Edición 38 •  18 al 24 de septiembre de 2005
Hoy es miércoles, 8 de febrero de 2012

El amor del Padre Pío a la Eucaristía

María A. Rivera Nieves
Para EL VISITANTE

En el poco tiempo que queda para concluir la celebración del Año de la Eucaristía, busquemos adentrarnos todavía más en esa propuesta de Juan Pablo II. Entonces, nada mejor que citar de inicio unas palabras de San Pío de Pietrelcina, a la vez que nos unimos a la Iglesia en su memoria litúrgica el 23 de septiembre. Dijo él: “La santa misa es como un vale que nos ha dejado Cristo, y con el cual nos presentamos al Padre para alcanzar del tesoro de los frutos de la cruz y cuanto necesitamos para nuestra salvación. En la Santa Misa Cristo acoge nuestras súplicas, las rectifica y mejora según su sabiduría y luego, personalmente, las presenta al Padre, refiriéndose al sacrificio infinito ofrecido en la cruz”.Através de la correspondencia del Padre Pío con sus directores espirituales, como también de aquella con sus hijas espirituales, de los escritos de su archivo personal, su biografía y otras fuentes de información, se reconoce que para él, Jesús en la Eucaristía era el centro de su vida espiritual. Tanto así, que se mantenía constantemente en conversación con Jesús delante del sagrario, hora tras hora y día tras día.

El pensamiento, la mirada, los deseos y anhelos de Padre Pío nunca se apartaron de Jesús Sacramentado de quien se sentía atraído por una fuerza potentísima. A su director espiritual, Padre Benedetto, en fecha de marzo 29 de 1911 el Padre Pío le escribía “... lo que más me duele Padre mío, es el pensar en Jesús Sacramentado. En las mañanas antes de unirme a El a través del sacramento, mi corazón se siente atraído por una fuerza superior. Siento tal hambre y tal sed antes de recibirlo, que pareciera que fuera a morir de ansiedad, y es por lo que no puedo dejar de unirme a El”. Y expresaba también: “Podría decirle muchas cosas, pero no encuentro palabras, sólo le digo que cuando estoy con Jesús Sacramentado, los latidos de mi corazón son muy fuertes. Y a veces hasta parece que se me quisiera salir del pecho. En ocasiones, mientras estoy en el Altar, siento tal encendimiento en toda mi persona que no puedo describirlo” (Epist I, 234).

Información sobre su vida revela que cuando el Padre Pío no podía celebrar la Eucaristía debido a sus numerosas y extrañas enfermedades, los médicos, notando el desgaste físico en él, le urgían comer para reponer sus fuerzas. El Padre Pío respondía que él poseía un pan, un alimento, mucho más efectivo y saludable: “La Eucaristía”, y expresaba: “... a veces, hasta con fiebre me siento compelido a alimentarme de Jesús en la Eucaristía. Y esta hambre y sed, en lugar de quedar satisfecho después de haberlo recibido en el Sacramento se acrecientan aún más.” (Epist I, 217).

Mediante los escritos sobre el Padre Pío se conoce que él comía muy poco y perdía como promedio diariamente la cantidad equivalente a una taza de café con motivo del sangrado de las estigmas. Por ello, su salud física era un misterio dado que ninguna persona podría ser capaz de vivir tantos años (82 años de edad) sin apenas comer, trabajando en exceso y con la pérdida diaria de sangre proveniente de las estigmas. Aún así, nos relata el Padre Agostino de San Marcos in Lamir, director espiritual del Padre Pío, que estando muy enfermo estuvo 21 días sin ningún alimento, excepto la comunión. También conviene señalar que en el tiempo de la Cuaresma el Padre Pío se sostenía únicamente de Jesús en la Eucaristía durante esos 40 días. Era, pues, la Eucaristía la que diariamente Padre Pío tomaba; la que le daba su vigor y fuerza año tras año.

Sin lugar a dudas, la Comunión para Padre Pío era la vida misma. El 18 de abril de 1912 escribía a su director espiritual: “A duras penas pude trasladarme hacia el Prisionero Divino para celebrar la Santa Misa. Después me quedé con Jesús, para rendirle gracias. ¡Oh, cuán suave fue el coloquio que sostuve con el paraíso esta mañana! ... El corazón de Jesús y el mío, permítame la expresión, se fundieron en uno. Ya no eran dos corazones que latían, sino uno solo. Mi corazón había desaparecido, al igual que una gota de agua desaparece en el mar.” (Epist I, 273). Y expresaba también Padre Pío: “cuando me encuentro en posesión de este sumo Bien, entonces sí que el aumento de la dulzura es tan grande que poco falta para decirle a Jesús: ¡Basta que no puedo más! Casi me olvido de que vivo en el mundo. Entonces la mente y el corazón no desean nada durante mucho tiempo, aún voluntariamente no me es posible desear otra cosa” (Epist I, 217).

Y respecto a su dirección espiritual a las almas deseosas de alcanzar la perfección cristiana Padre Pío insistía siempre en el amor a la Eucaristía y la comunión diaria. Como enseñanza expresaba “La santísima Eucaristía es el gran medio para aspirar a la perfección, pero es necesario recibirla con el deseo y con el empeño de quitar del corazón todo lo que desagrada a Aquél que deseamos alojar.”

“ A veces me pregunto si habrá almas que no sientan arder su pecho en el fuego divino, sobre todo cuando están ante Jesús Sacramentado. A mí me parece que esto es imposible, especialmente si se trata de un sacerdote o religioso. Tal vez las almas que dicen no sentir este fuego, no se den cuenta de él por ser más fervorosas que yo. Solamente así convengo con ellas y no les tacho de mentirosas.” (Epist I, 317).

Y con gran celo Padre Pío nos urge a todos diciendo: “Acerquémonos a recibir el manjar de los ángeles... y esperemos, de parte de este dulcísimo amante de nuestras almas, el ser consolados en nuestra vida con el beso de su boca... entonces sí que sentiremos que nuestra voluntad está siempre indivisiblemente ligada con la de Jesús. Y nada en el mundo podrá impedirnos tener un deseo que no sea el del divino Maestro.” (RC).

Pidamos la gracia de amor a Jesús deseando ardientemente el beso divino, el cual recibimos por el mismo Jesús en el Santísimo Sacramento.

(La autora es terciaria carmelita y devota de Padre Pío de Pietrelcina.)

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