Edición 36 • 4 al 10 de septiembre de 2005
Hoy es martes, 7 de febrero de 2012

“¡Gran misterio la Eucaristía! Misterio que ante todo debe ser celebrado bien. Es necesario que la Santa Misa sea el centro de la vida cristiana y que en cada comunidad se haga lo posible por celebrarla decorosamente, según las normas establecidas, con la participación del pueblo, la colaboración de los diversos ministros en el ejercicio de las funciones previstas para ellos, y cuidando también el aspecto sacro que debe caracterizar la música litúrgica.”

Carta Apostólica Mane Nobiscum Domine -Juan Pablo II


(Fotos Ricardo Rivera)

La santa Misa

La Santa Misa es la acción más augusta de nuestra santa religión; en ella en efecto se renueva de modo incruento, pero muy real, el sacrificio del Calvario.

Como Jesús ha querido quedarse con nosotros por todos los siglos bajo los velos eucarísticos, para ser verdadero amigo nuestro, nuestro consolador, nuestra ayuda, nuestro alimento, nuestro todo, así también no contento con derramar toda su sangre preciosa en el madero de la cruz para nuestra redención, ha querido que esta acción sacrifical y santificadora se renueve cada día en todos los lugares de la tierra, de modo que todos puedan participar y sacar de ella frutos saludables. Por tanto, cuando participamos en la Santa Misa, debemos imaginar que nos encontramos en el calvario, a los pies de la cruz. Hemos de imaginar ante nosotros al divino Redentor que voluntaria y amorosamente se abraza con la cruz; sobre ella se tiende como víctima inocente de nuestros pecados; y luego de ser clavado en ella, es levantado en alto, colgado entre el cielo y tierra, holocausto de propiciación entre los hombres y Dios. Mirémosle cómo derrama hasta la última gota de toda su sangre; mirémosle cómo con mirada moribunda pide perdón para los que le han crucificado y para todos nosotros, que por nuestros pecados hemos hecho causa común con ellos.

Miremos allí, junto a la cruz, a su Madre Santísima, que fija su mirada llorosa en el Hijo que agoniza y estremecida con el dolor y amor más grande que puede caber en humana criatura, se sacrifica a sí misma con amor materno en unión con Jesús, para redención y salud nuestra.

Una oblación semejante hemos de hacer nosotros cuando asistimos al Sacrificio del altar: es decir, la oblación de nosotros mismos en unión con Jesús.

Si tenemos dolores que nos atormentan y desgarran, ofrezcámoslos con los de Jesús.

Si tenemos pasiones que se agitan en nuestro interior y nos arrastran demasiadas veces al pecado, hagamos sacrificio de ellas animosamente por amor a Jesús.

Si tenemos odios y rencores, indiferencias para con nuestros hermanos, sacrifiquemos también todo esto por amor a Jesús, que perdonó a todos y rogó por los que le crucificaban.

Acordémonos que el Sacrificio de la Santa Misa debe ser también sacrificio nuestro. No lo ofrece sólo el sacerdote; con él lo ofrecemos también nosotros, en unión con Jesús: “El sacrificio que te ofrecemos”. Unamos pues, la oblación de nuestras personas al sacrificio de Jesús: y de este modo sacaremos de él copiosos y saludables frutos.

Es conveniente meditar cómo el sacrificio Eucarístico ha sido instituido por cuatro fines:

• Para el culto a Dios.

Ni los ángeles y santos del cielo, ni los hombres de la tierra pueden dar a Dios el culto que se le debe, porque son criaturas que obtienen cuanto poseen del mismo Dios. Sólo Jesús, hombre-Dios, ofreciéndose al Padre Eterno, le puede tributar un honor digno de El, es decir, infinito.

• Para la satisfacción plena y perfecta de todos nuestros pecados.

Nuestras culpas, al dirigirse contra Dios, tienen algo de infinito, en cuanto que ofenden a la bondad infinita. Sólo Jesús, hombre y Dios a la vez, puede dar por nosotros, sus hermanos, una satisfacción infinita al Eterno Padre y redimirnos de la culpa y pena contraída para con El, ofreciéndose a sí mismo en el Sacrificio Eucarístico.

Pero hay que notar que aunque la Misa tiene en sí misma un valor infinito, el Señor nos aplica este valor según las disposiciones con que asistimos a ella. Conviene oír por tanto el mayor número de misas posible y con el mayor fervor.

• Para ofrecer a Dios una acción de gracias conveniente por todos los beneficios que de El hemos recibido.

Es necesario reconocer y agradecer contínuamente todo cuanto El nos concede cada día.

• Para obtener las gracias y favores que nos son necesarios para nosotros y para los demás (valor impetratorio)

Aunque El lo conoce, Dios quiere escuchar de nuestros labios aquello que hay en el corazón. ¿Qué tal si primero pedimos por las necesidades de nuestros hermanos y ya luego por las nuestras?

Por tanto, acudamos a la Santa Misa y participemos con recogimiento, con humildad, con piedad profunda y sentida. Será para nosotros el manantial de todas las gracias, de la virtud y de nuestra santificación.

Fuente: Meditaciones
Mons. Antonio Bacci (Mensajero)

(Próxima semana: Preparémonos para recibir la Sagrada Comunión)

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