El
amor del Padre Pío a la Eucaristía
María A. Rivera Nieves
Para EL VISITANTE
En el poco tiempo que queda para concluir la
celebración
del Año de la Eucaristía, busquemos
adentrarnos todavía más en esa propuesta
de Juan Pablo II. Entonces, nada mejor que citar
de inicio unas palabras de San Pío de Pietrelcina,
a la vez que nos unimos a la Iglesia en su memoria
litúrgica el 23 de septiembre. Dijo él: “La
santa misa es como un vale que nos ha dejado Cristo,
y con el cual nos presentamos al Padre para alcanzar
del tesoro de los frutos de la cruz y cuanto necesitamos
para nuestra salvación. En la Santa Misa
Cristo acoge nuestras súplicas, las rectifica
y mejora según su sabiduría y luego,
personalmente, las presenta al Padre, refiriéndose
al sacrificio infinito ofrecido en la cruz”.Através
de la correspondencia del Padre Pío con
sus directores espirituales, como también
de aquella con sus hijas espirituales, de los escritos
de su archivo personal, su biografía y otras
fuentes de información, se reconoce que
para él, Jesús en la Eucaristía
era el centro de su vida espiritual. Tanto así,
que se mantenía constantemente en conversación
con Jesús delante del sagrario, hora tras
hora y día tras día.
El pensamiento, la mirada, los deseos y anhelos
de Padre Pío nunca se apartaron de Jesús
Sacramentado de quien se sentía atraído
por una fuerza potentísima. A su director
espiritual, Padre Benedetto, en fecha de marzo
29 de 1911 el Padre Pío le escribía “...
lo que más me duele Padre mío, es
el pensar en Jesús Sacramentado. En las
mañanas antes de unirme a El a través
del sacramento, mi corazón se siente atraído
por una fuerza superior. Siento tal hambre y tal
sed antes de recibirlo, que pareciera que fuera
a morir de ansiedad, y es por lo que no puedo dejar
de unirme a El”. Y expresaba también: “Podría
decirle muchas cosas, pero no encuentro palabras,
sólo le digo que cuando estoy con Jesús
Sacramentado, los latidos de mi corazón
son muy fuertes. Y a veces hasta parece que se
me quisiera salir del pecho. En ocasiones, mientras
estoy en el Altar, siento tal encendimiento en
toda mi persona que no puedo describirlo” (Epist
I, 234).
Información sobre su vida revela que cuando
el Padre Pío no podía celebrar la
Eucaristía debido a sus numerosas y extrañas
enfermedades, los médicos, notando el desgaste
físico en él, le urgían comer
para reponer sus fuerzas. El Padre Pío respondía
que él poseía un pan, un alimento,
mucho más efectivo y saludable: “La
Eucaristía”, y expresaba: “...
a veces, hasta con fiebre me siento compelido a
alimentarme de Jesús en la Eucaristía.
Y esta hambre y sed, en lugar de quedar satisfecho
después de haberlo recibido en el Sacramento
se acrecientan aún más.” (Epist
I, 217).
Mediante los escritos sobre el Padre Pío
se conoce que él comía muy poco y
perdía como promedio diariamente la cantidad
equivalente a una taza de café con motivo
del sangrado de las estigmas. Por ello, su salud
física era un misterio dado que ninguna
persona podría ser capaz de vivir tantos
años (82 años de edad) sin apenas
comer, trabajando en exceso y con la pérdida
diaria de sangre proveniente de las estigmas. Aún
así, nos relata el Padre Agostino de San
Marcos in Lamir, director espiritual del Padre
Pío, que estando muy enfermo estuvo 21 días
sin ningún alimento, excepto la comunión.
También conviene señalar que en el
tiempo de la Cuaresma el Padre Pío se sostenía únicamente
de Jesús en la Eucaristía durante
esos 40 días. Era, pues, la Eucaristía
la que diariamente Padre Pío tomaba; la
que le daba su vigor y fuerza año tras año.
Sin lugar a dudas, la Comunión para Padre
Pío era la vida misma. El 18 de abril de
1912 escribía a su director espiritual: “A
duras penas pude trasladarme hacia el Prisionero
Divino para celebrar la Santa Misa. Después
me quedé con Jesús, para rendirle
gracias. ¡Oh, cuán suave fue el coloquio
que sostuve con el paraíso esta mañana!
... El corazón de Jesús y el mío,
permítame la expresión, se fundieron
en uno. Ya no eran dos corazones que latían,
sino uno solo. Mi corazón había desaparecido,
al igual que una gota de agua desaparece en el
mar.” (Epist I, 273). Y expresaba también
Padre Pío: “cuando me encuentro en
posesión de este sumo Bien, entonces sí que
el aumento de la dulzura es tan grande que poco
falta para decirle a Jesús: ¡Basta
que no puedo más! Casi me olvido de que
vivo en el mundo. Entonces la mente y el corazón
no desean nada durante mucho tiempo, aún
voluntariamente no me es posible desear otra cosa” (Epist
I, 217).
Y respecto a su dirección espiritual a las
almas deseosas de alcanzar la perfección
cristiana Padre Pío insistía siempre
en el amor a la Eucaristía y la comunión
diaria. Como enseñanza expresaba “La
santísima Eucaristía es el gran medio
para aspirar a la perfección, pero es necesario
recibirla con el deseo y con el empeño de
quitar del corazón todo lo que desagrada
a Aquél que deseamos alojar.”
“
A veces me pregunto si habrá almas que no
sientan arder su pecho en el fuego divino, sobre
todo cuando están ante Jesús Sacramentado.
A mí me parece que esto es imposible, especialmente
si se trata de un sacerdote o religioso. Tal vez
las almas que dicen no sentir este fuego, no se
den cuenta de él por ser más fervorosas
que yo. Solamente así convengo con ellas
y no les tacho de mentirosas.” (Epist I,
317).
Y con gran celo Padre Pío nos urge a todos
diciendo: “Acerquémonos a recibir
el manjar de los ángeles... y esperemos,
de parte de este dulcísimo amante de nuestras
almas, el ser consolados en nuestra vida con el
beso de su boca... entonces sí que sentiremos
que nuestra voluntad está siempre indivisiblemente
ligada con la de Jesús. Y nada en el mundo
podrá impedirnos tener un deseo que no sea
el del divino Maestro.” (RC).
Pidamos la gracia de amor a Jesús deseando
ardientemente el beso divino, el cual recibimos
por el mismo Jesús en el Santísimo
Sacramento.
(La autora es terciaria carmelita y devota de
Padre Pío de Pietrelcina.)