Edición 36 • 4 al 10 de septiembre de 2005
Hoy es lunes, 21 de mayo de 2012

El secreto de su canción

Nydia P. de la Cruz
Para EL VISITANTE

Sor Amada cumplirá dos años de eterna felicidad en el cielo. Pienso que el siguiente testimonio sería de gran edificación espiritual para los que lo lean. Y no lo hago solamente por mi hermana, sino por todas las monjitas de clausura, sea de la Orden que sea, que ofrendan sus vidas en el claustro como hostias vivas. En el Monasterio han muerto como cinco hermanas en el tiempo que llevan allí en Utuado, y cada una de sus muertes han sido grandes testimonios de fe y de santidad. Cada una de las historias es única y hermosa. Yo doy el testimonio de mi experiencia particular... Cuántos testimonios podrían dar los familiares de tantas religiosas, dentro y fuera del claustro... que sirvan para animar a otros en la fe, para ayudar a perder quizás el miedo a la muerte que la gran mayoría tenemos, e inclusive para aquellos familiares que no apoyen la vocación de alguna hija (o hijo) a la vida contemplativa de clausura, para que en vez de oponerse, se alegren y se sientan orgullosos de ellas.Aun durante la parte más crítica de su enfermedad, el rostro de Sor Amada permaneció siempre sereno, sin un asomo de amargura y ¡cuánta paz irradiaba! El año pasado vino un sacerdote de España a dirigir un retiro para las monjitas. El primer día del retiro Sor Amada se confesó y quiso que la llevaran en la silla de ruedas a escuchar las conferencias. Pero luego se puso mala. No podía respirar. La llevaron de emergencia al hospital. Como a las 6:00 a.m. del viernes, me llamó la Madre Mercedes. Noté mucha tristeza en su voz. Me dijo que Sor Amada estaba muy malita y la habían llevado al hospital. Algo en mi interior me hizo sentir que esta llamada era distinta... Sentía la urgencia de ir. Pero no pude ir hasta el domingo.

Comenzaba la semana más dolorosa, pero a la misma vez más bella de mi vida. El domingo me acompañó Grace, hija de mi comadre Mina. Ese día la encontramos que casi no podía hablar porque le faltaba el aire. Pero nos saludó con alegría. El lunes, mi hermano fue conmigo, y pudo hablar con el médico quien le dijo que ella estaba en agonía. El cáncer le había provocado un fallo respiratorio. El doctor también le dijo a mi hermano que al examinarla había percibido olor de rosas que le salía del pecho. Las hermanas le tenían un cuadro de la Divina Misericordia en el cuarto y cada rato se lo mostraban, y ella le tiraba besitos, y decía: “¡Qué lindo!”... Las hermanas le preguntaban: “¿Estás contenta?” Y ella contestaba: “¡Sí, muy contenta!”... El miércoles en la mañana recuerdo que me sentía el pecho bien apretado, y muy triste... Creí que no iba a tener fuerzas... El dolor era muy agudo. Después de todo, era mi única hermana. Pero cuando llegamos y entramos al cuartito que es antesala del cuarto donde ella estaba me llevé una gran sorpresa. ¡Sor Amada estaba cantando! Esto me impactó. ¡¿Cómo es que puede estar cantando?! ¡Si está en agonía! ¡Se está muriendo! ¡¿Cómo es que podía estar tan feliz?! Yo he estado presente en las agonías de otras personas y nunca había presenciado algo así. Y su alegría me contagió a mí y a todos los presentes. Sentí que la opresión en mi pecho desapareció y fui llena de una alegría espiritual y fortaleza muy profunda. Y esto pasó con cada una de las personas que entraban al cuarto. Y ¿qué cantaba Sor Amada? No se le entendían las palabras... Era una canción que le salía del alma. Y ella quería que cantáramos con ella... El jueves por la mañana ella me dijo: “Vente conmigo, Nydia... Las puertas están abiertas”... Tan feliz estaba ella que quería que yo también participara de su gozo... ¡Quería llevarme consigo! Ese día por la tarde cayó como en un sueño. Cuando la Madre Mercedes la vio percibió que no era un sueño normal. En ese momento se produjo una de las escenas más bellas, impactantes e inolvidables para mí... La Madre Mercedes y todas las hermanitas presentes se pusieron de rodillas alrededor de la cama de Sor Amada y empezaron a cantar la Salve en latín y hacer las oraciones que hacen cuando una de ellas está en agonía... En ese momento si Sor Amada hubiese despertado y pedido que la llevaran a morir al Monasterio, hubiese aceptado enseguida, porque estaría rodeada de todas las hermanitas que con tanto amor y esmero la habían cuidado y habían compartido con ella durante 17 años en el Monasterio... ¡Qué manera más bella de morir escuchando los hermosos cánticos y las voces de sus queridas hermanas religiosas! Pero los planes de Dios eran otros.

Es noche, tuve un fuerte impulso de quedarme en el hospital con la hermanita cuidando a Sor Amada. Y fue un impulso del Espíritu Santo, pues sería su última noche... Sor Amada despertó del letargo... y entró en la última etapa de su viaje al cielo donde el enemigo lanza su última batalla para tratar de arrebatar el alma. Pidió el rosario y no se desprendió de él. A ratos cantaba, con menos fuerza, pero cantaba. Nos dábamos cuenta que ella veía cosas que nosotros no veíamos. Así pasa la noche. A veces le salían quejidos, pero no quejas de desesperación, ni nada por el estilo, sino los quejidos propios de un alma en agonía. Pero su rostro siempre sereno, sus ojos claros... Como a eso de las tres de la tarde, después de haberse rezado un rosario... el Señor finalmente la llamó. La Madre nos llamó a Fernando y a mí, que habíamos salido al pasillo en lo que la preparaban para pasarle un tubito por la nariz. “¡Vengan, se nos está yendo!” Entramos corriendo... y mi hermano, con la fortaleza que sólo el Espíritu Santo puede dar comenzó a rezar la Recomendación del alma... y mientras él rezaba yo miraba a Sor Amada. Sus ojos estaban tan claros. Ella volvió el rostro. Siguió algo con la mirada... Luego me miró directamente a los ojos por unos segundos y luego su mirada se desvió hacia el infinito... seguramente ya contemplando parte de la eterna gloria que su Amado le había estado preparando... Yo como que tenía la esperanza que aún estuviera viva. No tenía para nada rostro de muerte. Me acerqué y la miré bien. Luego salimos fuera en lo que la Madre y la hermana la vestían con su hábito y capa negra. Qué impresionante y bella se veía. Me acerqué de nuevo para mirarla de cerca antes que la sacaran del cuarto para llevarla al Monasterio. Y vi que se le había formado una bella sonrisa. Su último regalo para con esta pobre hermana que tanto la extraña... Cuando llegamos al Monasterio y miré la imagen de la Virgen me fijé que Sor Amada había quedado con la misma mirada de la imagen de la Virgen al morir.

Varios días después, mientras releía sus cartas a mami, papi y a mí, encontré en una de ellas el secreto de su canción...: “Por eso, como María, quiero que sea siempre mi respuesta de corazón ‘He aquí la Esclava del Señor. Hágase en mí según Tu Palabra’ junto con su cántico maravilloso del Magnificat, hecho vida... ¿Sabes como me gustaría cerrar los ojos en este mundo? Cantando el Magnificat por lo menos teniéndolo muy metido dentro del Corazón.”

¡ Hasta el cielo, Sor Amada... y ruega por mí y por todos nosotros!

Jesús quiso llevarse a Sor Amada en la Fiesta de Santiago Apóstol, primero de los apóstoles en ser martirizados.

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