Edición 38 •  18 al 24 de septiembre de 2005
Hoy es lunes, 21 de mayo de 2012

Cristo entre los pobres

Carlos Méndez Santos
Para El Visitante

Caminando por nuestros barrios, observamos cómo trasciende la figura de Cristo entre los pobres. La ancianita que madruga para ir a misa, a la cercana parroquia. Los niños que van a comulgar, muchas veces con sus zapatitos rotos o el pantaloncito o la blusita con remiendos. El monaguillo que se apresura para tocar las campanas del templo. La señora que va con su hábito, con el cual “paga una promesa” a la Virgen del Carmen.

En cada uno de esos seres humanos vive la figura del Hijo de Dios, que nació entre los pobres y cuyo ejemplo sigue nuestra gente. Con una “típica y ejemplar intención”, Cristo se presentó de manera pobre a la humanidad. Y su ejemplo está ahí.

La pobreza, podemos decir, “... es el gran secreto del atractivo de Jesús.” Algunos textos del Nuevo Testamento hablan del tema de la pobreza como lo principal, lo más importante “... del hecho cristiano.” Leyendo las tan conocidas y tantas veces citadas bienaventuranzas podemos señalar la que dice “... bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos será el reino de los cielos” (Mt 5,3).

Una mirada a una página de San Pablo en la Carta a los filipenses trata sobre ...la pobreza total y voluntaria de Nuestro Señor, y sobre esto es así como escribe: “... tened los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús quien, existiendo en forma de Dios no reputó como botín (codiciable) ser igual a Dios, antes se anonadó, tomando la forma de siervo y haciéndose semejante a los hombres; y en la condición de hombre se humilló, hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz”(Flp. 2,5-8).

En las capillas de nuestros barrios, en las comunidades marginadas de las ciudades compartimos la sencillez y la humildad de nuestra querida gente pobre. Quien tiene su humilde trabajito de picador de caña en la hacienda, del conserje, del jardinero. Del que vende en el puestecito de la esquina, el vendedor de piraguas, la cocinera, la lavandera o la costurera. Del conductor de carros públicos, del peón de camiones, del carpintero, del albañil. Ellos también van a la iglesia a adorar a Cristo, al Dios hecho hombre que por ser hijo de un carpintero y una sencilla ama de casa, nos dio el mejor ejemplo de sencillez, y de humildad.

Y con su ternura habitual acuden ante el Santísimo Sacramento para compartir sus diarias dificultades y problemas. Porque como decía José Martí, “Con los pobres de mi tierra, quiero siempre compartir”. Y nuestra gente comparte tanto sus alegrías como sus tristezas, con Cristo, quien está siempre entre los pobres.

Muy adecuadas fueron las palabras de San Pablo, a los Coritnios, cuando les señaló: “Pues conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que, siendo rico, se hizo pobre por amor nuestro, para que vosotros fueséis ricos, por su pobreza.” (2 Cor 8,9).

(El autor es Profesor Emérito de la Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico.)

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