La “Palabra” de
Dios vivifica el alma
P. José P. Benabarre Vigo
benigno_benabarre@hotmail.com
Para EL VISITANTE
Para expresar nuestras ideas, pensamientos y
deseos, los hombres nos servimos, especialmente,
de la
palabra escrita o hablada. Y no deja de ser un
pequeño misterio el que, siendo los hombres
(¡y las mujeres!) de todas las razas y de
todos los tiempos esencialmente iguales, y procedentes
de la misma raíz, hayan sido tantas las
lenguas nacidas y, más o menos, desarrolladas
en el mundo. Cuanto más desarrollada es
la lengua, tanto mejor pueden expresarse por ella
los conceptos abstractos.
Dios
no “habla”, pero se da a conocer
Si entendemos por palabra “el sonido o conjunto
de sonidos articulados que expresan una idea”,
podemos aventurarnos a decir que Dios no “habla” pues,
como espíritu puro que es, no tiene lengua
ni garganta, ni carne ni huesos (ver Lc 24,39).
Pero sí se nos dio y continúa dándose
a conocer, y nos comunica sus deseos. En el Antiguo
Testamento, Dios nos “habló” por
los profetas y, en el Nuevo, por Jesucristo (Heb
1,1) que, como hombre perfecto y cabal que es,
excepto en el pecado (Heb 4,15), sí usó el
lenguaje humano de su raza y de su tiempo.
Si Dios no “habla”, ¿cómo
se nos da a conocer? Misteriosamente, pero lo hace.
Desde luego, puede hablar en cualquier lengua,
pues Dios todopoderoso es. Lo probable es que lo
haga por “inspiración”, que
significa que El ilumina el entendimiento del hombre
y mueve su voluntad para que éste diga o
escriba lo que Dios quiere. San Juan de la Cruz
dice que la única palabra pronunciada por
Dios Padre fue Su hijo, Jesucristo, y que desde
la venida de éste al mundo, Dios ya no ha “hablado”más.
El lenguaje humano y la palabra de Dios
Hay una gran diferencia entre el lenguaje humano
y la “palabra de Dios”. Mientras ambas
informan, emocionan y llegan a convencer, sólo
la palabra de Dios tiene el poder de “vivificar”,
es decir, de dar vida espiritual, de realizar lo
que significa.
En el Antiguo Testamento el profeta Isaías,
tan perseguido por anunciar la palabra de Dios,
anunciaba solemnemente en nombre de Yavéh “que
las palabras salidas de su boca se convertirían
en hechos, y que no volverían a El, Dios,
sin haber cumplido lo que El quería” (55,11).
En el Nuevo, Jesús nos dice que “el
hombre también se alimenta [recibe vida]
de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt
4,4); que cuando la palabra llega a buena tierra
[corazón o alma], “produce fruto,
en unos el treinta, en otros, el sesenta y, en
otros, el ciento por uno” (Mc 4,20). San
Lucas añade en el pasaje paralelo “que
los que conservan la palabra con un corazón
bueno, dan fruto en perseverancia” (8,15).
Pero es San Juan el gran enamorado de la Palabra
(Jesús) y de sus palabras. Juan identifica
a Jesús-Palabra como Dios, como el Verbo
(=Palabra), por quien todo se hizo (11,1-3). Por
las palabras de Jesús, muchos creyeron en
El (4,41); los que escuchan sus palabras tienen
vida eterna (5,24), verdad que repite San Pedro
al confesar la divinidad de Jesucristo (6,64);
y que, también recoge San Juan en el Capítulo
8, versículos 15,51-52. “Las palabras
de Jesús son espíritu y vida” (6,63).
La “vida abundante” que Jesús
vino a traernos al hacerse hombre, se nos transmite
por los sacramentos y por su palabra (ver Jn 10,10).
En su humildad humana, Jesús reconoce que
no habla por su cuenta; su Padre, que permanece
en El es quien se las inspira y realiza sus obras
(Jn 14,10).
Dónde
tenemos la palabra de Dios
Si Dios-Padre no habla, y, que sepamos, Jesús
no nos dejó nada por escrito, ¿dónde
se encuentra su palabra? La respuesta es: En la
Biblia y en la Tradición. Que se encuentra
en la Biblia, nos lo dice San Pablo dos veces.
Escribiendo a los Tesalonicenses, les dice: “Vosotros
recibisteis la palabra no como enseñanza
de hombres, sino como palabra de Dios. Lo es en
verdad... (1 Tes 2,13). Y en Hechos 17,13, Lucas
nos comunica que San Pablo había predicado “la
palabra de Dios” en Berea. Pues bien; en
la Biblia, especialmente en el Nuevo Testamento,
tenemos lo esencial de lo que Dios-Padre quiso
comunicarnos y Jesucristo y sus apóstoles,
enviados por El (Mc 28,19) nos enseñaron.
Y la Iglesia ha sostenido siempre (Catecismo
84) que “la santa Tradición y la sagrada
Escritura constituyen un único depósito
sagrado de la palabra de Dios” (Vaticano
II, Constitución Dogmática Verbum
Dei 10; Catecismo 97). Un pequeño ejemplo
de que no todo lo que nos enseñó Jesús
está en los evangelios, lo tenemos en el
dicho recogido en Hechos 20, 35: “Es mejor
dar que recibir”. Este hermoso dicho no está en
ninguno de los cuatro evangelios; pero fue pasando
de boca en boca (Tradición) hasta que llegó a
San Pablo, quien se lo transmitió a los
fieles de Efeso.
Leer con fe y ganas la Biblia
Para que la lectura de la Biblia se transforme
en gracia y vida –nos vivifique-, hay que
leerla con fe, es decir, creer que es Dios quien
nos habla directamente a nosotros. Sin ese acto
de fe, la Biblia nos dirá poco o nada. Pero
si a ese acto de fe añadimos sinceros deseos
de conocer, aceptar y poner en práctica
la voluntad de Dios en nosotros, podemos estar
seguros que entonces “la palabra de Dios
habitará en nosotros con toda su riqueza” (Col
3,16), y que “no volverá a Dios sin
haber realizado su deseo y sin haber cumplido su
misión (Is 51,11).