Edición 37 • 11 al 17 de septiembre de 2005
Hoy es domingo, 5 de septiembre de 2010

Por la comunión, divinizados

P. José P. Benabarre Vigo
benigno_benabarre@hotmail.com
Para EL VISITANTE

(Lector, si te suena fuerte el título, no te espantes; lee atentamente todo el artículo, y verás qué hermosa realidad es esa.)

No todas las religiones son iguales, ni todas agradan objetivamente a Dios. Igualmente, no todos los caminos que llevan a la religión son idénticos ni todos son lícitos.

Ni –lo más importante en la práctica- no todas tienen ni ofrecen los mismos medios de santificación y salvación; ni, menos aún, la posibilidad de “identificarnos” con la Divinidad. Esto sólo lo ofrece la religión católica.

Algunas religiones, como el Budismo, miran al cielo no para adorar y subordinarse a su Creador, sino que ponen todo el énfasis en la persona budista, cuya “religión” consiste en buscar su perfección humana. O como el Sintoísmo, que, si bien mira al cielo en busca del Dios verdadero, al mezclar su culto con el ofrecido a los antepasados (hasta hace pocos años el emperador del Japón recibía honores divinos), e incluso con la naturaleza –recuérdense las peregrinaciones masivas a la sagrada montaña Fujiyama-, dejan mal parada a la religión, cuyo único y último objetivo debe ser la adoración al Ser Supremo, según su voluntad, y la práctica del bien, según sus enseñanzas.

En este campo, ninguna religión es tan feliz y consoladora como la católica. Creemos en un solo Dios y Señor, creador de cielo y tierra quien, al manifestarse plenamente en Jesús de Nazaret, se nos dio a conocer como Trinidad en la Unidad y Unidad en la Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. No tres dioses, sino una sola Divinidad, igual en su esencia y naturaleza, y diversa en sus Personas.

Medios de divinización

Jesús, Dios por su igualdad con el Padre y el Espíritu Santo, y hombre perfecto por su nacimiento de María, Virgen, que “vino a este mundo para que tengamos vida y la tengamos en abundancia” (Juan 10, 10), nos enseñó que podemos identificarnos con El si creemos sinceramente en El, y si actuamos según El manda a sus seguidores.

Tengamos las ideas claras. En primer lugar, debemos creer en El con toda seriedad, es decir, aceptarlo como Dios encarnado (Juan 1, 14) y creer en sus enseñanzas (Juan 14, 1), pues El nos dijo que “venía de Dios y a Dios volvía” (Juan 16, 28). A los que tengan dificultad en aceptarlo como Dios verdadero y, por tanto, con autoridad absoluta sobre mentes y corazones, Jesús les reta a que sean sinceros y que si no quieren creer en sus palabras, crean, al menos, en sus obras, que prueban su personalidad y sus enseñanzas (Juan 10, 38).

Ese sincero creer en Jesús lleva consigo la aceptación de su doctrina y el deseo y esfuerzo de practicarla, pues el discípulo que se niega a practicar lo enseñado por su maestro, más que honrarlo, se burla de él (ver Malaquías 1, 6; Juan 10, 24-25).

Pues bien, una de las enseñanzas más entrañables de Jesús es que, a través de la comunión, nos identificamos con El, Dios y hombre verdadero.

Es cierto que, de algún modo, también podemos identificarnos con Dios al participar de su naturaleza (2 Pedro 1, 3-4), por ser hijos de Dios (Juan 1, 12-28), por habernos adoptado como hijos (Romanos 8,, 14-17), y ser candidatos a la vida eterna (Juan 17, 3) (Catecismo 1996).

Pero ninguna de esas vías nos lleva tan seguro y recto a la identificación, a ser unos con Jesús, como la recepción de la sagrada Comunión, en la que, según enseñanza constante y universal de la Iglesia, Jesús está “verdadera, real y sustancialmente entero, es decir, todo su cuero, alma y divinidad (Catecismo 1347).

En su discurso en la sinagoga de Cafarnaún, Jesús nos prometió que “nos daría el alimento que permanece para la vida eterna” (Juan 6, 27); que ese alimento era el enviado por el Padre desde el cielo (v. 32); que ese alimento era “el pan de la vida”, es decir, Jesús mismo (vs 33-35.48). Y, solemnemente, aclara el Maestro: “El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo” (v. 51).

Como era de esperar, este “lenguaje duro” (v. 60) escandalizó a muchos de sus oyentes, incapaces de comprender que Jesús pudiera dar “en verdadera comida y bebida” (55) su propio cuerpo (v. 53). Pero Jesús, en vez de corregirse, insiste en sus claras y rotundas afirmaciones, y promete a los que coman su carne (cuerpo entero) que los resucitará el último día, pues ya tienen vida eterna (v 54).

Nos queda poco espacio, pero es necesario concretizar para justificar el título del artículo: “Por la comunión, nos divinizamos”, es decir, nos hacemos unos con Jesús, que es Dios verdadero.

Pues Jesús está todo entero en la hostia y vino consagrados, y ese pan y ese vino –accidentes (sabor, color, olor, medida) y sustancia (aquello por lo cual el pan es pan y no otra cosa)- pasan a ser parte integral del ser humano al ser introducidos en el sistema digestivo, ya no hay dos realidades distintas y separadas en el individuo: Jesús y yo, sino una sola: “Jesús-yo”, o “Yo-Jesús”.

Esta inefable realidad hace que Jesús añada: “El que me coma vivirá por mí” (v. 57). Y San Pablo, tan identificado con Cristo después de su conversión, exclama entusiasmado: “Ya no vivo yo; es Cristo quien vive en mí” (Gálatas 2, 20).

Yo le pido al lector que, después de cada comunión, cierre los ojos y hable amorosamente con Jesús, y le dé las gracias más rendidas por haberse dignado identificarse con nosotros, y, así, quedar ¡divinizados!

¿ Por cuánto dura esta impensable e inefable situación? La respuesta es: el tiempo que tarda el individuo en hacer suyas las especies sacramentales, mediante el proceso de digestión del pan y del vino, que envolvían el Cuerpo de Cristo. Se estima que unos 15 minutos. Yo me atrevo a pedir a todo comulgante que, al menos durante esos minutos, se sumerja en la persona de Cristo, que le adore presente en su ser, y que le dé infinitas gracias por su inmensa dignación al hacerse uno con nosotros. No son necesarias las palabras, pero sí el corazón.

¿ Termina aquí todo? ¡No, por favor! Más bien comienza, porque si Jesús ha tenido tanta dignación con nosotros, nuestra obligación es estar con El en todo momento y en todo lugar y en todo lo que hacemos. Portémonos de tal modo que quien nos vea, vea en nosotros a Jesús, pues hemos sido ¡divinizados!

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