Quienes clamaban en las calles
‡rabes contra Benedicto XVI, exigen al Santo Padre respeto para el Islam, y lo
hacen quemando su efigie con gasolina; protestan contra la ofensa a otra
religi—n, y lo hacen pegando fuego a las iglesias cristianas palestinas. Se
indignan porque el Papa recuerde que Mahoma asoci— fe y espada, y lo hacen
profetizando que el Islam entrar‡ a sangre y fuego en Roma.
1. Teolog’a; raz—n y voluntad
Apolog’a de la raz—n
El jueves pasado, de vuelta a su
vieja Universidad, Benedicto XVI se reœne con sus viejos colegas de aulas,
retrocede a su Žpoca de profesor universitario. En su discurso, la universidad
aparece como el reino de la libertad y de la raz—n, donde el escepticismo de
unos y la creencia de otros encuentran lo comœn en la bœsqueda de la verdad
mediante el di‡logo. El Papa entiende la universidad como la suma de libertad y
raz—n, elementos indisolubles y necesarios, donde la teolog’a se une a las
otras ciencias en una cohesi—n interior en el cosmos de la raz—n. En este
marco, el discurso ten’a que versar necesariamente, sobre la libertad, la raz—n
y la fe. Pero, globalizaci—n mediante, el tema desemboc—, d’as despuŽs, en la
apolog’a de la violencia y la irracionalidad, todo ello en nombre del di‡logo
entre culturas.
Pero ni el barbudo que se
manifiesta en Pakist‡n ni el periodista progresista espa–ol parecen querer leer
un discurso del Santo Padre que gira en torno a dos cuestiones
relacionadas: antropol—gicamente, la relaci—n entre fe y raz—n; teol—gicamente, la
relaci—n entre omnipotencia y omnisapiencia. Por eso la primera referencia
papal es una llamada a abordar racionalmente el hecho religioso; el
escepticismo racionalista puede convertirse en un dogma totalitario cuando
niega la legitimidad humana de preguntarse por Dios. Desde tierras alemanas,
las palabras de Benedicto XVI resuenan lejanas cuando creer en Dios es objeto
de mofa, de escarnio y de desprecio en el Viejo Continente, y cuando la
reflexi—n sobre la libertad se agota en justificar Gran Hermano, Aqu’ hay tomate o la obra de teatro Me
cago en Dios.
El tema central del discurso papal,
las relaciones entre fe y raz—n, parte de las relaciones originarias entre fe
cristiana y filosof’a griega. Benedicto XVI defiende c—mo cristianismo y
helenismo, fe y raz—n, confluyeron de una forma ins—lita y ejemplar. Y para
ilustrar la convergencia, cita la ya tristemente famosa conversaci—n entre
Manuel II y el comerciante persa. Y lo hace matizando de manera meticulosa.
Recuerda el di‡logo sincero entre el cristiano y el musulm‡n, en el que, de
repente, de manera sorprendentemente brusca, recalca el Papa, Manuel II espeta
a su compa–ero: MuŽstrame tambiŽn aquello que Mahoma ha tra’do de nuevo, y
encontrar‡s solamente cosas malvadas e inhumanas, como su directiva de difundir
por medio de la espada la fe que Žl predicaba.
El Papa no hace suyas las palabras
de Manuel II, sino que relata el transcurso de la conversaci—n, para llegar a
lo que verdaderamente le interesa, que es la conclusi—n del bizantino; La
afirmaci—n decisiva en esta argumentaci—n contra la conversi—n mediante la
violencia es: no actuar segœn la raz—n es contrario a la naturaleza de Dios. ÀPor quŽ citar para
ello a un emperador bizantino de hace siglos?, se pregunta el editorialista de The
Guardian
(s‡bado 16-09), que o no ha le’do o no ha entendido el discurso. ÒHubiera sido
mejor que hubiera buscado otra citaÓ, apostilla el editorialista de El Pa’s (s‡bado 16-09), que
advierte que muchos no comprender‡n el discurso filos—fico; vana ilusi—n, Žl no
se incluye entre ellos. Benedicto lo deja bastante claro.
