Un centenario abrazo de fraternidad
Fray Yamil Samalot Rivera, O.P.
Para EL VISITANTE
Según una Antigua tradición, Santo
Domingo de Guzmán, cuya fiesta celebramos
el 8 de agosto, y San Francisco de Asís,
se encontraron una vez en Roma. Estos dos grandes
santos medievales inmortalizaron un abrazo que
indicaba cómo debían ambas órdenes,
la de los Frailes Predicadores y la de los Frailes
Menores, colaborar en fraternidad a través
de los siglos. Este centenario abrazo nos lo dimos
una vez más franciscanos y dominicos en
medio de la Eucaristía en la Iglesia Nuestra
Señora del Carmen de Cataño, presidida,
como es tradición, por un franciscano. En
esta ocasión, presidió Fray Alberto
Figueroa, OFM. Cap., Vice Provincial de los capuchinos,
quien invitó en su homilía a ambas órdenes
a hacer concreto el “centenario abrazo” de
los fundadores a través de una colaboración
en nuestra misión en Puerto Rico. Junto
a él, concelebró el Custodio de los
Frailes Menores, Fray Luis Olmo, OFM., y el Vicario
General de los Frailes Predicadores, Fray Marcos
Espinel, O.P.
La misa en honor al Padre de los
Predicadores se vio engalanada por tantos otros
frailes menores
y capuchinos, y por representantes de todas las
ramas de la Familia Dominica: frailes de las diversas
comunidades en Puerto Rico, hermanas de las congregaciones
de la Santa Cruz (Amityville), de Fátima,
Jesús mediador y de la Presentación;
laicos de las fraternidades y de nuestras parroquias.
Además, se sintió la presencia espiritual
de nuestras monjas del monasterio Madre de Dios
(Utuado) a través de una carta que nos fue
leída. El ministerio de música del
Santuario Nacional a San Martín de Porres
nos invitó a alabar y a bendecir a Dios
por la vocación común recibida de
contemplar y dar a los demás el fruto de
la contemplación.

Al centro, el Viceprovincial de los
Padres Capuchinos, Padre Alberto Figueroa, junto
al Padre Marcos Espinel, Vicario de los Padres
Dominicos y el Padre Luis Olmo, superior de los
Padres Franciscanos Menores, concelebran junto
a otros sacerdotes dominicos, franciscanos y capuchinos.
Santo Domingo de Guzmán (España,
1170 – Italia. 1221), atento a la necesidad
de saciar el hambre de verdad que tenía
la gente con la que se topó al sur de Francia,
gente al embate de una herejía que destruía
la propia dignidad del ser humano, concibió una
orden de hermanos que dedicados a la oración
y al estudio asiduo de la Palabra de Dios, se entregaran
en comunidad a predicar la Buena Noticia que hace
libre (Jn 8, 31-32). En 1215, nacía la primera
comunidad de frailes predicadores que, al amparo
de la oración de las monjas dominicas fundadas
en 1206, se desperdigaron luego por toda Europa.
Santo Domingo enviaba a sus frailes a fundar conventos
en las ciudades universitarias para que se formaran
bien, influir en el mismo meollo en donde se cocinaban
los problemas acuciantes de la época, y
para reclutar jóvenes estudiantes y profesores
que quisiesen ser parte de la Santa Predicación.
Herederos de su carisma han sido santos y santas
como Catalina de Siena, Tomás de Aquino,
Alberto Magno, el mártir Pedro de Verona,
Rosa de Lima, Martín de Porres, y nuestra
Madre Dominga Guzmán.
Este año en el que el Vicariato General
de la Santa Cruz continúa celebrando con
agradecimiento cien años de la restauración
de la presencia dominica en Puerto Rico por los
frailes de Holanda (su llegada a Bayamón,
Cataño e Isabela), con más razón
nos dirigimos a nuestro Padre Fundador para suplicarle: “Oh
Luz de la Iglesia, Doctor de la Verdad… Predicador
de la Gracia, únenos a los santos.”