“La adoración eucarística
fuera de la Misa debe ser durante este año
un objetivo especial para las comunidades religiosas
y parroquiales. Postrémonos largo rato ante
Jesús presente en la Eucaristía,
reparando con nuestra fe y nuestro amor los descuidos,
los olvidos e incluso los ultrajes que nuestro
Salvador padece en tantas partes del mundo. Profundicemos
nuestra contemplación personal y comunitaria
en la adoración, con la ayuda de reflexiones
y plegarias centradas siempre en la Palabra de
Dios y en la experiencia de tantos místicos
antiguos y recientes.”
Carta
Apostólica Mane
Nobiscum Domine -- Juan Pablo II
Vida
Eucarística
es
vivir unidos a Jesús sacramentado
Se puede comparar la Eucaristía en nuestra
vida a lo que es el sol en la vida física
del mundo: luz, vida, calor. Imaginemos lo que
sería del mundo si se pusiera el sol una
tarde para no volver a amanecer más. Las
tinieblas envolverían de nuevo a la tierra
como en el comienzo de la creación; el frío
se apoderaría inexorablemente de todo: la
vida iría desapareciendo por doquier. Los
hombres podrían vivir todavía durante
algún tiempo de los bienes acumulados y
servirse de la luz artificial para iluminar su
lenta agonía; pero sería una vida
crepuscular, que acabaría en la muerte de
todo y de todos. Lo mismo sería de la vida
espiritual sin Jesús, y sobre todo sin Jesús
eucarístico, que vive entre nosotros, como único
y verdadero amigo, y nos escucha, nos ayuda, nos
alimenta.
El es sol de nuestras almas, que nos da luz,
calor, y consuelo. ¿Que estamos angustiados, sin
confianza, abrumados bajo el peso de la cruz, o
bajo el peso doloroso y humillante de nuestros
pecados? Vayamos a Jesús con humildad, arrepentimiento,
amor; tengamos confianza; El nos ayudará a
llevar nuestra cruz, nos purificará de nuestros
pecados, y nos dará fuerza sobrenatural
para no volver a caer.
Cuidemos de vivir unidos a El por medio de la
comunión
frecuente, de la visita diaria al Sagrario, de
la comunión espiritual cuando no podemos
recibir la sacramental, de las jaculatorias frecuentes
y fervorosas, que deben brotar del corazón
siempre que la cruz pesa sobre nuestros hombros
o que las tentaciones nos hacen vacilar, o cuando
el asalto violento de las cosas del mundo quiere
envolver en la niebla el cielo azul de nuestras
almas.
Se hacen largos viajes para visitar los santuarios
más celebrados, como Loreto, Lourdes, Fátima
o los santos lugares de Palestina. Esto es ciertamente
cosa buena, pero recordemos lo que decía
el P. Juan de Avila: El santuario más ilustre
y amable lo tenemos cercano a nosotros, y es cualquiera
de las iglesias en que se esconde Jesús
eucarístico en el Sagrario. No encontraremos
allí precisamente una estatua venerable,
sino a Jesús mismo, vivo y deseoso de acogernos,
de perdonarnos, de consolarnos, de ayudarnos, de
amarnos.
Con razón los santos no han encontrado mayor
placer en la tierra que permanecer en coloquio
en la presencia del Santísimo Sacramento;
en eso han encontrado el paraíso.
La vida eucarística, o sea la vida siempre
unida a Jesús sacramentado, sobre todo por
medio de la comunión diaria, nos transforma
y casi nos diviniza y hace santos. Ella conserva
y aumenta en nosotros la gracia, que es la vida
sobrenatural del alma. Pero hay que observar que
la Eucaristía por sí no da la gracia,
porque es sacramento de vivos; es un alimento,
y el alimento no se da a los muertos, sino a los
vivos; por tanto es preciso que nos acerquemos
a ella puros y limpios de pecado. Además
la comunión perdona nuestros pecados veniales,
nos fortifica en nuestros buenos propósitos,
y nos da el ardor de la caridad. Los pecados veniales
son una enfermedad y debilidad del alma; y así como
el alimento material quita la debilidad, la languidez,
la predisposición a las enfermedades, del
mismo modo el alimento eucarístico hace
otro tanto en el orden sobrenatural.
Y precisamente porque la Eucaristía aumenta
el fervor de la caridad, y hace imposible no amar
a Jesús con todas las fuerzas de nuestra
alma al pensar en el amor infinito que nos ha tenido,
la consecuencia es que la Comunión debilita
las malas tentaciones, y extingue y ahoga las llamas
de la malsana concupiscencia.
Eucaristía y pecado son términos
que se excluyen mutuamente, porque la Eucaristía
es Jesús, y el pecado es el demonio. Además
el alimento eucarístico, recibido con las
debidas disposiciones y sobre todo con ardiente
amor, produce en nuestras almas un consuelo espiritual
y una dulzura tan inefable, que nos hace gustar
las alegrías del cielo.
El sentir a Jesús, que vive en nosotros,
que palpita al unísono de nuestro pobre
corazón, nos hace olvidar las cosas todas
del mundo y nos eleva a un orden superior, en que
reina Dios con su bondad infinita, y en que florece
la virtud bajo la luz y el calor de la gracia.
Fuente: Meditaciones
Mons. Antonio Bacci (Mensajero)