Por
la señal de la Santa Cruz
Fray Antonio González
Pola, O.P.
Para EL VISITANTE
Reflexionar sobre el simbolismo de la Cruz implica
trasladarse en el espacio y tiempo al Calvario
de Jerusalén, y a los años en que
Dios hecho hombre se ofrece en holocausto por salvar
a toda la humanidad. Escándalo ella para
unos y necedad para otros. ¡Cómo todo
un Dios puede dejarse matar en tan ignominioso
patíbulo! Suplicio destinado a ladrones,
truhanes, terroristas, piratas, etc. “Maldito
el que pende de una cruz”. Por eso la Cruz
fue y sigue siendo un verdadero escándalo.
Un Salvador divino: sabio, milagrero, etc. es comprensible
en nuestra lógica. En cambio, un Dios humillado
es sorprendente. Nos agrada más un Dios
a nuestra medida, apeluchado... por razones de
conveniencia.
El pagano se gloriaba en el rayo de Júpiter...
el cristiano, con San Pablo, dice: “nuestra
gloria está en la Cruz de nuestro Señor
Jesucristo” (Gal., 6,14) De signo ignominioso
cambia a trofeo de victoria. La costumbre cristiana
sella con cruces: personas vivas y difuntas; espacios
y tiempos; entradas de casas, encrucijadas de caminos...
cumbres. Los primeros cristianos se identificaban
como “religiosos de la Cruz” Pablo
solía decir que su modelo era Jesús
y éste crucificado. ¡Que difícil
nos resulta dejar a Dios ser Dios!
Pero ¿qué fue de la Veracruz? Jerusalén
había sido planchada por los soldados de
Tito y Adriano. Tras la libertad de los cristianos
en el 313, Constantino y su madre Santa Elena,
sustituyen por basílicas los templos paganos
de la Ciudad santa. Se identifican así para
la posteridad los lugares santificados por la presencia
del Salvador. Dice la tradición que en una
cisterna (ahora dentro de la basílica del
Santo Sepulcro) Elena encontró varios travesaños
de cruces. Uno de ellos se lo identificó como
el de la Cruz de Jesús pues al tocar con él
a una enferma, ésta quedó curada
(327) Acontecimientos que inician las peregrinaciones
del mundo cristiano a Jerusalén. De reyes
y plebeyos. Las reliquias del santo madero se dispersaron
por doquier y con ellas la fiesta de la Santa Cruz,
para tocarla y verla. Esta celebración,
original de Jerusalén (335) era y es el
14 de septiembre (Egeria), fecha considerada como
el quicio entre el verano y el otoño litúrgico.
Al descenso de luminosidad otoñal lo sustituye
la claridad de la Cruz. En el siglo VI se conoce
por Exaltación de la Santa Cruz. Con liturgia
semejante al Viernes Santo. En los países
de Europa meridional (entre ellos España
y más tarde Iberoamérica) se promueve
la fiesta de la Invención de la Santa Cruz
(3 de mayo) Las conocidas “fiestas de cruz” aun
con mucho arraigo y folclore en Bayamón,
ciudad que nace en torno a la Iglesia de La Plaza
(1772) y bajo esta advocación. Los dominicos
nos hacemos cargo de ella desde 1905. Este año
es centenario de nuestra presencia. La reforma
litúrgica del Vaticano II suprime la fiesta
de la Invención (3 de mayo) aunque continúe
la costumbre patronal con liturgia del 14 de septiembre.
Los cristianos somos privilegiados en el disfrute
de sabernos salvos por el acontecimiento de la
Veracruz. Desnuda o con crucifijo nos remite al
hecho salvífico que divide nuestra historia
en antes y después de Jesús muerto
y resucitado. Ya la cruz, de por sí, es
signo de universalidad: el palo vertical y el horizontal
unidos, son al mismo tiempo fuerzas centrífugas
(puntos cardinales) o de dispersión, pero
también son fuerzas centrípetas,
de vuelta o regreso hacia el centro o encrucijada
de ambos segmentos.
Este símbolo del macrocosmos (universo)
cual otra ‘rosa de los vientos’, y
de todo el hombre con su tronco y brazos extendidos
o microcosmos (universo en pequeño) es signo
también de Dios pues Éste se halla
presente en todo; y es signo histórico-bíblico
y personal de Jesús muerto y resucitado,
especialmente sugestivo y cargado de significado
para nosotros. La Cruz, hay que decirlo claro,
no nos salva, como tampoco la fe, ni el Evangelio,
ni la misma iglesia, sino la persona de Jesús.
Ellos nos hablan del Jesús muerto y resucitado.
Y no tanto por sus sufrimientos físicos
o morales sino por el hecho de haber sido fiel
a su Misión.
La Cruz no es signo de ascesis y penitencias
como representan algunas películas de la Pasión
o ciertas procesiones de Semana Santa (aterradoras)
Lo que la Veracruz nos dice es que en ella Jesús
nos ha salvado de una vez por todas, y que lo digamos
a quienes aún no tienen noticia de ello,
y que a pesar de todo ninguno se perderá.
Es la buena nueva.
Benedicto XVI invita a los jóvenes de todo
el mundo a mostrar públicamente el símbolo
de nuestra salvación con gozo en el corazón
y semblante alegre. Así lo presenciamos
en las jornadas de la juventud en Colonia (Alemania)
el pasado agosto. Por fin se nos ofrece una esperanza
sólida, hartos de tanta promesa fallida.