Para quienes no han le’do m‡s all‡
del extracto polŽmico –otros como Antonio Gala (El Mundo, 17-09), parecen no
haber le’do siquiera el t’tulo-, Benedicto XVI recalca que la importancia de la
cita reside en el hecho de que Manuel II aparece como representante de la
ilustraci—n griega, de la filosof’a de S—crates, Arist—teles o Plat—n, segœn la
cual es posible acceder a Dios a travŽs de la raz—n: para el
emperador, como buen bizantino educado en la filosof’a griega, esta afirmaci—n
es evidente.
La cita no es gratuita ni prescindible, en la medida en que Manuel II aparece
como el ilustrado griego escandalizado ante la pretensi—n mahometana de
impulsar la religi—n mediante la espada. En la conversaci—n citada, Manuel II
no es el cristiano antimusulm‡n que los guardianes de la virtud en Occidente y
los guardianes de la fe islamista han caricaturizado; es el heredero de la
tradici—n racionalista griega espantado ante el uso de la violencia sobre el
di‡logo y la raz—n.
Dios como voluntad y como raz—n
Y es que la reflexi—n de Benedicto
XVI van m‡s all‡ del cristianismo, del Islam y de la propia religi—n, y
desemboca en la reflexi—n de un profesor de teolog’a: ÀDios omnisapiente o Dios
omnipotente?ÀRaz—n o Voluntad? El Papa transita sobre uno de los puntos
polŽmicos de la historia teol—gica occidental; Àlibertad o raz—n? La polŽmica es bien
conocida por el Papa. Duns Escoto y Guillermo de Ockham llevaron el argumento
hasta el l’mite: Dios podr’a haber creado un mundo en el que el odio a Dios
no fuese pecado, sino virtud (Ockham). Y si eso fuera cierto, volviendo al discurso
papal, entonces ser’a para el hombre imposible conocer a un Dios caprichoso y
arbitrario, que pudiera convertir lo bueno en malo y lo malo en bueno sin
ningœn criterio m‡s all‡ de su libertad total.
Efectivamente, si Dios es un Dios
voluntarioso, puede saltarse las mismas reglas de la raz—n, y por tanto
resultar inaccesible al ser humano por esta v’a; considerar a Dios como pura
voluntad es negar la posibilidad de una relaci—n humana y racional con Žl, y
reducirla a simple revelaci—n e imposici—n divina. Considerar a Dios como
voluntad desgajada de racionalidad tiene como consecuencia el voluntarismo
divino, y por tanto la incapacidad. En el texto, Benedicto XVI cita tambiŽn al
poeta y polemista cordobŽs Ibh Hazm, que llega a decir que Dios no estar’a
condicionado ni siquiera por su misma palabra y que nada lo obligar’a a
revelarnos la verdad. Si fuese su voluntad, el hombre deber’a practicar incluso
la idolatr’a.
En el texto, Benedicto XVI advierte
del peligro de las palabras de Ibh Hazm; tambiŽn de la filosof’a pr‡ctica de
Kant y del voluntarismo religioso de Escoto, pero nadie ha clamado contra la
cr’tica papal a los errores occidentales. Y ello por la creencia extendida, en
cristianismo e Islam, de que Dios puede hacerlo todo, incluso actuar contra la
raz—n: La convicci—n de que actuar contra la raz—n est‡ en contradicci—n con
la naturaleza de Dios, Àes solamente un pensamiento griego o es v‡lido siempre
por s’ mismo? ÀSe ha agotado el discurso de S—crates?, se pregunta Benedicto XVI.
Aqu’ el Papa recuerda la relaci—n
que el logos implica entre raz—n y palabra: "Logos" significa
tanto raz—n como palabra, una raz—n que es creadora y capaz de comunicarse. Si Dios es raz—n, y al mismo tiempo es palabra, entonces Dios es
comunicable, de Žl mismo hacia los hombres, y de los hombres entre s’. Y
viceversa, si Dios actœa contra la raz—n, el hombre no podr‡ conocer jam‡s la
infinita arbitrariedad divina, alejada del bien y la verdad, que son cosa de
raz—n:
M‡s all‡ de Žsta existir’a la
libertad de Dios, en virtud de la cual ƒl habr’a podido crear y hacer tambiŽn
lo contrario de todo lo que efectivamente ha hecho. Aqu’ se perfilan posiciones
que, sin lugar a dudas, pueden acercarse a aquellas de Ibn Hazn y podr’an
llevar hasta la imagen de un Dios-çrbitro, que no est‡ ligado ni siquiera a la
verdad y al bien.
