El
secreto de su canción
Nydia P. de la Cruz
Para EL VISITANTE
Sor Amada cumplirá dos años de eterna
felicidad en el cielo. Pienso que el siguiente
testimonio sería de gran edificación
espiritual para los que lo lean. Y no lo hago solamente
por mi hermana, sino por todas las monjitas de
clausura, sea de la Orden que sea, que ofrendan
sus vidas en el claustro como hostias vivas. En
el Monasterio han muerto como cinco hermanas en
el tiempo que llevan allí en Utuado, y cada
una de sus muertes han sido grandes testimonios
de fe y de santidad. Cada una de las historias
es única y hermosa. Yo doy el testimonio
de mi experiencia particular... Cuántos
testimonios podrían dar los familiares de
tantas religiosas, dentro y fuera del claustro...
que sirvan para animar a otros en la fe, para ayudar
a perder quizás el miedo a la muerte que
la gran mayoría tenemos, e inclusive para
aquellos familiares que no apoyen la vocación
de alguna hija (o hijo) a la vida contemplativa
de clausura, para que en vez de oponerse, se alegren
y se sientan orgullosos de ellas.Aun durante la
parte más crítica de su enfermedad,
el rostro de Sor Amada permaneció siempre
sereno, sin un asomo de amargura y ¡cuánta
paz irradiaba! El año pasado vino un sacerdote
de España a dirigir un retiro para las monjitas.
El primer día del retiro Sor Amada se confesó y
quiso que la llevaran en la silla de ruedas a escuchar
las conferencias. Pero luego se puso mala. No podía
respirar. La llevaron de emergencia al hospital.
Como a las 6:00 a.m. del viernes, me llamó la
Madre Mercedes. Noté mucha tristeza en su
voz. Me dijo que Sor Amada estaba muy malita y
la habían llevado al hospital. Algo en mi
interior me hizo sentir que esta llamada era distinta...
Sentía la urgencia de ir. Pero no pude ir
hasta el domingo.
Comenzaba la semana más dolorosa, pero a
la misma vez más bella de mi vida. El domingo
me acompañó Grace, hija de mi comadre
Mina. Ese día la encontramos que casi no
podía hablar porque le faltaba el aire.
Pero nos saludó con alegría. El lunes,
mi hermano fue conmigo, y pudo hablar con el médico
quien le dijo que ella estaba en agonía.
El cáncer le había provocado un fallo
respiratorio. El doctor también le dijo
a mi hermano que al examinarla había percibido
olor de rosas que le salía del pecho. Las
hermanas le tenían un cuadro de la Divina
Misericordia en el cuarto y cada rato se lo mostraban,
y ella le tiraba besitos, y decía: “¡Qué lindo!”...
Las hermanas le preguntaban: “¿Estás
contenta?” Y ella contestaba: “¡Sí,
muy contenta!”... El miércoles en
la mañana recuerdo que me sentía
el pecho bien apretado, y muy triste... Creí que
no iba a tener fuerzas... El dolor era muy agudo.
Después de todo, era mi única hermana.
Pero cuando llegamos y entramos al cuartito que
es antesala del cuarto donde ella estaba me llevé una
gran sorpresa. ¡Sor Amada estaba cantando!
Esto me impactó. ¡¿Cómo
es que puede estar cantando?! ¡Si está en
agonía! ¡Se está muriendo! ¡¿Cómo
es que podía estar tan feliz?! Yo he estado
presente en las agonías de otras personas
y nunca había presenciado algo así.
Y su alegría me contagió a mí y
a todos los presentes. Sentí que la opresión
en mi pecho desapareció y fui llena de una
alegría espiritual y fortaleza muy profunda.
Y esto pasó con cada una de las personas
que entraban al cuarto. Y ¿qué cantaba
Sor Amada? No se le entendían las palabras...
Era una canción que le salía del
alma. Y ella quería que cantáramos
con ella... El jueves por la mañana ella
me dijo: “Vente conmigo, Nydia... Las puertas
están abiertas”... Tan feliz estaba
ella que quería que yo también participara
de su gozo... ¡Quería llevarme consigo!
