Edición 37 • 11 al 17 de septiembre de 2005
Hoy es martes, 7 de febrero de 2012

Tenemos una Madre en el cielo...

Rev. P. Floyd L. McCoy Jordán, Ph.D.
Editor invitado
floyd@caribe.net

Los puertorriqueños que vivieron durante las décadas anteriores a la industrialización de la Isla muchas veces hablan de aquellos tiempos en que, aunque se vivía con mucha pobreza, la gente vivía con más profundidad los valores cristianos. Algunos inclusive hablan de un retorno al pasado, no solamente en términos de valores, sino de aspectos relacionados con el diario vivir. Yo viví de niño parte de ese Puerto Rico. Y llegué a ver mujeres planchando con planchas de carbón, fogones de tres piedras para cocinar, unos ganchos de madera y alambre que se construían para llevar en balance dos latones de manteca llenos de agua desde las plumas públicas de antes a los hogares. La gente en los campos bajaban a los ríos, manantiales y quebradas desde la lomas en que vivían  para buscar agua para el bohío, y también con ropa para lavar. A ese Puerto Rico yo no deseo retornar. Como dice la gente popularmente, no se lo deseo ni a mi peor enemigo. Prefiero el microhondas, la cafetera eléctrica, el televisor a colores con pantalla plana, la computadora y todos los adelantos modernos que nos facilitan la vida.

Sin embargo, hay un Puerto Rico al que yo quisiera regresar y que nunca debimos abandonar en aras del progreso. Es aquel en el que nuestro pueblo encarnaba verdaderamente los valores cristianos que nos hacían demostrar nuestra preocupación y nuestro amor por el prójimo. Es el verdadero Puerto Rico del “¡Ay bendito!”, exclamación que hacía eco de unos corazones que se llenaban de preocupación por la miseria de los demás, y que no solamente la verbalizaban, sino que, en medio de la miseria en que vivía el pais, buscaban remedio a esa necesidad que provocaba tal exclamación.

Estoy escribiendo este editorial y reflexionando sobre este tema mientras en mi pueblo de Hormigueros se celebran la fiestas patronales en honor de la Monserrate. Y es precisamente María, bajo esa advocación que me hace pensar en lo importante de regresar a los valores que hacían de nosotros un pueblo lleno de caridad, sensibilidad y misericordia ante la tragedia de los demás. La tradición principal del milagro de Hormigueros nos remite a una serie de valores que debemos recuperar. Al contemplar el toro que embiste al colono, la exclamación de este invocando ayuda y el pronto auxilio que recibe cuando el niño en los brazos de la madre previene al toro de lograr su objetivo, nos encontramos ante una escuela de amor y de confianza en Dios. Girardo Gonzáles, el vidente es un hombre de fe, que en momentos de peligro acude a Dios, a través de María Santísima, para que le libre del peligro. La Madre, cuyo poder de intercesión radica en el poder divino de su Hijo, al igual que ocurrió en las Bodas de Caná, presenta a su Hijo en sus brazos, para que libre al hombre del peligro en que se encuentra.

Pero todo este recuento del milagro se puede quedar en un mero sentimentalismo, en una religiosidad infantil, si nos dedicamos simplemente a rememorar, sin buscarle nuevos significados  que ayuden al crecimiento espiritual del puertorriqueño del siglo XXI. Nos pasaría igual que a aquellos que quieren idealmente regresar al Puerto Rico de antes, olvidándose de los problemas sociales, de salud y económicos que en esas épocas se vivían.

Una interpretación actualizada de la tradición del milagro de Hormigueros puede ser la siguiente. El toro, con su rabo, sus cuernos y sus pezuñas representa a Satanás, que nos embiste constantemente a través de tantas situaciones que se dan en el Puerto Rico moderno: criminalidad, drogas, hostigamientos, violaciones, materialismo, violencia doméstica, etc.. Ante esas embestidas los cristianos, si queremos salvarnos, tenemos que acudir a la ayuda que solamente Dios nos puede dar, para conjurar todos esos peligros y tentaciones que acompañan el vertiginoso progreso que hemos tenido en Borinquen. Esas aguas comunes de nuestras vidas, se pueden convertir en el mejor de los vinos, si María se lo pide a su Hijo. Puerto Rico puede ser un mejor lugar para vivir si además del progreso material, logramos recuperar nuestros valores cristianos que son los únicos que nos pueden ayudar a vencer el mal.

Al reflexionar de esa manera, los hechos que de acuerdo con la tradición ocurrieron en Hormigueros hacia finales del siglo XVI, adquieren un sentido actualizado, práctico y de conversión en nuestras vidas. Ya no es meramente una devoción que provoca cierto emocionalismo, sino que tiene la utilidad de ayudarme a crecer en la fe. El paradigma de María, preocupada por venir en nuestro auxilio, es el paradigma que debemos de imitar para recuperar el fundamental valor cristiano de la caridad. Tampoco es necesario que María venga del cielo para ayudar al prójimo necesitado. Cuando los cristianos vivimos el verdadero espíritu de lo que fue nuestro “¡Ay bendito!” el milagro de Hormigueros vuelve a suceder.

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