Si la raz—n no permite acceder a
Dios, entonces Žste permanece siempre m‡s all‡ de la posibilidad humana. Un
Dios as’ resulta inalcanzable, y sus posibilidades abismales permanecen para
nosotros eternamente inalcanzables y escondidas tras sus decisiones efectivas. Por eso tal concepci—n
divina parece, a los ojos de Benedicto XVI, falsa: Dios no se hace m‡s
divino por el hecho de que lo alejemos en un voluntarismo puro e impenetrable,
sino que el Dios verdaderamente divino es ese Dios que se ha mostrado como el
"logos" y como "logos" ha actuado y actœa lleno de amor por
nosotros.
Compartible o no, discutible o no,
el argumento de Benedicto XVI es di‡fano; si la voluntad de Dios es
absolutamente libre y alejada de raz—n, entonces el hombre jam‡s podr‡ acceder
a Žl racionalmente. Adem‡s, puesto que la raz—n es, adem‡s, logos, entonces
tampoco podr’a comunicarse racionalmente Dios con los hombres, y entre ellos
mismos; la religi—n no ser’a comunicable mediante la raz—n y el di‡logo, puesto
que Dios quedar’a m‡s all‡ de todo eso, inaccesible por completo.
Crisis de Occidente
Oculto por la represi—n desatada
por islamistas, Benedicto XVI incluye una advertencia de fondo; es el uso de la
raz—n, escŽptico o creyente, agn—stico o fiel, el que est‡ en riesgo en
Occidente, y no s—lo la simple fe. Para el no creyente es discutible
te—ricamente que la raz—n y la fe tengan su destino tan unido como afirma el
Papa; pero el historiador convendr‡ necesariamente que ambas, en el Occidente
de hoy, parecen hundirse al mismo tiempo. Raz—n por la cual los desvelos del
Papa van tambiŽn hacia la descristianizaci—n de Europa, y lo hace con una tesis
de un calado lo suficientemente profundo para que ningœn medio de comunicaci—n
halla reparado en ello; m‡s all‡ de la evidente crisis religiosa que padece
Europa, y unido fŽrreamente a ella, existe una dehelenizaci—n europea, es
decir, un desapego constante del racionalismo griego que el Papa encuentra en
la modernidad, y que hoy parece acelerarse.
La cr’tica papal va m‡s dirigida a
Occidente que a Oriente; hoy se extiende la creencia en que s—lo la
racionalidad emp’rica es verdadera racionalidad, y que la verdad modelo es la
verdad de la ciencia. Frente a ello, el Papa adopta una posici—n
inequ’vocamente humanista; los interrogantes propiamente humanos, es decir,
"de d—nde" y "hacia d—nde", los interrogantes de la
religi—n y la Žtica no pueden encontrar lugar en el espacio de la raz—n comœn
descrita por la "ciencia" entendida de este modo y tienen que ser
colocados en el ‡mbito de lo subjetivo.
Colocados en el ‡mbito de lo
subjetivo, la Žtica y la moral dejan de tener un valor universal, y se reduce a
cuestiones culturales, psicol—gicas, religiosas o neurol—gicas. ƒstas son incapaces
de dar respuesta a los grandes retos de este mundo. Mientras nos regocijamos
en las nuevas posibilidades abiertas a la humanidad, tambiŽn podemos apreciar
los peligros que emergen de estas posibilidades y tenemos que preguntarnos c—mo
podemos superarlas. La racionalidad occidental ha relegado la Žtica y la
moral al ‡mbito de lo estrictamente privado, y ha dejado para las leyes
cient’ficas o econ—micas la objetividad absoluta. Al hacerlo, se–alan Benedicto
XVI y Juan Pablo II, niegan al hombre la posibilidad de buscar respuesta a las
grandes cuestiones humanas, que el cientificismo es incapaz de resolver, porque
son cuestiones existenciales, morales, humanas en sentido estricto.
