Por
la comunión, divinizados
P. José P. Benabarre Vigo
benigno_benabarre@hotmail.com
Para EL VISITANTE
(Lector, si te suena fuerte el título, no
te espantes; lee atentamente todo el artículo,
y verás qué hermosa realidad es esa.)
No todas las religiones son iguales, ni todas
agradan objetivamente a Dios. Igualmente, no todos
los
caminos que llevan a la religión son idénticos
ni todos son lícitos.
Ni –lo más importante en la práctica-
no todas tienen ni ofrecen los mismos medios de
santificación y salvación; ni, menos
aún, la posibilidad de “identificarnos” con
la Divinidad. Esto sólo lo ofrece la religión
católica.
Algunas religiones, como el Budismo, miran al
cielo no para adorar y subordinarse a su Creador,
sino
que ponen todo el énfasis en la persona
budista, cuya “religión” consiste
en buscar su perfección humana. O como el
Sintoísmo, que, si bien mira al cielo en
busca del Dios verdadero, al mezclar su culto con
el ofrecido a los antepasados (hasta hace pocos
años el emperador del Japón recibía
honores divinos), e incluso con la naturaleza –recuérdense
las peregrinaciones masivas a la sagrada montaña
Fujiyama-, dejan mal parada a la religión,
cuyo único y último objetivo debe
ser la adoración al Ser Supremo, según
su voluntad, y la práctica del bien, según
sus enseñanzas.
En este campo, ninguna religión es tan feliz
y consoladora como la católica. Creemos
en un solo Dios y Señor, creador de cielo
y tierra quien, al manifestarse plenamente en Jesús
de Nazaret, se nos dio a conocer como Trinidad
en la Unidad y Unidad en la Trinidad: Padre, Hijo
y Espíritu Santo. No tres dioses, sino una
sola Divinidad, igual en su esencia y naturaleza,
y diversa en sus Personas.
Medios
de divinización
Jesús, Dios por su igualdad con el Padre
y el Espíritu Santo, y hombre perfecto por
su nacimiento de María, Virgen, que “vino
a este mundo para que tengamos vida y la tengamos
en abundancia” (Juan 10, 10), nos enseñó que
podemos identificarnos con El si creemos sinceramente
en El, y si actuamos según El manda a sus
seguidores.
Tengamos las ideas claras. En primer lugar, debemos
creer en El con toda seriedad, es decir, aceptarlo
como Dios encarnado (Juan 1, 14) y creer en sus
enseñanzas (Juan 14, 1), pues El nos dijo
que “venía de Dios y a Dios volvía” (Juan
16, 28). A los que tengan dificultad en aceptarlo
como Dios verdadero y, por tanto, con autoridad
absoluta sobre mentes y corazones, Jesús
les reta a que sean sinceros y que si no quieren
creer en sus palabras, crean, al menos, en sus
obras, que prueban su personalidad y sus enseñanzas
(Juan 10, 38).
Ese sincero creer en Jesús lleva consigo
la aceptación de su doctrina y el deseo
y esfuerzo de practicarla, pues el discípulo
que se niega a practicar lo enseñado por
su maestro, más que honrarlo, se burla de él
(ver Malaquías 1, 6; Juan 10, 24-25).
Pues bien, una de las enseñanzas más
entrañables de Jesús es que, a través
de la comunión, nos identificamos con El,
Dios y hombre verdadero.
Es cierto que, de algún modo, también
podemos identificarnos con Dios al participar de
su naturaleza (2 Pedro 1, 3-4), por ser hijos de
Dios (Juan 1, 12-28), por habernos adoptado como
hijos (Romanos 8,, 14-17), y ser candidatos a la
vida eterna (Juan 17, 3) (Catecismo 1996).
Pero ninguna de esas vías nos lleva tan
seguro y recto a la identificación, a ser
unos con Jesús, como la recepción
de la sagrada Comunión, en la que, según
enseñanza constante y universal de la Iglesia,
Jesús está “verdadera, real
y sustancialmente entero, es decir, todo su cuero,
alma y divinidad (Catecismo 1347).
En su discurso en la sinagoga de Cafarnaún,
Jesús nos prometió que “nos
daría el alimento que permanece para la
vida eterna” (Juan 6, 27); que ese alimento
era el enviado por el Padre desde el cielo (v.
32); que ese alimento era “el pan de la vida”,
es decir, Jesús mismo (vs 33-35.48). Y,
solemnemente, aclara el Maestro: “El pan
que yo daré es mi carne para la vida del
mundo” (v. 51).
Como era de esperar, este “lenguaje duro” (v.
60) escandalizó a muchos de sus oyentes,
incapaces de comprender que Jesús pudiera
dar “en verdadera comida y bebida” (55)
su propio cuerpo (v. 53). Pero Jesús, en
vez de corregirse, insiste en sus claras y rotundas
afirmaciones, y promete a los que coman su carne
(cuerpo entero) que los resucitará el último
día, pues ya tienen vida eterna (v 54).
Nos queda poco espacio, pero es necesario concretizar
para justificar el título del artículo: “Por
la comunión, nos divinizamos”, es
decir, nos hacemos unos con Jesús, que es
Dios verdadero.
Pues Jesús está todo entero en la
hostia y vino consagrados, y ese pan y ese vino –accidentes
(sabor, color, olor, medida) y sustancia (aquello
por lo cual el pan es pan y no otra cosa)- pasan
a ser parte integral del ser humano al ser introducidos
en el sistema digestivo, ya no hay dos realidades
distintas y separadas en el individuo: Jesús
y yo, sino una sola: “Jesús-yo”,
o “Yo-Jesús”.
Esta inefable realidad hace que Jesús añada: “El
que me coma vivirá por mí” (v.
57). Y San Pablo, tan identificado con Cristo después
de su conversión, exclama entusiasmado: “Ya
no vivo yo; es Cristo quien vive en mí” (Gálatas
2, 20).
Yo le pido al lector que, después de cada
comunión, cierre los ojos y hable amorosamente
con Jesús, y le dé las gracias más
rendidas por haberse dignado identificarse con
nosotros, y, así, quedar ¡divinizados!
¿
Por cuánto dura esta impensable e inefable
situación? La respuesta es: el tiempo que
tarda el individuo en hacer suyas las especies
sacramentales, mediante el proceso de digestión
del pan y del vino, que envolvían el Cuerpo
de Cristo. Se estima que unos 15 minutos. Yo me
atrevo a pedir a todo comulgante que, al menos
durante esos minutos, se sumerja en la persona
de Cristo, que le adore presente en su ser, y que
le dé infinitas gracias por su inmensa dignación
al hacerse uno con nosotros. No son necesarias
las palabras, pero sí el corazón.
¿
Termina aquí todo? ¡No, por favor!
Más bien comienza, porque si Jesús
ha tenido tanta dignación con nosotros,
nuestra obligación es estar con El en todo
momento y en todo lugar y en todo lo que hacemos.
Portémonos de tal modo que quien nos vea,
vea en nosotros a Jesús, pues hemos sido ¡divinizados!