El
Hijo de María
Padre Isaías Revilla Casado,
OSA
frirevilla@hotmail.com
Para EL VISITANTE
P/ Los protestantes se apoyan en que Cristo después
de resucitado dejó de ser hijo de la Virgen
María. Esto sucedió después
de obtener un cuerpo glorioso y transfigurado al
resucitar. ¿Cómo puede acoplarse
esto a la tradición de los 20 siglos de
historia de La Iglesia Católica?
Rosa. M.
Mateo
R/ ¡Buena
pregunta! En la escuela de mi pueblo, cuando queríamos
demostrarle a uno que era tonto, le decíamos
que habíamos visto pasar un buey volando.
Si lo creía, o al menos dudaba, ya debía
saber lo que le iba a pasar: que todos se reirían
de él.
Pues este apoyo de los protestantes es algo parecido,
pero con mucha más
malicia que la de aquellos juegos infantiles. Lo curioso es que los que se lo
creen, en lugar de pensar que existen todas las razones del mundo para que nos
riamos de ellos, han llegado a la conclusión de que esa patraña
es la verdad y de que los católicos somos los tontos. Pues bien, lo seremos,
pero nos reímos de su listeza.
Ese postulado es una afirmación gratuita, que no se apoya en nada histórico,
ni bíblico, ni científico, ni humano, ni divino.
Cristo se transfiguró en el Tabor y siguió siendo el mismo. Y su
Madre siguió siendo su Madre, a pesar de estar casi tres años sin
tener contacto con El. Lo demostró bien claro ante la Cruz. Y si quieren
hablar de la transformación que supuso la resurrección, tendrán
que demostrar, primero, que fue distinta de la del Tabor y, segundo, tendrán
que explicarnos qué pintaba la Virgen María en las apariciones
de Jesús en el cenáculo o esperando con sus discípulos la
venida del Espíritu Santo.
Por otra parte, a mí me parece uno de los argumentos más imbéciles,
entre los muchos que he leído de ellos, para justificar la no devoción
a la Virgen María. Si no quieren ver que Jesús estuvo treinta años
(30) dependiendo de su Madre (Lc. 2, 51) y amándola como muy pocos hijos
habrán amado a la suya, pues que se revuelquen en el lodo de su sucio
pensamiento. !Allá ellos! Pero pensar que su madre dejó de serlo,
ni aquí en el suelo, ni allá en el cielo, es la idea más
burda que he oído jamás.
Nadie puede obligarme a pensar que, para recordar
a la que me dio el ser, tenga que olvidarme de
la que murió hace 30 años y que, sin duda, está ya
ante el trono de Dios en el cielo. Nadie la sustituirá en mi recuerdo
y mi cariño. Se llamaba Prudenciana (tal vez el nombre parezca feo) y
era pequeñita, pero inteligente y valiente. Y sobre todo: ¡se trata
de mi madre! ¡No me digan que el único Hijo que no puede contemplar
a su madre en el cielo es Jesús de Nazaret!
A mí me da la sensación de que están llevando a cabo el
consejo que les da San Pablo a los gálatas (5,12: Utinam et escindantur
qui vos conturbant) para que no hagan caso de los que les conturban con teorías
absurdas: están cercenándose su mente.
Como ves, todas estas teorías sectarias no pueden acoplarse en nada a
la sencillez de la tradición católica que se mantiene limpia del
polvo y paja de tantas herejías que han surgido a través de estos
20 siglos de su historia. Habrá que decir aquello que Unamuno ponía
en boca de D. Quijote: “¿Nos persiguen, amigo Sancho? - Pues que
es que corremos”. Pero, en este caso, sin alterarnos.
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