Y es en este punto donde las
grandes religiones tienen algo que aportar, recuerda el Papa. Islam,
cristianismo y juda’smo niegan que la ciencia emp’rica de respuestas a todos
los interrogantes humanos; reconocen el uso universal de la raz—n, no s—lo
tŽcnico-cient’fico. Propone una tesis provocadora, que escandaliza a liberales
pero que une a religiosos isl‡micos, cristianos o jud’os: reducir la religi—n
al ‡mbito de la fe privada, separada de cualquier racionalidad, expresa
Benedicto XVI, es el camino m‡s directo hacia la ruptura total entre religiones
y civilizaciones. ÀPor quŽ? Porque si se consideran totalmente subjetivas, las
verdades religiosas se vuelven irremediablemente incomunicables, e imposibles
de ser dialogadas. Por el contrario, reconocer el car‡cter racional de las
religiones fomenta el di‡logo entre ellas, y entre la fe y la raz—n:
S—lo as’ podemos lograr ese
di‡logo genuino de culturas y religiones que necesitamos con urgencia hoy. En
el mundo occidental se sostiene ampliamente que s—lo la raz—n positivista y las
formas de la filosof’a basadas en ella son universalmente v‡lidas.
2. De Ratisbona a Manhattan
Voluntarismo, irracionalismo,
terrorismo
Un Dios voluntarista, desgajado
completamente del bien y de la verdad, es un Dios arbitrario, libŽrrimo,
caprichoso. Si actœa de manera independiente al bien y al mal, a la verdad y la
falsedad, si puede tornar por gusto lo bello en feo y lo bueno en malo, es un
Dios que el hombre no podr‡ conocer jam‡s. Separado de la raz—n, impide al
hombre conocerlo por sus propias facultades, le proh’be preguntarse racionalmente
por su existencia y por sus atributos. La œnica forma de comunicarse con Dios
es as’ la fe y la revelaci—n; la imposici—n racional o irracional del libre
arbitrio divino. La revelaci—n se impone as’ al hombre, independientemente de
su naturaleza racional.
Lo cual, en la era de la
geopol’tica del caos, tiene consecuencias pr‡cticas evidentes; la voluntad se
impone incluso a lo que el hombre, racionalmente, considera bueno o malo. La
racionalidad cient’fica, estŽtica o moral se ver‡ borrada del mapa, y llevar‡
al creyente a responderse f‡cilmente a la pregunta m‡s dif’cil: Àc—mo dudar en
cometer el crimen m‡s horroroso si la voluntad divina lo requiere?Àpor quŽ no
sepultar los escrœpulos que la raz—n tiene ante la perspectiva de estrellar un
avi—n repleto de inocentes contra un rascacielos?ÀQuiŽn es el hombre para
decidir que es un crimen reventar vagones de metro repletos de personas en
Atocha?
El terrorismo es malo
independientemente de que sea un pecado; la raz—n muestra la barbaridad que
supone degollar inocentes en televisi—n o quemar vivos a turistas en un
restaurante de Bali. Pero cuando la voluntad de Al‡ se sitœa al margen de la
raz—n y ordena desp—ticamente al ser humano actuar contra su propio raciocinio,
entonces las consecuencias pol’tica del problema teol—gico planteado por
Benedicto XVI saltan a la vista en cada telediario. El fanatismo religioso no
es producto, parad—jicamente, de situar a Dios demasiado cerca del ser humano,
sino de situarlo demasiado lejos, demasiado trascendente, demasiado subjetivo e
irracional.
En segundo lugar, y esto es lo que
ha motivado la furia de islamistas, situar a Dios fuera de la raz—n humana,
desgajarlo de la intimidad humana, hacerlo un extra–o, no s—lo conlleva hacerlo
incognoscible, sino incomunicable; si Dios no es objeto de nuestra raz—n,
tampoco lo es de nuestra palabra. Un Dios arbitrario, convertido en voluntad
desp—tica, ni es cognoscible ni es comunicable, y la conversi—n mediante medios
pac’ficos, imposible.
