La rutina espiritual, ruina del alma
P. José P. Benabarre Vigo
benigno_benabarre@hotmail.com
Para EL VISITANTE
Mi amigo el Diccionario de la Lengua Española,
de la Real Academia Española, define la
palabra rutina como “costumbre inveterada,
hábito adquirido de hacer cosas por mera
práctica y sin razonarlas”.
Hay rutinas que en la vida diaria son tolerables
y aceptadas. Por ejemplo, el saludar a las personas
con quienes nos cruzamos en la calle, Les decimos
buenos días o cosa semejante, y seguimos
nuestro camino, sin dar mayor importancia al encuentro.
Pero en la vida espiritual la rutina mancha y
desvirtúa
todo. Se hace la señal de la cruz –símbolo
tan significativo, cuando se hace bien,- sin fijarse
en lo que se dice, haciendo, muchas veces en vez
de una cruz, un grotesco garabato. Se va a misa
los domingos no para adorar y alabar a Dios en
comunidad, sino porque esa es la costumbre, o para
evitar el pecado mortal. Se comulga no porque se
tenga hambre de Dios –único justificante-,
sino porque se tiene la costumbre, o se ve pasar
a otros a comulgar. Se reza algo antes de acostarse,
porque así nos lo enseñó la
abuelita, cuando la ocasión es tan propicia
para dar gracias a Dios por todos los beneficios
derramados sobre nosotros durante el día,
y pedirle perdón por las faltas cometidas.
La rutina es como el comején o anay, que,
dejando intacto el exterior de la madera, se la
come por dentro. La rutina no supone malas intenciones,
pero sí produce una vida disipada, espiritualmente
incolora.
Remedios contra la rutina
Los maestros de la vida espiritual nos ponen
en guardia contra la maldita rutina, que puede
adulterar
toda una vida de aparente sacrificio y buena oración.
Y nos insinúan tres antídotos para
vencerla: renovar frecuentemente nuestras buenas
intenciones, mortificar nuestra curiosidad, y hacer
un esfuerzo para fijar la mente en lo que estamos
haciendo.
1. Renovar frecuentemente nuestras buenas intenciones.
Las buenas intenciones pueden ser viciadas por
el egoísmo, unas veces claro y, otras, solapado.
El egoísta no busca nunca la gloria de Dios
ni el bien del prójimo, sino la satisfacción
de sus pasiones. En vez de buscar al Dios de los
consuelos, el egoísta siempre busca los
consuelos de Dios. La frecuente renovación
de nuestro buen deseo de agradar a Dios en todo,
hará que nuestras obras aparezcan y sean
buenas por dentro y por fuera. Y ya no habrá rutina,
sino virtud. Y aunque caigamos en la “rutina” de
hacerlo –aquí la rutina se convierte
en virtud-, será bueno que tengamos ciertos
momentos destinados a esa renovación de
los buenos propósitos e intenciones. Esos
momentos podrían ser al levantarnos –bastaría
medio minuto de rodillas-, al bendecir las comidas,
al comenzar nuestro trabajo principal, y antes
de acostarnos. No necesitamos palabras. Basta un
acto de la mente.
2. Mortificar nuestra curiosidad. En la vida
del espíritu, la curiosidad es enemiga del alma,
y nos distrae y hace rutinarios nuestros actos
piadosos cuantos son los modos de distraerse que
tenemos a nuestro alcance. Si tuviéramos
siempre nuestra mente y voluntad en nuestro último
fin: Dios y sus intereses, y esto de modo pensado
y razonado, la rutina no sería uno de nuestros
peores enemigos.
De la infinidad de cosas buenas que hay en el
mundo, será bueno que sólo demostremos interés
por aquellas que nos ayuden a ser mejores ante
Dios y los hombres. Y las muchas cosas malas que
andan por esos mundos –que no son los de
Dios-, será mejor que, ni por curiosidad,
la miremos. Nos distraerán, y las distracciones
nos harán caer en la rutina cuando oremos.
3. Fijar la mente en lo que estamos haciendo.
Fijar la mente en lo bueno que hacemos, evitando
así las
distracciones, es el arma principal para no caer
en la rutina, o para salir de ella, durante la
oración y otros ejercicios de piedad. Los
latinos tenían la frase “age quod
agis”, que expresa de modo gráfico
lo que quiero decir: haz lo que haces, no pienses,
desees o hagas otra cosa que la que estás
haciendo; fija tu mente en lo que tienes entre
manos, dices con tu boca o recuerdas en tu memoria.
Bien sé que esto no es fácil, y esto
por experiencia propia y ajena. De esa dificultad
se lamentaba, incluso, la gran mística de
Avila, que llamaba a la (¿su?) Imaginación
la loca de casa.
¿
Qué remedio tenemos contra esa enfermedad?
Hay uno tan eficaz como difícil de cumplir:
llevar una vida tan ordenada y piadosa que, por
una parte, se nutra de lecturas santas y ejercicios
de piedad; y, por otra, evite que entren en la
mente e imaginación ideas e imágenes
inconvenientes, mundanas o tontas. Una comparación.
Si yo lleno de agua pura una botella, agua pura
saldrá de ella; y si la lleno de agua fangosa
y corrompida, eso y no otra cosa, por más
que yo no quiera, saldrá de la botella.
Igualmente, si durante el día dejamos llenar
la mente de imágenes o ideas inconvenientes,
seguro que nos distraeremos durante la oración,
convirtiéndola en mera rutina. Ojo, pues,
con la radio y la televisión y con las revistas
mundanas.
Se dice que un santo monje decía a su imaginación
antes de entrar en la iglesia para la recitación
del Oficio divino: “fea, quédate aquí fuera
hasta que termine de rezar.” Ciertamente
buen remedio, pero al alcance de pocos.