Edición 39 •  25 de septiembre al 1 de octubre de 2005
Hoy es martes, 7 de febrero de 2012

La rutina espiritual, ruina del alma

P. José P. Benabarre Vigo
benigno_benabarre@hotmail.com
Para EL VISITANTE

Mi amigo el Diccionario de la Lengua Española, de la Real Academia Española, define la palabra rutina como “costumbre inveterada, hábito adquirido de hacer cosas por mera práctica y sin razonarlas”.

Hay rutinas que en la vida diaria son tolerables y aceptadas. Por ejemplo, el saludar a las personas con quienes nos cruzamos en la calle, Les decimos buenos días o cosa semejante, y seguimos nuestro camino, sin dar mayor importancia al encuentro.

Pero en la vida espiritual la rutina mancha y desvirtúa todo. Se hace la señal de la cruz –símbolo tan significativo, cuando se hace bien,- sin fijarse en lo que se dice, haciendo, muchas veces en vez de una cruz, un grotesco garabato. Se va a misa los domingos no para adorar y alabar a Dios en comunidad, sino porque esa es la costumbre, o para evitar el pecado mortal. Se comulga no porque se tenga hambre de Dios –único justificante-, sino porque se tiene la costumbre, o se ve pasar a otros a comulgar. Se reza algo antes de acostarse, porque así nos lo enseñó la abuelita, cuando la ocasión es tan propicia para dar gracias a Dios por todos los beneficios derramados sobre nosotros durante el día, y pedirle perdón por las faltas cometidas.

La rutina es como el comején o anay, que, dejando intacto el exterior de la madera, se la come por dentro. La rutina no supone malas intenciones, pero sí produce una vida disipada, espiritualmente incolora.

Remedios contra la rutina

Los maestros de la vida espiritual nos ponen en guardia contra la maldita rutina, que puede adulterar toda una vida de aparente sacrificio y buena oración. Y nos insinúan tres antídotos para vencerla: renovar frecuentemente nuestras buenas intenciones, mortificar nuestra curiosidad, y hacer un esfuerzo para fijar la mente en lo que estamos haciendo.

1. Renovar frecuentemente nuestras buenas intenciones. Las buenas intenciones pueden ser viciadas por el egoísmo, unas veces claro y, otras, solapado. El egoísta no busca nunca la gloria de Dios ni el bien del prójimo, sino la satisfacción de sus pasiones. En vez de buscar al Dios de los consuelos, el egoísta siempre busca los consuelos de Dios. La frecuente renovación de nuestro buen deseo de agradar a Dios en todo, hará que nuestras obras aparezcan y sean buenas por dentro y por fuera. Y ya no habrá rutina, sino virtud. Y aunque caigamos en la “rutina” de hacerlo –aquí la rutina se convierte en virtud-, será bueno que tengamos ciertos momentos destinados a esa renovación de los buenos propósitos e intenciones. Esos momentos podrían ser al levantarnos –bastaría medio minuto de rodillas-, al bendecir las comidas, al comenzar nuestro trabajo principal, y antes de acostarnos. No necesitamos palabras. Basta un acto de la mente.

2. Mortificar nuestra curiosidad. En la vida del espíritu, la curiosidad es enemiga del alma, y nos distrae y hace rutinarios nuestros actos piadosos cuantos son los modos de distraerse que tenemos a nuestro alcance. Si tuviéramos siempre nuestra mente y voluntad en nuestro último fin: Dios y sus intereses, y esto de modo pensado y razonado, la rutina no sería uno de nuestros peores enemigos.

De la infinidad de cosas buenas que hay en el mundo, será bueno que sólo demostremos interés por aquellas que nos ayuden a ser mejores ante Dios y los hombres. Y las muchas cosas malas que andan por esos mundos –que no son los de Dios-, será mejor que, ni por curiosidad, la miremos. Nos distraerán, y las distracciones nos harán caer en la rutina cuando oremos.

3. Fijar la mente en lo que estamos haciendo. Fijar la mente en lo bueno que hacemos, evitando así las distracciones, es el arma principal para no caer en la rutina, o para salir de ella, durante la oración y otros ejercicios de piedad. Los latinos tenían la frase “age quod agis”, que expresa de modo gráfico lo que quiero decir: haz lo que haces, no pienses, desees o hagas otra cosa que la que estás haciendo; fija tu mente en lo que tienes entre manos, dices con tu boca o recuerdas en tu memoria.

Bien sé que esto no es fácil, y esto por experiencia propia y ajena. De esa dificultad se lamentaba, incluso, la gran mística de Avila, que llamaba a la (¿su?) Imaginación la loca de casa.

¿ Qué remedio tenemos contra esa enfermedad? Hay uno tan eficaz como difícil de cumplir: llevar una vida tan ordenada y piadosa que, por una parte, se nutra de lecturas santas y ejercicios de piedad; y, por otra, evite que entren en la mente e imaginación ideas e imágenes inconvenientes, mundanas o tontas. Una comparación. Si yo lleno de agua pura una botella, agua pura saldrá de ella; y si la lleno de agua fangosa y corrompida, eso y no otra cosa, por más que yo no quiera, saldrá de la botella.

Igualmente, si durante el día dejamos llenar la mente de imágenes o ideas inconvenientes, seguro que nos distraeremos durante la oración, convirtiéndola en mera rutina. Ojo, pues, con la radio y la televisión y con las revistas mundanas.

Se dice que un santo monje decía a su imaginación antes de entrar en la iglesia para la recitación del Oficio divino: “fea, quédate aquí fuera hasta que termine de rezar.” Ciertamente buen remedio, pero al alcance de pocos.

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