Entonces llevar la religi—n al resto
de hombres mediante el uso de la palabra y el di‡logo es imposible. Situar a
Dios separado del binomio raz—n/logos conlleva que no es comunicable mediante
raz—n y di‡logo y que la extensi—n de la confesi—n religiosa no es cuesti—n de
persuasi—n, sino de imposici—n; as’ aparece la aberraci—n irracional de
extender la fe mediante la espada, y la violencia; mediante mochilas bombas o
aviones de pasajeros. De la teolog’a a la pol’tica, el yihadismo es la
continuaci—n del voluntarismo divino por otros medios, la violencia ilimitada e
irracional desatada en un vag—n de metro o en una oficina de Manhattan es la
œnica forma en la que el hombre que ha expulsado a Dios de la raz—n puede
expandir la fe.
La calle en llamas; error o
confirmaci—n
Quienes claman en las calles ‡rabes
contra Benedicto XVI, exigen al Santo Padre respeto para el Islam, y lo hacen
quemando su efigie con gasolina; protestan contra la ofensa a otra religi—n, y
lo hacen pegando fuego a las iglesias cristianas palestinas. Se indignan porque
el Papa recuerde que Mahoma asoci— fe y espada, y lo hacen profetizando que el
Islam entrar‡ a sangre y fuego en Roma porque el Profeta lo profetiz—.
Occidente asiste asombrado a la reacci—n islamista e isl‡mica, que de nuevo se
le presenta confusa y peligrosa, donde terroristas entusiastas comparten
cr’tica con ulemas de rostro preocupado y solemne. Y lo hacen para culpar al
Papa de un crimen que no ha cometido.
ÁEl Papa dice que somos
violentos, matemos al PapaÁ, claman los islamistas iraqu’es ante la comprensi—n de los
europeos. Esquizofrenia religioso-pol’tica; el clŽrigo somal’ Sheikh Abubukar
Hassan Malin denuncia que el Papa acusa al islamismo de una Òcr’tica sin
fundamentosÓ, y proclama que los musulmanes deber’an matar al pont’fice. Los m‡s radicales se
indignan; la cr’tica sin fundamentos del Papa se refuta tiroteando a una monja
en un hospital somal’. El respeto entre las religiones se reclama quemando
crucifijos.
En su respuesta a las palabras del
Papa, defender la fe mediante la violencia es irracional, el islamismo
reivindica la violencia, reivindica lo irracional y lo hace ante las embobadas
c‡maras de televisi—n occidentales que enfocan los rostros desencajados, las
muecas de indignaci—n, las pancartas anticristianas. El yihadismo lanza sus masas
a la calle, escenifica la protesta, reivindica la violencia y la irracionalidad
para protestar contra quien ha advertido contra la violencia y la
irracionalidad y ya ha sido condenado a muerte por unos e invitado a
retractarse por otros.
M‡s all‡ del islamismo, otros se
indignan desligando el Islam del uso de la violencia; vana ilusi—n, no es
Benedicto XVI quien lo hace, sino Ben Laden y quienes protestan contra el Papa
junto a ellos. Nuevos inquisidores de la media luna, rastrean los medios de comunicaci—n
occidentales en busca del agravio que disculpa al Islam de sus propios
problemas. La Junta Isl‡mica de Espa–a lanza un comunicado contra el discurso
del Papa acus‡ndole de no conocer el Islam. Benedicto XVI no lig— al Islam con
el terrorismo; advirti— de que la concepci—n voluntarista de Dios, en el
cristianismo y en el islamismo, conduce a la violencia, pero eso les da igual.
Escrutan al Papa, pero no al yihadismo: Millares de j—venes musulmanes
desean morir, la tempestad de aviones no se detendr‡ (Al Qaeda) destruye el
sentimiento isl‡mico m‡s que cualquier declaraci—n de un Papa que pide en el
discurso el trabajo comœn entre isl‡micos y cristianos que la Junta Isl‡mica
niega d’a tras d’a.
