La santa Misa
La Santa Misa es la acción más augusta
de nuestra santa religión; en ella en efecto
se renueva de modo incruento, pero muy real, el
sacrificio del Calvario.
Como Jesús ha querido quedarse con nosotros
por todos los siglos bajo los velos eucarísticos,
para ser verdadero amigo nuestro, nuestro consolador,
nuestra ayuda, nuestro alimento, nuestro todo,
así también no contento con derramar
toda su sangre preciosa en el madero de la cruz
para nuestra redención, ha querido que esta
acción sacrifical y santificadora se renueve
cada día en todos los lugares de la tierra,
de modo que todos puedan participar y sacar de
ella frutos saludables. Por tanto, cuando participamos
en la Santa Misa, debemos imaginar que nos encontramos
en el calvario, a los pies de la cruz. Hemos de
imaginar ante nosotros al divino Redentor que voluntaria
y amorosamente se abraza con la cruz; sobre ella
se tiende como víctima inocente de nuestros
pecados; y luego de ser clavado en ella, es levantado
en alto, colgado entre el cielo y tierra, holocausto
de propiciación entre los hombres y Dios.
Mirémosle cómo derrama hasta la última
gota de toda su sangre; mirémosle cómo
con mirada moribunda pide perdón para los
que le han crucificado y para todos nosotros, que
por nuestros pecados hemos hecho causa común
con ellos.
Miremos allí, junto a la cruz, a su Madre
Santísima, que fija su mirada llorosa en
el Hijo que agoniza y estremecida con el dolor
y amor más grande que puede caber en humana
criatura, se sacrifica a sí misma con amor
materno en unión con Jesús, para
redención y salud nuestra.
Una oblación semejante hemos de hacer nosotros
cuando asistimos al Sacrificio del altar: es decir,
la oblación de nosotros mismos en unión
con Jesús.
Si tenemos dolores que nos atormentan y desgarran,
ofrezcámoslos con los de Jesús.
Si tenemos pasiones que se agitan en nuestro
interior y nos arrastran demasiadas veces al pecado,
hagamos
sacrificio de ellas animosamente por amor a Jesús.
Si tenemos odios y rencores, indiferencias para
con nuestros hermanos, sacrifiquemos también
todo esto por amor a Jesús, que perdonó a
todos y rogó por los que le crucificaban.
Acordémonos que el Sacrificio de la Santa
Misa debe ser también sacrificio nuestro.
No lo ofrece sólo el sacerdote; con él
lo ofrecemos también nosotros, en unión
con Jesús: “El sacrificio que te ofrecemos”.
Unamos pues, la oblación de nuestras personas
al sacrificio de Jesús: y de este modo sacaremos
de él copiosos y saludables frutos.
Es conveniente meditar cómo el sacrificio
Eucarístico ha sido instituido por cuatro
fines:
•
Para el culto a Dios.
Ni los ángeles y santos del cielo, ni los hombres de la tierra pueden
dar a Dios el culto que se le debe, porque son criaturas que obtienen cuanto
poseen del mismo Dios. Sólo Jesús, hombre-Dios, ofreciéndose
al Padre Eterno, le puede tributar un honor digno de El, es decir, infinito.
•
Para la satisfacción plena y perfecta de todos nuestros pecados.
Nuestras culpas, al dirigirse contra Dios, tienen
algo de infinito, en cuanto que ofenden a la bondad
infinita. Sólo Jesús, hombre y Dios a la
vez, puede dar por nosotros, sus hermanos, una satisfacción infinita al
Eterno Padre y redimirnos de la culpa y pena contraída para con El, ofreciéndose
a sí mismo en el Sacrificio Eucarístico.
Pero hay que notar que aunque la Misa tiene en
sí misma un valor infinito,
el Señor nos aplica este valor según las disposiciones con que
asistimos a ella. Conviene oír por tanto el mayor número de misas
posible y con el mayor fervor.
•
Para ofrecer a Dios una acción de gracias conveniente por todos los beneficios
que de El hemos recibido.
Es necesario reconocer y agradecer contínuamente todo cuanto El nos concede
cada día.
•
Para obtener las gracias y favores que nos son necesarios para nosotros y para
los demás (valor impetratorio)
Aunque El lo conoce, Dios quiere escuchar de
nuestros labios aquello que hay en el corazón. ¿Qué tal si primero pedimos por las necesidades
de nuestros hermanos y ya luego por las nuestras?
Por tanto, acudamos a la Santa Misa y participemos
con recogimiento, con humildad, con piedad profunda
y sentida. Será para nosotros el manantial de todas
las gracias, de la virtud y de nuestra santificación.
Fuente: Meditaciones
Mons. Antonio Bacci (Mensajero)
(Próxima semana:
Preparémonos para recibir la Sagrada Comunión)