“Al mismo tiempo, recomendaron encarecidamente
la homilía como parte de la Liturgia misma,
destinada a ilustrar la Palabra de Dios y actualizarla
para la vida cristiana. Cuarenta años después
del Concilio, el Año de la Eucaristía
puede ser una buena ocasión para que las
comunidades cristianas hagan una revisión
sobre este punto. En efecto, no basta que los fragmentos
bíblicos se proclamen en una lengua conocida
si la proclamación no se hace con el cuidado,
preparación previa, escucha devota y silencio
meditativo, tan necesarios para que la Palabra
de Dios toque la vida y la ilumine.”
Carta Apostólica Mane Nobiscum Domine —Juan
Pablo II
El
templo, relicario de la Eucaristía
Padre Perfecto Fondevila
Para EL VISITANTE
Entre tantas consideraciones sabrosas que nos
sugiere la celebración del Año de la Eucaristía
pienso que no debe faltar una mirada reflexiva
a nuestros templos, en su venturosa condición
de ser moradas del Señor, ojivas santificadas
de nuestros cultos, umbrales abiertos a la eternidad.
Cuando miramos una iglesia, si observamos bien,
vemos tres cosas principalmente: el edificio material,
más o menos bello o grande; su función
de espacio sagrado para el Santo Sacrificio; y
la iglesia de “piedras vivas”, la comunidad
sacerdotal, el pueblo de Dios. Los tres elementos
son objeto de nuestra alegría, de nuestra
alabanza y acción de gracias. Cada iglesia
nuestra, sea la humilde y pajiza capilla de una
misión congolesa, sea la más suntuosa
y florida catedral germana, siempre ha de ser trasunto
y réplica de aquel Cenáculo institucional
donde Jesús celebró el Divino Ágape
Pascual.
Se me ocurre ahora acudir a los textos sugestivos
de la Misa para la Dedicación de una Iglesia,
cargados de teología bíblica y pictórica.
En la antífona de entrada leemos el versillo
de Jacob en Betel, después de la visión
de la escala: “Temible es este lugar, verdadera
casa de Dios y puerta del cielo” (Gen 28,17).
El pensamiento de la grandeza y majestad divinas
se le impone y provoca esa exclamación llena
de estupor, de amor y reverencia. La aplicación
de esa frase a nuestro propósito creo que
es obvia.
La bella lectura del Apoc 21,1 ss. muestra a
la Iglesia como la Nueva Jerusalén, “que
tiene la gloria de Dios”, y en la que se
celebran las nupcias de la Novia (Iglesia) con
el Esposo, Cristo. “Esta es la morada de
Dios con los hombres, acampará entre ellos.
Ellos serán su pueblo y Dios estará con
ellos”. El templo no es sólo un recinto
más, sino también signo de la Jerusalén
y su liturgia celeste, y signo de las bodas del
Cordero con su Iglesia. La Misa celebra cada día
estos místicos desposorios de la Nueva Alianza
en el memorial de la Eucaristía. El Señor
actualiza su entrega de infinito amor y la asamblea
responde incorporándose al banquete de bodas
por el beso santo de la fervorosa comunión.
El Salmo 84 confiesa con viveza expresiva: “Cuán
amables son tus moradas, Señor de los ejércitos.
Mi alma desfallece por los atrios del Señor”.
El “alma”, el “corazón”,
la “carne” del salmista languidecen
por poner los pies en los pórticos del templo.
Considera dichosas las golondrinas, porque pueden
anidar en los altares del “Rey mío
y Dios mío”. ¡Ay, si los cristianos
tuvieran esas ansias, esa nostalgia de frecuentar
los templos donde Cristo, Divino Anfitrión,
nos invita y se sienta con nosotros a su Mesa! “Dichosos
los que moran en tu casa alabándote por
siempre! Vale más un día en tus atrios
que mil en las tiendas de los impíos”...
Ante un lenguaje tan estremecido de fino amor pareciera
que no hay más que añadir, sólo
dejarlo susurrar dentro, como obsedidos por un
balsámico y divino mantra.
El Evangelio refiere la escena simpática
de Zaqueo. Encaramado a una higuera, escucha la
invitación sorprendente de Cristo: “Zaqueo,
baja pronto que hoy tengo que hospedarme en tu
casa” (Lc 19, 1-10). Si dejamos volar la
imaginación no será difícil
encontrar jugosas comparaciones. Allá en
Jericó está Jesús con sus
Apóstoles; aquí en la iglesia, Jesús
con sus ministros ordenados y laicos. Allí Jesús
hizo oír su palabra; aquí se proclama
cada día su enseñanza. Allá,
un banquete; aquí siempre preparada la “fracción
del Pan”, convite del Santo Sacramento...
San Clemente de Alejandría cuenta que Zaqueo
fue después consagrado Obispo de Cesarea
del Mar. Jamás olvidó su encuentro
con el Divino Maestro, “amigo de publicanos”.
Como Zaqueo, “muy contentos”, agradezcamos
al Señor que se hospede en nuestras “casas”,
nuestros familiares templos, refugios de graníticas
certezas. Cunas también, porque en ellos
la Esposa-Madre, la Iglesia, da a luz nuevos hijos
de Dios, mediante el parto virginal del santo bautismo. “Este
es el surtidor de la Vida, que riega todo el orbe,
tomando su origen de las heridas de Cristo” (Bautisterio
de San Juan de Letrán, Roma).
Pasamos adelante, volviendo al Apocalipsis 1,12-20,
donde San Juan pinta la visión de los siete
candelabros de oro, en medio de los cuales aparece
un misterioso personaje que dice ser “el
Primero y el Ultimo, el Viviente por los siglos”.
Los siete candelabros son las siete iglesias de
Asia Menor, que circundan y siguen al Cordero.
En vez de esas iglesias, pudiéramos nombrar
las numerosas iglesias de Puerto Rico. Con sus
deficiencias, pero con todo su amor, nuestras comunidades
en vivas Eucaristías representan candelabros
encendidos, en medio de un mundo confuso y sombrío,
donde Cristo vierte el óleo del Espíritu
para esparcir la luz de la Verdad clara y serena
acerca de Dios, del hombre, del mundo y de la vida.
A través de estos textos –y otros
muchos que ustedes pueden leer- vislumbramos lo
que nos enseña la mística del templo,
su dignidad, su grandeza, su misterio, su significado
en nuestras vidas. También nos sugieren
los sentimientos íntimos que deben animar
nuestra participación activa en las festivas
liturgias eucarísticas.
Es ya noche oscura en derredor de unas altas
torres. Mas una lamparilla trémula, amorosa, baña
por dentro en vaga luz los paredones, las arcadas,
la techumbre: señala y eterniza el misterio
del Corpus Christi en el que la fe descubre la
eterna presencia del Amor de los Amores.
(El autor es el párroco en Monte Alvernia,
Urb. San Agustín, Río Piedras.)