La argumentaci—n teol—gica del Papa
desembocaba en la denuncia de los actos irracionales cometidos en nombre de la
fe. Por eso el discurso papal deb’a molestar a alguien m‡s; a todos aquellos
para los que la asociaci—n de Benedicto XVI entre fe, raz—n y di‡logo, es
falsa, y conciben a la Iglesia como un conjunto de oscuros pasillos repletos de
conspiraciones contra la humanidad; en el odio a la Iglesia coinciden los
radicales de LavapiŽs con los cosmopolitas de Chueca, y en el mismo frente se
han situado frente a un discurso que ninguno de ellos parece haberse le’do,
pero en el que vuelcan sus tradicionales iras.
Para el izquierdismo progresista,
la Iglesia es una de las fuerzas reaccionarias de la historia, y nada que haga
o diga su Santo Padre har‡ cambiar de opini—n a quienes se nombran a s’ mismos
intelectuales y reparten permisos de racionalidad. En general, la izquierda ha
sido incapaz de leer las l’neas papales; han corrido en socorro del di‡logo sin
ni siquiera leer el documento que abri— la polŽmica. As’, Antonio Gala (El
Mundo
17-09-06) responde groseramente a las palabras del Santo Padre; el escritor
deja para los nœmeros bisexuales de La Pasi—n Turca su comprensi—n y
reconocida sensibilidad. Ocupado en su pr—xima novela o en rellenar su columna
diaria, se muestra incapaz de leer el discurso del Papa, y lo despacha con
exabruptos tabernarios; Con aliados como Žste no necesitamos enemigos. Que
haga una ordal’a con Bin Laden. A Gala le da igual lo que diga el Papa o lo que
halla escrito; su respeto a la verdad parece limitarse a los propios dogmas
progresistas que venera.
Para la izquierda, cualquier
religi—n es irracional; ni Gala ni el resto de santones intelectuales pueden
soportar que un Papa identifique a Dios con raz—n. Se ven irremediablemente
empujados a equipararlo con Ben Laden, pues sus fobias van por otro lado. Se
trata de campeones del di‡logo; en nombre de Žl niegan al Papa la posibilidad
de opinar. Han instaurado un nuevo dogma, que comparten caprichosamente con un
islamismo que no dudar’a en acabar con su ate’smo a tiros, que consiste en culpar
a Occidente, al capitalismo y a la Iglesia de todos los males del mundo. En
nombre de este dogma niegan cualquier legitimidad racional a Benedicto XVI, e
invitan al pont’fice a no argumentar racionalmente para no poner en peligro el
di‡logo entre civilizaciones.
Pero el Santo Padre ha le’do a
S—crates; el di‡logo exige raz—n, bœsqueda de la verdad, confrontaci—n
argumental. El discurso de Ratisbona vers— sobre la necesidad de un di‡logo
entre civilizaciones basado en la raz—n. Benedicto XVI apel— al comportamiento
racional de las distintas confesiones para establecer un di‡logo fruct’fero.
Alert— contra la concepci—n de Dios como un ser arbitrario y caprichoso capaz
de imponer al ser humano comportamientos irracionales y violentos contra otro
ser humano. Pero es imposible el di‡logo con quien simplemente es instrumento
inanimado de unos supuestos designios divinos que le llevan a asesinar en masa
en Egipto, Londres o Madrid; pero tampoco lo es con quien considera a su
interlocutor un crŽdulo culpable de los males que afligen al mundo, y a quien
se le exige silencio y obediencia a los dogmas de la idolatr’a de la historia,
de la ideolog’a o de la tŽcnica. Ingenieros de almas en Occidente y profetas
yihadistas en Oriente han confluido una vez m‡s para socavar los
contradictorios pilares de la civilizaci—n europea. As’ las cosas la pregunta
es cu‡nto durar’an los primeros estableciendo su sacrosanto di‡logo con los
segundos..
îscar El’a es Analista Adjunto en
el çrea de Pensamiento Pol’tico