Cristo entre los pobres
Carlos Méndez Santos
Para El Visitante
Caminando por nuestros barrios, observamos cómo
trasciende la figura de Cristo entre los pobres.
La ancianita que madruga para ir a misa, a la cercana
parroquia. Los niños que van a comulgar,
muchas veces con sus zapatitos rotos o el pantaloncito
o la blusita con remiendos. El monaguillo que se
apresura para tocar las campanas del templo. La
señora que va con su hábito, con
el cual “paga una promesa” a la Virgen
del Carmen.
En cada uno de esos seres humanos vive la figura
del Hijo de Dios, que nació entre los pobres
y cuyo ejemplo sigue nuestra gente. Con una “típica
y ejemplar intención”, Cristo se presentó de
manera pobre a la humanidad. Y su ejemplo está ahí.
La pobreza, podemos decir, “... es el gran
secreto del atractivo de Jesús.” Algunos
textos del Nuevo Testamento hablan del tema de
la pobreza como lo principal, lo más importante “...
del hecho cristiano.” Leyendo las tan conocidas
y tantas veces citadas bienaventuranzas podemos
señalar la que dice “... bienaventurados
los pobres de espíritu, porque de ellos
será el reino de los cielos” (Mt 5,3).
Una mirada a una página de San Pablo en
la Carta a los filipenses trata sobre ...la pobreza
total y voluntaria de Nuestro Señor, y sobre
esto es así como escribe: “... tened
los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús
quien, existiendo en forma de Dios no reputó como
botín (codiciable) ser igual a Dios, antes
se anonadó, tomando la forma de siervo y
haciéndose semejante a los hombres; y en
la condición de hombre se humilló,
hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz”(Flp.
2,5-8).
En las capillas de nuestros barrios, en las comunidades
marginadas de las ciudades compartimos la sencillez
y la humildad de nuestra querida gente pobre. Quien
tiene su humilde trabajito de picador de caña
en la hacienda, del conserje, del jardinero. Del
que vende en el puestecito de la esquina, el vendedor
de piraguas, la cocinera, la lavandera o la costurera.
Del conductor de carros públicos, del peón
de camiones, del carpintero, del albañil.
Ellos también van a la iglesia a adorar
a Cristo, al Dios hecho hombre que por ser hijo
de un carpintero y una sencilla ama de casa, nos
dio el mejor ejemplo de sencillez, y de humildad.
Y con su ternura habitual acuden ante el Santísimo
Sacramento para compartir sus diarias dificultades
y problemas. Porque como decía José Martí, “Con
los pobres de mi tierra, quiero siempre compartir”.
Y nuestra gente comparte tanto sus alegrías
como sus tristezas, con Cristo, quien está siempre
entre los pobres.
Muy adecuadas fueron las palabras de San Pablo,
a los Coritnios, cuando les señaló: “Pues
conocéis la gracia de nuestro Señor
Jesucristo, que, siendo rico, se hizo pobre por
amor nuestro, para que vosotros fueséis
ricos, por su pobreza.” (2 Cor 8,9).
(El autor es Profesor Emérito de la Pontificia
Universidad Católica de Puerto Rico.)