Tenemos una Madre en el cielo...
Rev. P. Floyd L. McCoy Jordán,
Ph.D.
Editor invitado
floyd@caribe.net
Los puertorriqueños que vivieron durante las décadas anteriores
a la industrialización de la Isla muchas veces hablan de aquellos tiempos
en que, aunque se vivía con mucha pobreza, la gente vivía con más
profundidad los valores cristianos. Algunos inclusive hablan de un retorno al
pasado, no solamente en términos de valores, sino de aspectos relacionados
con el diario vivir. Yo viví de niño parte de ese Puerto Rico.
Y llegué a ver mujeres planchando con planchas de carbón, fogones
de tres piedras para cocinar, unos ganchos de madera y alambre que se construían
para llevar en balance dos latones de manteca llenos de agua desde las plumas
públicas de antes a los hogares. La gente en los campos bajaban a los
ríos, manantiales y quebradas desde la lomas en que vivían para
buscar agua para el bohío, y también con ropa para lavar. A ese
Puerto Rico yo no deseo retornar. Como dice la gente popularmente, no se lo deseo
ni a mi peor enemigo. Prefiero el microhondas, la cafetera eléctrica,
el televisor a colores con pantalla plana, la computadora y todos los adelantos
modernos que nos facilitan la vida.
Sin embargo, hay un Puerto Rico al que yo quisiera
regresar y que nunca debimos abandonar en aras
del progreso. Es aquel en el que nuestro pueblo
encarnaba verdaderamente
los valores cristianos que nos hacían demostrar nuestra preocupación
y nuestro amor por el prójimo. Es el verdadero Puerto Rico del “¡Ay
bendito!”, exclamación que hacía eco de unos corazones que
se llenaban de preocupación por la miseria de los demás, y que
no solamente la verbalizaban, sino que, en medio de la miseria en que vivía
el pais, buscaban remedio a esa necesidad que provocaba tal exclamación.
Estoy escribiendo este editorial y reflexionando
sobre este tema mientras en mi pueblo de Hormigueros
se celebran la fiestas patronales en honor de la
Monserrate.
Y es precisamente María, bajo esa advocación que me hace pensar
en lo importante de regresar a los valores que hacían de nosotros un pueblo
lleno de caridad, sensibilidad y misericordia ante la tragedia de los demás.
La tradición principal del milagro de Hormigueros nos remite a una serie
de valores que debemos recuperar. Al contemplar el toro que embiste al colono,
la exclamación de este invocando ayuda y el pronto auxilio que recibe
cuando el niño en los brazos de la madre previene al toro de lograr su
objetivo, nos encontramos ante una escuela de amor y de confianza en Dios. Girardo
Gonzáles, el vidente es un hombre de fe, que en momentos de peligro acude
a Dios, a través de María Santísima, para que le libre del
peligro. La Madre, cuyo poder de intercesión radica en el poder divino
de su Hijo, al igual que ocurrió en las Bodas de Caná, presenta
a su Hijo en sus brazos, para que libre al hombre del peligro en que se encuentra.
Pero todo este recuento del milagro se puede
quedar en un mero sentimentalismo, en una religiosidad
infantil, si nos dedicamos simplemente a rememorar,
sin buscarle
nuevos significados que ayuden al crecimiento espiritual del puertorriqueño
del siglo XXI. Nos pasaría igual que a aquellos que quieren idealmente
regresar al Puerto Rico de antes, olvidándose de los problemas sociales,
de salud y económicos que en esas épocas se vivían.
Una interpretación actualizada de la tradición del milagro de Hormigueros
puede ser la siguiente. El toro, con su rabo, sus cuernos y sus pezuñas
representa a Satanás, que nos embiste constantemente a través de
tantas situaciones que se dan en el Puerto Rico moderno: criminalidad, drogas,
hostigamientos, violaciones, materialismo, violencia doméstica, etc..
Ante esas embestidas los cristianos, si queremos salvarnos, tenemos que acudir
a la ayuda que solamente Dios nos puede dar, para conjurar todos esos peligros
y tentaciones que acompañan el vertiginoso progreso que hemos tenido en
Borinquen. Esas aguas comunes de nuestras vidas, se pueden convertir en el mejor
de los vinos, si María se lo pide a su Hijo. Puerto Rico puede ser un
mejor lugar para vivir si además del progreso material, logramos recuperar
nuestros valores cristianos que son los únicos que nos pueden ayudar a
vencer el mal.
Al reflexionar de esa manera, los hechos que
de acuerdo con la tradición
ocurrieron en Hormigueros hacia finales del siglo XVI, adquieren un sentido actualizado,
práctico y de conversión en nuestras vidas. Ya no es meramente
una devoción que provoca cierto emocionalismo, sino que tiene la utilidad
de ayudarme a crecer en la fe. El paradigma de María, preocupada por venir
en nuestro auxilio, es el paradigma que debemos de imitar para recuperar el fundamental
valor cristiano de la caridad. Tampoco es necesario que María venga del
cielo para ayudar al prójimo necesitado. Cuando los cristianos vivimos
el verdadero espíritu de lo que fue nuestro “¡Ay bendito!” el
milagro de Hormigueros vuelve a suceder.