Benedicto
XVI
La
Eucaristía revive la pasión,
muerte y resurrección de Cristo
Extractos de la
meditación sobre la fiesta
de la Exaltación de la Santa Cruz.
En el Año dedicado a la Eucaristía,
esta celebración cobra un significado particular:
nos invita a meditar en el profundo e indisoluble
lazo que une la celebración eucarística
con el misterio de la Cruz. Cada santa misa, de hecho,
actualiza el sacrificio redentor de Cristo. Al Gólgota
y a la «hora» de la muerte en la cruz
--escribe el querido Juan Pablo II en la encíclica «Ecclesia
de Eucharistia»-- «vuelve espiritualmente
todo presbítero que celebra la Santa Misa,
junto con la comunidad cristiana que participa en
ella» (n. 4).
La Eucaristía es por tanto el memorial de
todo el misterio pascual: pasión, muerte,
descenso a los infiernos, resurrección y ascensión
al cielo, y la Cruz es la manifestación impactante
del acto de amor infinito con el que el Hijo de Dios
ha salvado al hombre y al mundo del pecado y de la
muerte. Por este motivo, el signo de la Cruz es el
gesto fundamental de la oración del cristiano.
Hacerse el signo de la Cruz es pronunciar un «sí» visible
y publico a quien murió por nosotros y resucitó,
al Dios que en la humildad y debilidad de su amor
es el Omnipotente, más fuerte que toda la
potencia y la inteligencia del mundo.
Después de la consagración, la asamblea
de los fieles, consciente de estar ante la presencia
real de Cristo crucificado y resucitado, hace esta
aclamación: «Anunciamos tu muerte, proclamamos
tu resurrección, ¡ven Señor Jesús!».
Con los ojos de la fe la comunidad reconoce a Jesús
vivo con los signos de su pasión y, junto
a Tomás, llena de maravilla, puede repetir: «Señor
mío y Dios mío» (Juan 20, 28).
La Eucaristía es misterio de muerte y de gloria
como la Cruz, que no es un incidente en el camino,
sino el pasaje por el que Cristo entró en
su gloria y reconcilió a la humanidad entera,
derrotando toda enemistad. Por este motivo, la liturgia
nos invita a implorar con esperanza confiada: «Mane
nobiscum, Domine!» ¡Quédate con
nosotros, Señor, que por tu santa cruz has
redimido al mundo!
María, presente en el Calvario ante la Cruz,
está también con la Iglesia y como
Madre de la Iglesia, en cada una de nuestras celebraciones
eucarísticas (Cf. encíclica «Ecclesia
de Eucharistia», 57). Por este motivo, nadie
mejor que ella nos puede enseñar a comprender
y a vivir con fe y amor la santa Misa, uniéndonos
al sacrificio redentor de Cristo. Cuando recibimos
la santa comunión, como María y unidos
a ella, nos abrazamos al madero que Jesús
con su amor ha transformado en instrumento de salvación
y pronunciamos nuestro «amén»,
nuestro «sí» al Amor crucificado
y resucitado.
(Palabras del Papa Benedicto XVI durante el rezo
del Ángelus el 11 de septiembre en Castelgandolfo,
Italia).