Edición 36 • 4 al 10 de septiembre de 2005
Hoy es lunes, 21 de mayo de 2012

La “Palabra” de Dios vivifica el alma

P. José P. Benabarre Vigo
benigno_benabarre@hotmail.com
Para EL VISITANTE

Para expresar nuestras ideas, pensamientos y deseos, los hombres nos servimos, especialmente, de la palabra escrita o hablada. Y no deja de ser un pequeño misterio el que, siendo los hombres (¡y las mujeres!) de todas las razas y de todos los tiempos esencialmente iguales, y procedentes de la misma raíz, hayan sido tantas las lenguas nacidas y, más o menos, desarrolladas en el mundo. Cuanto más desarrollada es la lengua, tanto mejor pueden expresarse por ella los conceptos abstractos.

Dios no “habla”, pero se da a conocer

Si entendemos por palabra “el sonido o conjunto de sonidos articulados que expresan una idea”, podemos aventurarnos a decir que Dios no “habla” pues, como espíritu puro que es, no tiene lengua ni garganta, ni carne ni huesos (ver Lc 24,39). Pero sí se nos dio y continúa dándose a conocer, y nos comunica sus deseos. En el Antiguo Testamento, Dios nos “habló” por los profetas y, en el Nuevo, por Jesucristo (Heb 1,1) que, como hombre perfecto y cabal que es, excepto en el pecado (Heb 4,15), sí usó el lenguaje humano de su raza y de su tiempo.

Si Dios no “habla”, ¿cómo se nos da a conocer? Misteriosamente, pero lo hace. Desde luego, puede hablar en cualquier lengua, pues Dios todopoderoso es. Lo probable es que lo haga por “inspiración”, que significa que El ilumina el entendimiento del hombre y mueve su voluntad para que éste diga o escriba lo que Dios quiere. San Juan de la Cruz dice que la única palabra pronunciada por Dios Padre fue Su hijo, Jesucristo, y que desde la venida de éste al mundo, Dios ya no ha “hablado”más.

El lenguaje humano y la palabra de Dios

Hay una gran diferencia entre el lenguaje humano y la “palabra de Dios”. Mientras ambas informan, emocionan y llegan a convencer, sólo la palabra de Dios tiene el poder de “vivificar”, es decir, de dar vida espiritual, de realizar lo que significa.

En el Antiguo Testamento el profeta Isaías, tan perseguido por anunciar la palabra de Dios, anunciaba solemnemente en nombre de Yavéh “que las palabras salidas de su boca se convertirían en hechos, y que no volverían a El, Dios, sin haber cumplido lo que El quería” (55,11).

En el Nuevo, Jesús nos dice que “el hombre también se alimenta [recibe vida] de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4,4); que cuando la palabra llega a buena tierra [corazón o alma], “produce fruto, en unos el treinta, en otros, el sesenta y, en otros, el ciento por uno” (Mc 4,20). San Lucas añade en el pasaje paralelo “que los que conservan la palabra con un corazón bueno, dan fruto en perseverancia” (8,15).

Pero es San Juan el gran enamorado de la Palabra (Jesús) y de sus palabras. Juan identifica a Jesús-Palabra como Dios, como el Verbo (=Palabra), por quien todo se hizo (11,1-3). Por las palabras de Jesús, muchos creyeron en El (4,41); los que escuchan sus palabras tienen vida eterna (5,24), verdad que repite San Pedro al confesar la divinidad de Jesucristo (6,64); y que, también recoge San Juan en el Capítulo 8, versículos 15,51-52. “Las palabras de Jesús son espíritu y vida” (6,63). La “vida abundante” que Jesús vino a traernos al hacerse hombre, se nos transmite por los sacramentos y por su palabra (ver Jn 10,10).

En su humildad humana, Jesús reconoce que no habla por su cuenta; su Padre, que permanece en El es quien se las inspira y realiza sus obras (Jn 14,10).

Dónde tenemos la palabra de Dios

Si Dios-Padre no habla, y, que sepamos, Jesús no nos dejó nada por escrito, ¿dónde se encuentra su palabra? La respuesta es: En la Biblia y en la Tradición. Que se encuentra en la Biblia, nos lo dice San Pablo dos veces. Escribiendo a los Tesalonicenses, les dice: “Vosotros recibisteis la palabra no como enseñanza de hombres, sino como palabra de Dios. Lo es en verdad... (1 Tes 2,13). Y en Hechos 17,13, Lucas nos comunica que San Pablo había predicado “la palabra de Dios” en Berea. Pues bien; en la Biblia, especialmente en el Nuevo Testamento, tenemos lo esencial de lo que Dios-Padre quiso comunicarnos y Jesucristo y sus apóstoles, enviados por El (Mc 28,19) nos enseñaron.

Y la Iglesia ha sostenido siempre (Catecismo 84) que “la santa Tradición y la sagrada Escritura constituyen un único depósito sagrado de la palabra de Dios” (Vaticano II, Constitución Dogmática Verbum Dei 10; Catecismo 97). Un pequeño ejemplo de que no todo lo que nos enseñó Jesús está en los evangelios, lo tenemos en el dicho recogido en Hechos 20, 35: “Es mejor dar que recibir”. Este hermoso dicho no está en ninguno de los cuatro evangelios; pero fue pasando de boca en boca (Tradición) hasta que llegó a San Pablo, quien se lo transmitió a los fieles de Efeso.

Leer con fe y ganas la Biblia

Para que la lectura de la Biblia se transforme en gracia y vida –nos vivifique-, hay que leerla con fe, es decir, creer que es Dios quien nos habla directamente a nosotros. Sin ese acto de fe, la Biblia nos dirá poco o nada. Pero si a ese acto de fe añadimos sinceros deseos de conocer, aceptar y poner en práctica la voluntad de Dios en nosotros, podemos estar seguros que entonces “la palabra de Dios habitará en nosotros con toda su riqueza” (Col 3,16), y que “no volverá a Dios sin haber realizado su deseo y sin haber cumplido su misión (Is 51,11).

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