Edición 35 • 28 de agosto al 3 de septiembre de 2005
Hoy es lunes, 21 de mayo de 2012

Padre Efraín Zabala

Verecundia

El ser humano se sonroja cuando se le acosa, se le ultraja y pasa a ser motivo para la lapidación individual o colectiva. Ese calorcito que se siente en la cara constata que alguien ha penetrado en la dignidad, que es recinto sagrado. Una palabra hiriente, una acción infame, un comentario injusto, pasan directamente a la sangre, que se apresura a notificar que hay hostilidades circundantes.

La superficialidad en las relaciones humanas ha creado el monstruo de la desvergüenza que hasta el insulto lo toman por bueno y necesario. Los francotiradores abundan y los tira-piedras también, gracias al resquebrajamiento de las fuerzas del pudor. Cada instante de la vida se ha convertido en un pasatiempo para confrontar a los demás con epítetos de mala muerte, con rumores sacados de la manga, con arbitrariedades. Muchas entrevistas tienen un formato de fusilamiento, al menos de bombazo anticipado.

El nudismo, tan apreciado en estos días, es traído y llevado por aquellos que no se percatan de que los otros sienten, sufren, se avergüenzan. En cuestión de minutos se deja a la persona sin ropa, sin dignidad, sin entorno. Pocos saben que las flechas envenenadas taladran el alma, desorientan, corrompen a las personas. El modus operandi de “voy a exprimir” es sólo señal de una decadencia moral y espiritual.

No se puede vivir bien en una subasta continua en que el individuo está en especulación de sus interlocutores. La convivencia incluye un detente ante la dignidad de los que comparten este valle de misterio. El mal ejemplo de poner zancadillas se filtra en la educación y los niños crecen en el ambiente de la burla, la mofa, la risita humillante y tratan de bajar de categoría a Dios, a sus padres, a sus amigos.

La vergüenza es un antídoto contra los despilfarros de los sentidos cuando éstos se desbocan y quieren imponer su dominio. Si se da rienda suelta a la mutilación del honor se cae en la bancarrota de la existencia y se establecen los cimientos de la crueldad como estilo de convivencia. Muchos creen que el asedio y la persecución valen más que la amistad y el amor compartido.

El deseo de conocer la verdad no puede pasar por el cedazo de la mala voluntad, que al fin y al cabo se convierte en atropello. Clarificar las ideas es un ejercicio virtuoso, pero puede confundirse con la aparente búsqueda de argumentos ad hoc. La lucha de palabras y frases gastadas y nuevas contrastan con la genuina búsqueda de la luz y la concordia.

La transparencia ayuda al entendimiento mutuo y aclara el corazón para servir de amortiguador en los días de caos y crisis. La vergüenza forja la sana armonía y el respeto que son necesarios para avanzar por los caminos del bien.

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