Edición 35 • 28 de agosto al 3 de septiembre de 2005
Hoy es martes, 7 de febrero de 2012

“Al mismo tiempo, recomendaron encarecidamente la homilía como parte de la Liturgia misma, destinada a ilustrar la Palabra de Dios y actualizarla para la vida cristiana. Cuarenta años después del Concilio, el Año de la Eucaristía puede ser una buena ocasión para que las comunidades cristianas hagan una revisión sobre este punto. En efecto, no basta que los fragmentos bíblicos se proclamen en una lengua conocida si la proclamación no se hace con el cuidado, preparación previa, escucha devota y silencio meditativo, tan necesarios para que la Palabra de Dios toque la vida y la ilumine.”

Carta Apostólica Mane Nobiscum Domine —Juan Pablo II

El templo, relicario de la Eucaristía

Padre Perfecto Fondevila
Para EL VISITANTE

Entre tantas consideraciones sabrosas que nos sugiere la celebración del Año de la Eucaristía pienso que no debe faltar una mirada reflexiva a nuestros templos, en su venturosa condición de ser moradas del Señor, ojivas santificadas de nuestros cultos, umbrales abiertos a la eternidad.

Cuando miramos una iglesia, si observamos bien, vemos tres cosas principalmente: el edificio material, más o menos bello o grande; su función de espacio sagrado para el Santo Sacrificio; y la iglesia de “piedras vivas”, la comunidad sacerdotal, el pueblo de Dios. Los tres elementos son objeto de nuestra alegría, de nuestra alabanza y acción de gracias. Cada iglesia nuestra, sea la humilde y pajiza capilla de una misión congolesa, sea la más suntuosa y florida catedral germana, siempre ha de ser trasunto y réplica de aquel Cenáculo institucional donde Jesús celebró el Divino Ágape Pascual.

Se me ocurre ahora acudir a los textos sugestivos de la Misa para la Dedicación de una Iglesia, cargados de teología bíblica y pictórica. En la antífona de entrada leemos el versillo de Jacob en Betel, después de la visión de la escala: “Temible es este lugar, verdadera casa de Dios y puerta del cielo” (Gen 28,17). El pensamiento de la grandeza y majestad divinas se le impone y provoca esa exclamación llena de estupor, de amor y reverencia. La aplicación de esa frase a nuestro propósito creo que es obvia.

La bella lectura del Apoc 21,1 ss. muestra a la Iglesia como la Nueva Jerusalén, “que tiene la gloria de Dios”, y en la que se celebran las nupcias de la Novia (Iglesia) con el Esposo, Cristo. “Esta es la morada de Dios con los hombres, acampará entre ellos. Ellos serán su pueblo y Dios estará con ellos”. El templo no es sólo un recinto más, sino también signo de la Jerusalén y su liturgia celeste, y signo de las bodas del Cordero con su Iglesia. La Misa celebra cada día estos místicos desposorios de la Nueva Alianza en el memorial de la Eucaristía. El Señor actualiza su entrega de infinito amor y la asamblea responde incorporándose al banquete de bodas por el beso santo de la fervorosa comunión.

El Salmo 84 confiesa con viveza expresiva: “Cuán amables son tus moradas, Señor de los ejércitos. Mi alma desfallece por los atrios del Señor”. El “alma”, el “corazón”, la “carne” del salmista languidecen por poner los pies en los pórticos del templo. Considera dichosas las golondrinas, porque pueden anidar en los altares del “Rey mío y Dios mío”. ¡Ay, si los cristianos tuvieran esas ansias, esa nostalgia de frecuentar los templos donde Cristo, Divino Anfitrión, nos invita y se sienta con nosotros a su Mesa! “Dichosos los que moran en tu casa alabándote por siempre! Vale más un día en tus atrios que mil en las tiendas de los impíos”... Ante un lenguaje tan estremecido de fino amor pareciera que no hay más que añadir, sólo dejarlo susurrar dentro, como obsedidos por un balsámico y divino mantra.

El Evangelio refiere la escena simpática de Zaqueo. Encaramado a una higuera, escucha la invitación sorprendente de Cristo: “Zaqueo, baja pronto que hoy tengo que hospedarme en tu casa” (Lc 19, 1-10). Si dejamos volar la imaginación no será difícil encontrar jugosas comparaciones. Allá en Jericó está Jesús con sus Apóstoles; aquí en la iglesia, Jesús con sus ministros ordenados y laicos. Allí Jesús hizo oír su palabra; aquí se proclama cada día su enseñanza. Allá, un banquete; aquí siempre preparada la “fracción del Pan”, convite del Santo Sacramento... San Clemente de Alejandría cuenta que Zaqueo fue después consagrado Obispo de Cesarea del Mar. Jamás olvidó su encuentro con el Divino Maestro, “amigo de publicanos”. Como Zaqueo, “muy contentos”, agradezcamos al Señor que se hospede en nuestras “casas”, nuestros familiares templos, refugios de graníticas certezas. Cunas también, porque en ellos la Esposa-Madre, la Iglesia, da a luz nuevos hijos de Dios, mediante el parto virginal del santo bautismo. “Este es el surtidor de la Vida, que riega todo el orbe, tomando su origen de las heridas de Cristo” (Bautisterio de San Juan de Letrán, Roma).

Pasamos adelante, volviendo al Apocalipsis 1,12-20, donde San Juan pinta la visión de los siete candelabros de oro, en medio de los cuales aparece un misterioso personaje que dice ser “el Primero y el Ultimo, el Viviente por los siglos”. Los siete candelabros son las siete iglesias de Asia Menor, que circundan y siguen al Cordero. En vez de esas iglesias, pudiéramos nombrar las numerosas iglesias de Puerto Rico. Con sus deficiencias, pero con todo su amor, nuestras comunidades en vivas Eucaristías representan candelabros encendidos, en medio de un mundo confuso y sombrío, donde Cristo vierte el óleo del Espíritu para esparcir la luz de la Verdad clara y serena acerca de Dios, del hombre, del mundo y de la vida.

A través de estos textos –y otros muchos que ustedes pueden leer- vislumbramos lo que nos enseña la mística del templo, su dignidad, su grandeza, su misterio, su significado en nuestras vidas. También nos sugieren los sentimientos íntimos que deben animar nuestra participación activa en las festivas liturgias eucarísticas.

Es ya noche oscura en derredor de unas altas torres. Mas una lamparilla trémula, amorosa, baña por dentro en vaga luz los paredones, las arcadas, la techumbre: señala y eterniza el misterio del Corpus Christi en el que la fe descubre la eterna presencia del Amor de los Amores.

(El autor es el párroco en Monte Alvernia, Urb. San Agustín, Río Piedras.)

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