Ese día por la tarde cayó como en
un sueño. Cuando la Madre Mercedes la vio
percibió que no era un sueño normal.
En ese momento se produjo una de las escenas más
bellas, impactantes e inolvidables para mí...
La Madre Mercedes y todas las hermanitas presentes
se pusieron de rodillas alrededor de la cama de
Sor Amada y empezaron a cantar la Salve en latín
y hacer las oraciones que hacen cuando una de ellas
está en agonía... En ese momento
si Sor Amada hubiese despertado y pedido que la
llevaran a morir al Monasterio, hubiese aceptado
enseguida, porque estaría rodeada de todas
las hermanitas que con tanto amor y esmero la habían
cuidado y habían compartido con ella durante
17 años en el Monasterio... ¡Qué manera
más bella de morir escuchando los hermosos
cánticos y las voces de sus queridas hermanas
religiosas! Pero los planes de Dios eran otros.
Es noche, tuve un fuerte impulso de quedarme
en el hospital con la hermanita cuidando a Sor
Amada.
Y fue un impulso del Espíritu Santo, pues
sería su última noche... Sor Amada
despertó del letargo... y entró en
la última etapa de su viaje al cielo donde
el enemigo lanza su última batalla para
tratar de arrebatar el alma. Pidió el rosario
y no se desprendió de él. A ratos
cantaba, con menos fuerza, pero cantaba. Nos dábamos
cuenta que ella veía cosas que nosotros
no veíamos. Así pasa la noche. A
veces le salían quejidos, pero no quejas
de desesperación, ni nada por el estilo,
sino los quejidos propios de un alma en agonía.
Pero su rostro siempre sereno, sus ojos claros...
Como a eso de las tres de la tarde, después
de haberse rezado un rosario... el Señor
finalmente la llamó. La Madre nos llamó a
Fernando y a mí, que habíamos salido
al pasillo en lo que la preparaban para pasarle
un tubito por la nariz. “¡Vengan, se
nos está yendo!” Entramos corriendo...
y mi hermano, con la fortaleza que sólo
el Espíritu Santo puede dar comenzó a
rezar la Recomendación del alma... y mientras él
rezaba yo miraba a Sor Amada. Sus ojos estaban
tan claros. Ella volvió el rostro. Siguió algo
con la mirada... Luego me miró directamente
a los ojos por unos segundos y luego su mirada
se desvió hacia el infinito... seguramente
ya contemplando parte de la eterna gloria que su
Amado le había estado preparando... Yo como
que tenía la esperanza que aún estuviera
viva. No tenía para nada rostro de muerte.
Me acerqué y la miré bien. Luego
salimos fuera en lo que la Madre y la hermana la
vestían con su hábito y capa negra.
Qué impresionante y bella se veía.
Me acerqué de nuevo para mirarla de cerca
antes que la sacaran del cuarto para llevarla al
Monasterio. Y vi que se le había formado
una bella sonrisa. Su último regalo para
con esta pobre hermana que tanto la extraña...
Cuando llegamos al Monasterio y miré la
imagen de la Virgen me fijé que Sor Amada
había quedado con la misma mirada de la
imagen de la Virgen al morir.
Varios días después, mientras releía
sus cartas a mami, papi y a mí, encontré en
una de ellas el secreto de su canción...: “Por
eso, como María, quiero que sea siempre
mi respuesta de corazón ‘He aquí la
Esclava del Señor. Hágase en mí según
Tu Palabra’ junto con su cántico maravilloso
del Magnificat, hecho vida... ¿Sabes como
me gustaría cerrar los ojos en este mundo?
Cantando el Magnificat por lo menos teniéndolo
muy metido dentro del Corazón.”
¡
Hasta el cielo, Sor Amada... y ruega por mí y
por todos nosotros!
Jesús quiso llevarse a Sor Amada en la Fiesta
de Santiago Apóstol, primero de los apóstoles
en ser martirizados.