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Padre Efraín Zabala |
Verecundia
El ser humano se sonroja cuando se le acosa,
se le ultraja y pasa a ser motivo para la lapidación
individual o colectiva. Ese calorcito que se
siente en la cara constata que alguien ha penetrado
en la dignidad, que es recinto sagrado. Una palabra
hiriente, una acción infame, un comentario
injusto, pasan directamente a la sangre, que
se apresura a notificar que hay hostilidades
circundantes.
La superficialidad en las relaciones humanas
ha creado el monstruo de la desvergüenza que
hasta el insulto lo toman por bueno y necesario.
Los francotiradores abundan y los tira-piedras
también, gracias al resquebrajamiento de
las fuerzas del pudor. Cada instante de la vida
se ha convertido en un pasatiempo para confrontar
a los demás con epítetos de mala
muerte, con rumores sacados de la manga, con arbitrariedades.
Muchas entrevistas tienen un formato de fusilamiento,
al menos de bombazo anticipado.
El nudismo, tan apreciado en estos días,
es traído y llevado por aquellos que no
se percatan de que los otros sienten, sufren, se
avergüenzan. En cuestión de minutos
se deja a la persona sin ropa, sin dignidad, sin
entorno. Pocos saben que las flechas envenenadas
taladran el alma, desorientan, corrompen a las
personas. El modus operandi de “voy a exprimir” es
sólo señal de una decadencia moral
y espiritual.
No se puede vivir bien en una subasta continua
en que el individuo está en especulación
de sus interlocutores. La convivencia incluye un
detente ante la dignidad de los que comparten este
valle de misterio. El mal ejemplo de poner zancadillas
se filtra en la educación y los niños
crecen en el ambiente de la burla, la mofa, la
risita humillante y tratan de bajar de categoría
a Dios, a sus padres, a sus amigos.
La vergüenza es un antídoto contra
los despilfarros de los sentidos cuando éstos
se desbocan y quieren imponer su dominio. Si se
da rienda suelta a la mutilación del honor
se cae en la bancarrota de la existencia y se establecen
los cimientos de la crueldad como estilo de convivencia.
Muchos creen que el asedio y la persecución
valen más que la amistad y el amor compartido.
El deseo de conocer la verdad no puede pasar
por el cedazo de la mala voluntad, que al fin y
al
cabo se convierte en atropello. Clarificar las
ideas es un ejercicio virtuoso, pero puede confundirse
con la aparente búsqueda de argumentos ad
hoc. La lucha de palabras y frases gastadas y nuevas
contrastan con la genuina búsqueda de la
luz y la concordia.
La transparencia ayuda al entendimiento mutuo
y aclara el corazón para servir de amortiguador
en los días de caos y crisis. La vergüenza
forja la sana armonía y el respeto que son
necesarios para avanzar por los caminos del bien.