“Todos estos aspectos de la Eucaristía
confluyen en lo que más pone a prueba nuestra
fe: el misterio de la presencia «real».
Junto con toda la tradición de la Iglesia,
nosotros creemos que bajo las especies eucarísticas
está realmente presente Jesús.”
Carta Apostólica Mane Nobiscum Domine —Juan
Pablo II
La
sagrada comunión
Meditemos en primer lugar qué cosa tan grande
es la Sagrada Comunión. Jesús, Dios
y hombre, baja realmente a nosotros, pobres y mezquinas
criaturas.
De ese modo nos hacemos templo vivo de la Santísima
Trinidad que está presente en el Hijo de
Dios. Pero no sólo baja Jesús con
su cuerpo, alma y divinidad a nosotros, sino que
se hace además alimento nuestro.
Hay sin embargo una gran diferencia entre la
nutrición
del alimento material y el alimento espiritual
que es Jesús con su cuerpo, alma y divinidad.
Cuando tomamos el alimento natural, nos lo asimilamos,
y hacemos que se haga sangre y carne nuestra. Pero
cuando recibimos la Sagrada Comunión, somos
nosotros asimilados por Jesús, según
la expresiva palabra de San Agustín: «No
me asimilarás tú, sino que serás
asimilado por mí».
Debemos por tanto convertirnos en otro Jesús,
hasta poder decir con San Pablo: «Vivo yo,
pero ya no soy yo quien vive; sino que es Cristo
quien vive en mí» (Gal 2,20).
El alimento material se humaniza al ser asimilado;
el alimento Eucarístico por el contrario
nos asimila, y en cierto modo nos diviniza. Con
razón San Juan Crisóstomo llama a
la Eucaristía: «El misterio que hace
que la tierra nos sea un cielo», es decir,
el misterio que nos hace celestiales.
Pero para que eso se realice es necesario que
nos sentemos a la mesa eucarística con las disposiciones
necesarias:
•
Con fe viva y operante, que nos haga ver en la
blanca hostia a Jesús mismo, lleno de bondad,
de misericordia, de amor, y deseoso de derramar
sobre nosotros todos los tesoros de su Corazón.
•
Con pureza y limpieza no sólo de todo pecado
mortal, sino aun del apego a cualquier pecado venial
voluntario.
•
Con profunda humildad, porque Jesús ama
a los humildes y desdeña a los soberbios;
El ama a los que se le asemejan, es decir, a los
mansos y humildes de corazón; fuera pues,
la ambición, la vanidad, el ansia de figurar,
el amor a los honores, a los placeres, a las grandezas
de este mundo; nada de afectos desordenados a cosas
o personas, sino únicamente el ansia de
agradar a Dios y de enderezar a El toda nuestra
vida, nuestros pensamientos, nuestras acciones.
•
En fin, con ardiente amor a Jesús, que nos
abrase y consuma todas nuestras imperfecciones
y nos haga íntimamente unidos a El para
transformarnos en El.
Con razón decía Santa Teresa de Jesús
que una comunión, hecha como es debido,
basta para hacer un santo. Nos transforma en Jesús,
y por tanto nos hace santos. No vivamos, pues,
más de nosotros mismos, sino de Jesús.
No nos purifiquemos y vaciemos sólo de nuestras
imperfecciones, sino vaciémonos aun de nosotros
mismos para llenarnos de Jesús.
Jesús ha venido a ser de ese modo, el pensamiento
dominante de nuestra mente, el deseo central de
nuestro corazón, la norma constante de nuestra
voluntad.
La Sagrada Comunión por tanto debe ser un
milagro sobrenatural que debe hacernos vivir la
vida de Jesús, las obras de Jesús
y el amor de Jesús.
Eso explica por qué los primeros cristianos
se acercaban cada día a la Mesa Eucarística, «permanecían
constantemente en la fracción del pan»,
porque sentían la necesidad de cumplir cada
día esta transformación de sus almas
en Jesús; tenían hambre de Jesús,
se abrasaban en su amor, eran «un solo corazón
y una sola alma»; por eso llegó a
ser verdad que, como decía San Papías
en la Epístola ad Diognetum 6, 1. «Lo
que es el alma en el cuerpo, eso son los cristianos
en el mundo».
Examinemos si es ése nuestro caso y el de
nuestras comuniones. Como escribe San Pablo: «Examínese
cada uno antes de comer ese pan... porque el que
lo come indignamente, come... la propia condenación» (1
Cor 11, 28-29).
Por tanto, previo a nuestras comuniones tiene
que proceder un serio examen de nosotros mismos,
un
acto de profundo y humilde arrepentimiento de nuestros
pecados e imperfecciones; sólo entonces
podremos acercarnos a Jesús con confianza
y con amor. No temamos, es El quien nos invita;
es El quien desea unirse a nosotros para hacernos
semejantes a El.
Acerquémonos con arrepentimiento, con humildad
y con amor: El nos hará fuertes, fervorosos,
santos.
Fuente: Meditaciones
Mons. Antonio Bacci (Mensajero)