Edición 35 • 28 de agosto al 3 de septiembre de 2005
Hoy es lunes, 21 de mayo de 2012

Dichosos los que sufren

P. José P. Benabarre Vigo
benigno_benabarre@hotmail.com
Para EL VISITANTE

Efecto de mi naturaleza alegre y del deseo de infundir alegría en mis lectores, procuro en mis artículos traducir en palabras esos sentimientos y deseos.

Pero como la vida es un denso entretejido de penas y gozos, de dolor y de placer, será bueno no cerrar los ojos a la realidad, y escribir unas líneas sobre el dolor, siempre con el fin de entenderlo y, así, poder sobrellevarlo mejor. Que si lo hacemos con paciencia y con resignación, nos ganaremos méritos para el cielo.

Jesús y el dolor

Cosa bien extraña. Jesús, “que curó toda clase de enfermedades” (Mateo 4, 23), y que se enterneció ante el hambre de sus seguidores (Mateo 15, 32-39; Marcos 8, 1-10); que se conmovió ante la tumba de su amigo Lázaro (Juan 11, 34), y calmó el inmenso dolor de la madre viuda devolviendo la vida a su único hijo (Lucas 7, 12) –ese mismo Jesús llama “bienaventurados a los que lloran y son perseguidos” (Mateo 5, 5.10). ¿Qué misterio es este?

Origen del dolor

Si Dios nos creó perfectos y exentos de todo sufrimiento (Génesis 1-3), ¿cómo es que el dolor y el sufrimiento entraron en el mundo? Para el creyente, la respuesta es clara y definitiva, pues la Sagrada Escritura nos dice que “no fue Dios quien creó la muerte” (Sabiduría 1, 13). Por su parte, San Pablo aclara: “... como por un solo hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte alcanzó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron...” (Romanos 5, 12).

Una vez desposeídos de la santidad y justicia en que fuimos creados (Catecismo 405), sublime estado que nos eximía de todo sufrimiento y de la misma muerte, la presencia del dolor en el hombre viene de muchas otras fuentes, empezando por sí mismo. Ya nos lo advirtió el santo Job: “El hombre engendra su propio sufrimiento, y los temerarios atraen sobre sí la desgracia” (5, 7). Todo abuso notable del mismo cuerpo atrae la enfermedad y precipita la muerte. El mal uso de sexo, por ejemplo, es causa de compendio de todos los males, son siempre causadas por el hombre.

Aceptar el dolor

Ante la presencia inevitable del dolor, el hombre puede tomar una doble postura: una, tonta y perniciosa y, la otra, sabia y provechosa.

La tonta –sí, tonta y perniciosa, porque, en vez de remediar la situación, la empeora-, es rebelarnos contra el dolor, y acusar del mismo, con demasiada frecuencia, y absoluta ligereza e ignorancia, al mismo Dios. Lo cual es una horrible blasfemia ya que Dios quiere siempre nuestra felicidad. Que “permita” siempre el dolor, es otro gran misterio. Pero que lo “quiera”, nunca podemos saberlo, si es que no somos profetas.

La postura sabia y provechosa tiene dos vertientes: la natural y la sobrenatural. La natural es aceptar el dolor, tanto físico como moral, serenamente y, como sucede con frecuencia, la culpa es nuestra, procurar remediar sus causas. Esa simple aceptación mental del dolor lo disminuirá, según Santa Teresa de Avila, al 50 por ciento, ¡que es mucho!

La postura sobrenatural, propia del creyente, es aceptar el dolor no solo serenamente, sino con santa paciencia y resignación, si es que no podemos hacerlo con cierta alegría, como hacían muchos santos. Esta actitud nos permite unir nuestros sufrimientos a los de Cristo, nuestra cabeza. Así como fue necesario que Cristo sufriera y, por el sufrimiento, entrar en su gloria (ver Lucas 22, 26), así lo es también que nosotros, miembros de su cuerpo, suframos un poco ahora.

Además del ejemplo de Cristo, el de su santísima Madre y el de todos los santos, nos ayudan a comprender y sobrellevar el dolor con paciencia. De nuevo el santo Job nos advierte: “Dios salva al afligido por su mismo sufrimiento, y le enseña por medio de la adversidad” (36, 15). Y el Salmista añade: “Me fue provechoso el sufrimiento, así aprendí tus mandamientos” (Salmo 119, 71).

Alivio en el dolor

Por su parte, el buen Jesús que aceptó y padeció la muerte de cruz, el más horrible de los sufrimientos, voluntariamente (Juan 10,18), nos invita a acudir a El cuando sentimos el zarpazo y desgarro del dolor: “Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave, y mi carga, ligera (Mateo 11, 29-30).

Y es, también, una gran ayuda para aceptar el dolor con paciencia y resignación, pensar en los premios que Jesús ha prometido a sus seguidores. Es San Pablo, que tanto tuvo que sufrir por su fidelidad a Cristo, quien nos habla de los mismos. “Yo creo”, nos asegura, “que los sufrimientos en la vida presente no pueden compararse con la gloria que ha de manifestarse en nosotros” (Romanos 8, 18). Y escribiendo a los Corintios, les transmite lo ya prometido a los buenos en el Antiguo Testamento (ver Isaías 64, 3): “El ojo no vio y ni el oído oyó, ni el corazón es capaz de aspirar a lo que Dios preparó para los que le aman” (1 Corintios 2, 9).

Por tanto, como el sufrimiento es irremediable, y, por otra parte, son tantos y tan grandes los premios que Dios promete a los que lo sufren con paciencia y resignación (especialmente a los que los reciben con alegría), es de sabios y prudentes armarnos de fortaleza, tomar el toro por los cuernos, como diría un castizo castellano, y aceptar el dolor serenamente, cualquiera que sea su causa, y como “permitido” por Dios –que no es lo mismo que “querido”.

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