Edición 36 • 4 al 10 de septiembre de 2005
Hoy es lunes, 21 de mayo de 2012

Violencia doméstica

Se enfría el hogar y enmudece el espíritu en el forcejeo hogareño que deja víctimas y victimarios. El problema de acoso, celos y mal trato, viene de lejos por medio de una educación raquítica que se imparte en los hogares y en la escuela. Los dueños reales de la familia son la televisión y el celular. Todo gira en torno a estos medios de comunicación, que son renglón necesario para estos días de “corre, ve y dile”. Los aparatos electrónicos, las relaciones frías, la indiferencia rinden tributo a la materia. El amor y el diálogo andan como fantasmas en lo que se llamaba el nido amado, lo mejor entre cielo y tierra, la antesala del paraíso.

Desde antes de decidirse a decir un sí de palabras, pero poco argumentado desde el corazón, se palpa el desconcierto interior de los novios. Se va al matrimonio en carencia de corazones entrelazados por la piedad, el cariño profundo y la responsabilidad. En el mundo de los solitarios física y espiritualmente, es muy difícil romper el cascarón de la apatía, el egoísmo y el individualismo.

Sin un compromiso solemne de inmolación continua y ascendente, no hay cuerpo que resista la convivencia matrimonial. Todos los días somos testigos del desgaste del sí, que tal vez nunca hubo, y que implicó tiempo de preparación para una boda pomposa. Los divorcios, a pocos días de la fiesta nupcial, el desgaste sicológico, las discordias, se encargan de asegurar un no que llegará fríamente, o en guerrilla a la nueva familia.

El constitutivo de una sola carne pierde substancia al choque con las realidades apremiantes. La fe, el amor, el cooperativismo, como manos entrelazadas, están ausentes en los dos que se asoman a la misma ventana y contemplan el panorama difícil de la vida. Faltan los instrumentos necesarios para edificar un nosotros con síntesis en al realidad amorosa y servicial.

La llamarada hogareña quema el entorno sagrado de la fidelidad, el compromiso y la lealtad. Un hombre y una mujer se aventuran a compartir sus existencias dentro del marco de referencia del misterio humano y divino.

Los especuladores del amor caen en la redada y se transforman en hostiles cercanos, en marionetas de las monedas, en artífices de la desolación y la muerte.

La gran alegría de familiares y amigos en la iglesia y en la recepción pronto se ve ensombrecida por los conatos de fuego que salen de ese entorno amado que llamamos hogar. Hay en todo el país una preocupación genuina por el matrimonio. Se impone la educación y el amor como raíz primera para que el yugo matrimonial sea suave y llevadero, porque tiene su fundamento en el de Cristo Resucitado.

La violencia desgarra el corazón; la doméstica es un no-retorno, un adiós que deja muerte y destrucción.

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