Violencia
doméstica
Se enfría el hogar y enmudece el espíritu
en el forcejeo hogareño que deja víctimas
y victimarios. El problema de acoso, celos y mal
trato, viene de lejos por medio de una educación
raquítica que se imparte en los hogares
y en la escuela. Los dueños reales de la
familia son la televisión y el celular.
Todo gira en torno a estos medios de comunicación,
que son renglón necesario para estos días
de “corre, ve y dile”. Los aparatos
electrónicos, las relaciones frías,
la indiferencia rinden tributo a la materia. El
amor y el diálogo andan como fantasmas en
lo que se llamaba el nido amado, lo mejor entre
cielo y tierra, la antesala del paraíso.
Desde antes de decidirse a decir un sí de
palabras, pero poco argumentado desde el corazón,
se palpa el desconcierto interior de los novios.
Se va al matrimonio en carencia de corazones entrelazados
por la piedad, el cariño profundo y la responsabilidad.
En el mundo de los solitarios física y espiritualmente,
es muy difícil romper el cascarón
de la apatía, el egoísmo y el individualismo.
Sin un compromiso solemne de inmolación
continua y ascendente, no hay cuerpo que resista
la convivencia matrimonial. Todos los días
somos testigos del desgaste del sí, que
tal vez nunca hubo, y que implicó tiempo
de preparación para una boda pomposa. Los
divorcios, a pocos días de la fiesta nupcial,
el desgaste sicológico, las discordias,
se encargan de asegurar un no que llegará fríamente,
o en guerrilla a la nueva familia.
El constitutivo de una sola carne pierde substancia
al choque con las realidades apremiantes. La fe,
el amor, el cooperativismo, como manos entrelazadas,
están ausentes en los dos que se asoman
a la misma ventana y contemplan el panorama difícil
de la vida. Faltan los instrumentos necesarios
para edificar un nosotros con síntesis en
al realidad amorosa y servicial.
La llamarada hogareña quema el entorno sagrado
de la fidelidad, el compromiso y la lealtad. Un
hombre y una mujer se aventuran a compartir sus
existencias dentro del marco de referencia del
misterio humano y divino.
Los especuladores del amor caen en la redada
y se transforman en hostiles cercanos, en marionetas
de las monedas, en artífices de la desolación
y la muerte.
La gran alegría de familiares y amigos en
la iglesia y en la recepción pronto se ve
ensombrecida por los conatos de fuego que salen
de ese entorno amado que llamamos hogar. Hay en
todo el país una preocupación genuina
por el matrimonio. Se impone la educación
y el amor como raíz primera para que el
yugo matrimonial sea suave y llevadero, porque
tiene su fundamento en el de Cristo Resucitado.
La violencia desgarra el corazón; la doméstica
es un no-retorno, un adiós que deja muerte
y destrucción.