Dichosos los que sufren
P. José P. Benabarre Vigo
benigno_benabarre@hotmail.com
Para EL VISITANTE
Efecto de mi naturaleza alegre y del deseo de
infundir alegría en mis lectores, procuro en mis
artículos traducir en palabras esos sentimientos
y deseos.
Pero como la vida es un denso entretejido de
penas y gozos, de dolor y de placer, será bueno
no cerrar los ojos a la realidad, y escribir unas
líneas sobre el dolor, siempre con el fin
de entenderlo y, así, poder sobrellevarlo
mejor. Que si lo hacemos con paciencia y con resignación,
nos ganaremos méritos para el cielo.
Jesús
y el dolor
Cosa bien extraña. Jesús, “que
curó toda clase de enfermedades” (Mateo
4, 23), y que se enterneció ante el hambre
de sus seguidores (Mateo 15, 32-39; Marcos 8, 1-10);
que se conmovió ante la tumba de su amigo
Lázaro (Juan 11, 34), y calmó el
inmenso dolor de la madre viuda devolviendo la
vida a su único hijo (Lucas 7, 12) –ese
mismo Jesús llama “bienaventurados
a los que lloran y son perseguidos” (Mateo
5, 5.10). ¿Qué misterio es este?
Origen del dolor
Si Dios nos creó perfectos y exentos de
todo sufrimiento (Génesis 1-3), ¿cómo
es que el dolor y el sufrimiento entraron en el
mundo? Para el creyente, la respuesta es clara
y definitiva, pues la Sagrada Escritura nos dice
que “no fue Dios quien creó la muerte” (Sabiduría
1, 13). Por su parte, San Pablo aclara: “...
como por un solo hombre entró el pecado
en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la
muerte alcanzó a todos los hombres, por
cuanto todos pecaron...” (Romanos 5, 12).
Una vez desposeídos de la santidad y justicia
en que fuimos creados (Catecismo 405), sublime
estado que nos eximía de todo sufrimiento
y de la misma muerte, la presencia del dolor en
el hombre viene de muchas otras fuentes, empezando
por sí mismo. Ya nos lo advirtió el
santo Job: “El hombre engendra su propio
sufrimiento, y los temerarios atraen sobre sí la
desgracia” (5, 7). Todo abuso notable del
mismo cuerpo atrae la enfermedad y precipita la
muerte. El mal uso de sexo, por ejemplo, es causa
de compendio de todos los males, son siempre causadas
por el hombre.
Aceptar el dolor
Ante la presencia inevitable del dolor, el hombre
puede tomar una doble postura: una, tonta y perniciosa
y, la otra, sabia y provechosa.
La tonta –sí, tonta y perniciosa,
porque, en vez de remediar la situación,
la empeora-, es rebelarnos contra el dolor, y acusar
del mismo, con demasiada frecuencia, y absoluta
ligereza e ignorancia, al mismo Dios. Lo cual es
una horrible blasfemia ya que Dios quiere siempre
nuestra felicidad. Que “permita” siempre
el dolor, es otro gran misterio. Pero que lo “quiera”,
nunca podemos saberlo, si es que no somos profetas.
La postura sabia y provechosa tiene dos vertientes:
la natural y la sobrenatural. La natural es aceptar
el dolor, tanto físico como moral, serenamente
y, como sucede con frecuencia, la culpa es nuestra,
procurar remediar sus causas. Esa simple aceptación
mental del dolor lo disminuirá, según
Santa Teresa de Avila, al 50 por ciento, ¡que
es mucho!
La postura sobrenatural, propia del creyente,
es aceptar el dolor no solo serenamente, sino con
santa paciencia y resignación, si es que
no podemos hacerlo con cierta alegría, como
hacían muchos santos. Esta actitud nos permite
unir nuestros sufrimientos a los de Cristo, nuestra
cabeza. Así como fue necesario que Cristo
sufriera y, por el sufrimiento, entrar en su gloria
(ver Lucas 22, 26), así lo es también
que nosotros, miembros de su cuerpo, suframos un
poco ahora.
Además del ejemplo de Cristo, el de su santísima
Madre y el de todos los santos, nos ayudan a comprender
y sobrellevar el dolor con paciencia. De nuevo
el santo Job nos advierte: “Dios salva al
afligido por su mismo sufrimiento, y le enseña
por medio de la adversidad” (36, 15). Y el
Salmista añade: “Me fue provechoso
el sufrimiento, así aprendí tus mandamientos” (Salmo
119, 71).
Alivio en el dolor
Por su parte, el buen Jesús que aceptó y
padeció la muerte de cruz, el más
horrible de los sufrimientos, voluntariamente (Juan
10,18), nos invita a acudir a El cuando sentimos
el zarpazo y desgarro del dolor: “Venid a
mí todos los que estáis fatigados
y sobrecargados, y yo os daré descanso.
Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí,
que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis
descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es
suave, y mi carga, ligera (Mateo 11, 29-30).
Y es, también, una gran ayuda para aceptar
el dolor con paciencia y resignación, pensar
en los premios que Jesús ha prometido a
sus seguidores. Es San Pablo, que tanto tuvo que
sufrir por su fidelidad a Cristo, quien nos habla
de los mismos. “Yo creo”, nos asegura, “que
los sufrimientos en la vida presente no pueden
compararse con la gloria que ha de manifestarse
en nosotros” (Romanos 8, 18). Y escribiendo
a los Corintios, les transmite lo ya prometido
a los buenos en el Antiguo Testamento (ver Isaías
64, 3): “El ojo no vio y ni el oído
oyó, ni el corazón es capaz de aspirar
a lo que Dios preparó para los que le aman” (1
Corintios 2, 9).
Por tanto, como el sufrimiento es irremediable,
y, por otra parte, son tantos y tan grandes los
premios que Dios promete a los que lo sufren con
paciencia y resignación (especialmente a
los que los reciben con alegría), es de
sabios y prudentes armarnos de fortaleza, tomar
el toro por los cuernos, como diría un castizo
castellano, y aceptar el dolor serenamente, cualquiera
que sea su causa, y como “permitido” por
Dios –que no es lo mismo que “querido”.