslovaquia,
trabajaron codo con codo con antiguos disidentes
políticos para derrocar el antiguo régimen
y reinstaurar la democracia en el imperio territorial
de Stalin. En opinión de Weiler, se trató de
una experiencia desquiciante, de una revolución
por la democracia, en gran parte inspirada por
cristianos y dirigida contra un hiper-secularismo
instalado en la política del momento, concretamente
en el comunismo. El choque con la sensibilidad
de los promotores de la revuelta de 1968, muchos
de los cuales no eran exactamente adictos a la
causa anticomunista, fue bastante violento. La
consecuencia fue una negativa a sumarse a la causa.
Y así continúa ese aspecto de la
cristofobia.
4.
El cuarto elemento de la cristofobia europea
contemporánea es más abiertamente
político. Se manifestó en la continua
quiebra del papel dominante que antaño habían
desempeñado los partidos políticos
cristianodemócratas en la Europa de la posguerra,
y no solo en países como Alemania e Italia,
donde los cristianodemócratas acaparaban
la mayor parte de los votos, sino también
en la creación de la Comunidad Europea del
Carbón y del Acero, luego en el Mercado
Común, y finalmente en la formación
de la Comunidad Europea. Años de sequía
política, con los cristianodemócratas
en imparable ascenso, y en combinación con
un olvido deliberado de la inspiración cristiana
del proyecto europeo, dejaron profundas cicatrices
en la izquierda europea y entre los autores del
secularismo. Todo eso forma parte de la cristofobia
de hoy.
5.
El quinto elemento es la tendencia de Europa
a encuadrar todas las realidades en categorías
de «derecha e izquierda», para luego
identificar el Cristianismo con la derecha, es
decir, con un partido que la izquierda define como
xenófobo, racista, intolerante, fanático,
estrecho de miras, de corte nacionalista, y todo
lo que Europa no debería ser.
6.
La sexta fuente de la cristofobia europea contemporánea
es, en opinión de Josef Weiler, el rechazo
de la figura del papa Juan Pablo II por parte de
los secularistas y los católicos disidentes.
El innegable papel del Papa en avivar la revolución
de la conciencia, que hizo posible la revolución
política de 1989 en la Europa Central, su
apoyo a la democracia en Latinoamérica y
en Asia Oriental, su cerrada defensa de la libertad
religiosa para todos, su considerable impulso para
reconstruir las relaciones entre católicos
y judíos, su oposición a la guerra
y al aborto (por no mencionar su enorme autoridad
personal y su gran popularidad entre los jóvenes),
todo eso encaja difícilmente en la línea
de posmodernidad que cobra cada día mas
fuerza entre los partidarios del secularismo y
entre los católicos disidentes. Éstos
insisten en que el Papa es, necesariamente, un
personaje premoderno, del que no se puede esperar
nada serio que contribuya al futuro democrático
de Europa. La alternativa, es decir, el hecho de
que Juan Pablo II haya sido un hombre completamente
moderno que ofrece otra lectura, quizá más
penetrante, de la modernidad, no se puede sostener
en absoluto.
7.
En séptimo lugar, la cristofobia en la
Europa de hoy se alimenta de una visión
distorsionada de la historia europea que (como
sucede frecuentemente en Estados Unidos) carga
el acento en las raíces de la Ilustración,
que son las que alimentan el proyecto democrático
y al mismo tiempo excluyen virtualmente las raíces
históricas y culturales de la democracia
en la Europa cristiana anterior a la Ilustración.
Tanto creyentes como no creyentes han interiorizado
esa meta-narración. De modo que, quizá,
nadie podrá admirarse de que el borrador
del preámbulo a la Constitución Europea
abriera una gigantesca brecha desde los griegos
y romanos hasta Descartes y Kant, al presentar
las fuentes históricas de la democracia
europea contemporánea.
8.
Finalmente, Weiler sugiere que los hijos de 1968,
ahora en plena madurez y ya próximos
a la jubilación, se sienten contrariados
y confusos por el hecho de que, en muchos casos,
sus hijos se han hecho cristianos. Los que crecieron
como cristianos, pero al final de su adolescencia
o en su primera juventud rechazaron la fe y la
practica religiosa, están perplejos e incluso
indignados por el hecho que sus hijos hayan vuelto
a Jesucristo y al Cristianismo para llenar el vacío
de sus vidas. Por mi parte, después de haber
contemplado personalmente esa nueva floración
durante el viaje de Juan Pablo II a París
en 1987 para participar en la Jornada Mundial de
la Juventud, cuando prácticamente toda Francia
bien pensante se maravillaba de la masiva presencia
de jóvenes católicos llegados de
todas partes para celebrar en compañía
de su héroe religioso su fe recién
recuperada, me inclino a pensar que en este punto,
igual que en los precedentes, Josef Weiler está en
lo cierto.
(El
autor de este escrito, George Weigel, también
es comentarista de temas religiosos de la National
Broadcasting Corporation-NBC y responsable de la
columna semanal «The Catholic difference».)
Fuente: 7/26/2005 en zenit.org.