Edición 34 • 21 al 27 de agosto de 2005
Hoy es jueves, 8 de enero de 2009

“Que el Año de la Eucaristía sea para todos una excelente ocasión para tomar conciencia del tesoro incomparable que Cristo ha confiado a su Iglesia. Que sea estímulo para celebrar la Eucaristía con mayor vitalidad y fervor, y que ello se traduzca en una vida cristiana transformada por el amor.”

Carta Apostólica Mane Nobiscum Domine —Juan Pablo II

Vida Eucarística

Se puede comparar la Eucaristía en nuestra vida a lo que es el sol en la vida física del mundo: luz, vida, calor. Imaginemos lo que sería del mundo si se pusiera el sol una tarde para no volver a amanecer más. Las tinieblas envolverían de nuevo a la tierra como en el comienzo de la creación; el frío se apoderaría inexorablemente de todo: la vida iría desapareciendo por doquier. Los hombres podrían vivir todavía durante algún tiempo de los bienes acumulados y servirse de la luz artificial para iluminar su lenta agonía; pero sería una vida crespuscular, que acabaría en la muerte de todo y de todos. Lo mismo sería de la vida espiritual sin Jesús, y sobre todo sin Jesús eucarístico, que vive entre nosotros, como único y verdadero amigo, y nos escucha, nos ayuda, nos alimenta.

El es sol de nuestras almas, que nos da luz, calor, y consuelo. ¿Que estamos angustiados, sin confianza, abrumados bajo el peso de la cruz, o bajo el peso doloroso y humillante de nuestros pecados? Vayamos a Jesús con humildad, arrepentimiento, amor; tengamos confianza; El nos ayudará a llevar nuestra cruz, nos purificará de nuestros pecados, y nos dará fuerza sobrenatural para no volver a caer.

Cuidemos de vivir unidos a El por medio de la comunión frecuente, de la visita diaria al Sagrario, de la comunión espiritual cuando no podemos recibir la sacramental, de las jaculatorias frecuentes y fervorosas, que deben brotar del corazón siempre que la cruz pesa sobre nuestros hombros o que las tentaciones nos hacen vacilar, o cuando el asalto violento de las cosas del mundo quiere envolver en la niebla el cielo azul de nuestras almas.

Se hacen largos viajes para visitar los santuarios más celebrados, como Loreto, Lourdes, Fátima o los Santos Lugares de Palestina.

Esto es ciertamente cosa buena, pero recordemos lo que decía el P. Juan de Avila: El santuario más ilustre y amable lo tenemos cercano a nosotros, y es cualquiera de las iglesias en que se esconde Jesús eucarístico en el Sagrario. No encontraremos allí precisamente una estatua venerable, sino a Jesús mismo, vivo y deseoso de acogernos, de perdonarnos, de consolarnos, de ayudarnos, de amarnos.

Con razón los santos no han encontrado mayor placer en la tierra que permanecer en coloquio en la presencia del Santísimo Sacramento; en eso han encontrado el paraíso.

La vida Eucarística, o sea la vida siempre unida a Jesús sacramentado, sobre todo por medio de la comunión diaria, nos transforma y casi nos diviniza y hace santos.

Ella conserva y aumenta en nosotros la gracia, que es la vida sobrenatural del alma. Pero hay que observar que la Eucaristía por sí no da la gracia, porque es sacramento de vivos; es un alimento, y el alimento no se da a los muertos, sino a los vivos; por tanto es preciso que nos acerquemos a ella puros y limpios de pecado. Además la comunión perdona nuestros pecados veniales, nos fortifica en nuestros buenos propósitos, y nos da el ardor de la caridad. Los pecados veniales son una enfermedad y debilidad del alma; y así como el alimento material quita la debilidad, la languidez, la predisposición a las enfermedades, del mismo modo el alimento eucarístico hace otro tanto en el orden sobrenatural.

Y precisamente porque la Eucaristía aumenta el fervor de la caridad, y hace imposible no amar a Jesús con todas las fuerzas de nuestra alma al pensar en el amor infinito que nos ha tenido, la consecuencia es que la Comunión debilita las malas tentaciones, y extingue y ahoga las llamas de la malsana concupiscencia.

Eucaristía y pecado son términos que se excluyen mutuamente, porque la Eucaristía es Jesús, y el pecado es el demonio. Además el alimento eucarístico, recibido con las debidas disposiciones y sobre todo con ardiente amor, produce en nuestras almas un consuelo espiritual y una dulzura tan inefable, que nos hace gustar las alegrías del Cielo.

El sentir a Jesús, que vive en nosotros, que palpita al unísono de nuestro pobre corazón, nos hace olvidar las cosas todas del mundo y nos eleva a un orden superior, en que reina Dios con su bondad infinita, y en que florece la virtud bajo la luz y el calor de la gracia.

Fuente: Meditaciones
Mons. Antonio Bacci (Mensajero)


Comuniones Inolvidables

Yo espero en Jesús...

Hay esperanza para todos aquellos que no pueden recibir a Jesús en la Eucaristía. Yo sé cuánto sufre todo matrimonio católico que tiene impedimento de recibir la comunión. Yo estoy pasando por la misma situación y yo sufro mucho en el momento de la comunión cuando tengo que quedarme sentada, porque hace 16 años que me casé y mi esposo es casado por la Iglesia.

Hace siete años que ambos hicimos el retiro de Juan XXIII y hemos entendido que no estamos viviendo una vida como Dios manda. Pero yo he tenido la gran bendición que en nuestra parroquia todos los jueves se adora a Jesús en la Eucaristía. Y he podido sentir a Jesús que me consuela, que me ama, mi cuerpo comienza a temblar ante El, mi corazón se acelera y comienzo a llorar. Y me llena de una inmensa felicidad y paz. No hay nada más grande que Jesús en la Eucaristía.

Yo espero en Jesús y confío en El. Porque son los enfermos los que necesitan sanación.

Dilma Lorenzi Meléndez
Salinas, PR


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