Edición 37 • 11 al 17 de septiembre de 2005
Hoy es sábado, 31 de julio de 2010

“Todos estos aspectos de la Eucaristía confluyen en lo que más pone a prueba nuestra fe: el misterio de la presencia «real». Junto con toda la tradición de la Iglesia, nosotros creemos que bajo las especies eucarísticas está realmente presente Jesús.”

Carta Apostólica Mane Nobiscum Domine —Juan Pablo II

La sagrada comunión

Meditemos en primer lugar qué cosa tan grande es la Sagrada Comunión. Jesús, Dios y hombre, baja realmente a nosotros, pobres y mezquinas criaturas.

De ese modo nos hacemos templo vivo de la Santísima Trinidad que está presente en el Hijo de Dios. Pero no sólo baja Jesús con su cuerpo, alma y divinidad a nosotros, sino que se hace además alimento nuestro.

Hay sin embargo una gran diferencia entre la nutrición del alimento material y el alimento espiritual que es Jesús con su cuerpo, alma y divinidad.

Cuando tomamos el alimento natural, nos lo asimilamos, y hacemos que se haga sangre y carne nuestra. Pero cuando recibimos la Sagrada Comunión, somos nosotros asimilados por Jesús, según la expresiva palabra de San Agustín: «No me asimilarás tú, sino que serás asimilado por mí».

Debemos por tanto convertirnos en otro Jesús, hasta poder decir con San Pablo: «Vivo yo, pero ya no soy yo quien vive; sino que es Cristo quien vive en mí» (Gal 2,20).

El alimento material se humaniza al ser asimilado; el alimento Eucarístico por el contrario nos asimila, y en cierto modo nos diviniza. Con razón San Juan Crisóstomo llama a la Eucaristía: «El misterio que hace que la tierra nos sea un cielo», es decir, el misterio que nos hace celestiales.

Pero para que eso se realice es necesario que nos sentemos a la mesa eucarística con las disposiciones necesarias:

• Con fe viva y operante, que nos haga ver en la blanca hostia a Jesús mismo, lleno de bondad, de misericordia, de amor, y deseoso de derramar sobre nosotros todos los tesoros de su Corazón.

• Con pureza y limpieza no sólo de todo pecado mortal, sino aun del apego a cualquier pecado venial voluntario.

• Con profunda humildad, porque Jesús ama a los humildes y desdeña a los soberbios; El ama a los que se le asemejan, es decir, a los mansos y humildes de corazón; fuera pues, la ambición, la vanidad, el ansia de figurar, el amor a los honores, a los placeres, a las grandezas de este mundo; nada de afectos desordenados a cosas o personas, sino únicamente el ansia de agradar a Dios y de enderezar a El toda nuestra vida, nuestros pensamientos, nuestras acciones.

• En fin, con ardiente amor a Jesús, que nos abrase y consuma todas nuestras imperfecciones y nos haga íntimamente unidos a El para transformarnos en El.

Con razón decía Santa Teresa de Jesús que una comunión, hecha como es debido, basta para hacer un santo. Nos transforma en Jesús, y por tanto nos hace santos. No vivamos, pues, más de nosotros mismos, sino de Jesús. No nos purifiquemos y vaciemos sólo de nuestras imperfecciones, sino vaciémonos aun de nosotros mismos para llenarnos de Jesús.

Jesús ha venido a ser de ese modo, el pensamiento dominante de nuestra mente, el deseo central de nuestro corazón, la norma constante de nuestra voluntad.

La Sagrada Comunión por tanto debe ser un milagro sobrenatural que debe hacernos vivir la vida de Jesús, las obras de Jesús y el amor de Jesús.

Eso explica por qué los primeros cristianos se acercaban cada día a la Mesa Eucarística, «permanecían constantemente en la fracción del pan», porque sentían la necesidad de cumplir cada día esta transformación de sus almas en Jesús; tenían hambre de Jesús, se abrasaban en su amor, eran «un solo corazón y una sola alma»; por eso llegó a ser verdad que, como decía San Papías en la Epístola ad Diognetum 6, 1. «Lo que es el alma en el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo».

Examinemos si es ése nuestro caso y el de nuestras comuniones. Como escribe San Pablo: «Examínese cada uno antes de comer ese pan... porque el que lo come indignamente, come... la propia condenación» (1 Cor 11, 28-29).

Por tanto, previo a nuestras comuniones tiene que proceder un serio examen de nosotros mismos, un acto de profundo y humilde arrepentimiento de nuestros pecados e imperfecciones; sólo entonces podremos acercarnos a Jesús con confianza y con amor. No temamos, es El quien nos invita; es El quien desea unirse a nosotros para hacernos semejantes a El.

Acerquémonos con arrepentimiento, con humildad y con amor: El nos hará fuertes, fervorosos, santos.

Fuente: Meditaciones
Mons. Antonio Bacci (Mensajero)

Archivo EV

novedades

...nuestros auspiciadores

Ir al tope del documento
Ir atrs
Página Principal De Portada Esta Semana En Foco Formación Liturgia Por las diócesis EV de Revista