DISCURSO
DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS OBISPOS DE PUERTO RICO EN VISITA ÇAD LIMINA
APOSTOLORUMÈ
Jueves 27 de octubre de 1988
Se–or
Cardenal,
queridos hermanos en el Episcopado:
1. Me complace daros mi m‡s cordial bienvenida en este
encuentro, que sigue a los coloquios privados mantenidos con ocasi—n de vuestra
visita Òad liminaÓ. Agradezco el deferente saludo con el que me hacŽis llegar
tambiŽn los sentimientos de cercan’a y afecto de vuestros fieles diocesanos,
que forman esa porci—n de la Iglesia de Dios en Puerto Rico.
La visita de los Obispos Òad limina ApostolorumÓ,
signo de comuni—n intereclesial, consiste fundamentalmente, como bien sabŽis,
en venerar los sepulcros de los ap—stoles Pedro y Pablo, visitar al Papa para
informarle sobre el estado de las respectivas di—cesis, as’ como tomar contacto
con los Dicasterios de la Curia romana. Estos encuentros ayudan sin duda a
fomentar la unidad entre las Iglesias locales y la de Roma, sede del ap—stol
Pedro, que es principio y fundamento visible de la comuni—n de los obispos y
tambiŽn de los fieles. De ah’ que se pueda afirmar que la C‡tedra de Pedro
tutela las leg’timas diferencias y, al mismo tiempo, vigila para que las
particularidades de cada Iglesia, lejos de ser un obst‡culo para la unidad, la
enriquezcan. Por ello, el Papa tiene no s—lo la misi—n de procurar el bien
comœn de la Iglesia universal, sino tambiŽn el de cada una de las Iglesia
locales. En este sentido, los encuentros privados y colectivos de la visita Òad
liminaÓ permiten al Obispo de Roma conocer de cerca las necesidades y
circunstancias locales de cada comunidad de creyentes.
2. La consolidaci—n del sentido colegial en el seno de
vuestra Conferencia Episcopal contribuir‡ ciertamente a dar vigor a vuestro
ministerio y a una mejor adaptaci—n a las realidades pastorales. En efecto, si
bien la responsabilidad y competencia del Ordinario en la propia di—cesis es
primaria e insustituible (cf. Lumen gentium, 20.23), la colaboraci—n rec’proca
de los obispos dentro de la misma Conferencia es un medio eficaz a fin de
lograr un mayor bien para los fieles a escala interdiocesana o regional, pues
aquellas problem‡ticas que superan el ‡mbito de una di—cesis, requieren, por lo
general, estudios y orientaciones al mismo nivel. De esta manera, contando con
la generosa colaboraci—n de todos, en perspectiva unitaria y con planteamientos
di‡fanos, podr‡ lograrse una l’nea comœn, que sea de ayuda para cada uno en el
ejercicio de su propia funci—n pastoral.
En esta tarea, vivid intensamente la uni—n entre
vosotros mismos, as’ como con el Sucesor de Pedro y con toda la Iglesia. El
testimonio de unidad entre vosotros ser‡ ciertamente motivo y est’mulo para
acrecentar aœn m‡s la unidad entre vuestros sacerdotes, entre los agentes de
pastoral y con los dem‡s miembros de vuestras Iglesias particulares.
3. De cara al V Centenario de la Evangelizaci—n de
AmŽrica, en el marco de lo que se ha llamado Ònueva evangelizaci—nÓ –y
teniendo tambiŽn presente la realidad de la Iglesia en Puerto Rico, como lo
habŽis reflejado personalmente en nuestros encuentros y en las relaciones
quinquenales– deseo presentar a vuestra consideraci—n algunas reflexiones
que puedan contribuir a potenciar la unidad operativa y din‡mica en vuestro
ministerio pastoral.
Como obispos vosotros sois la voz de Cristo en medio
de los fieles. Sois maestros de la verdad, pues en una Iglesia servidora de la
verdad sois los primeros evangelizadores y ninguna otra tarea podr‡ eximiros de
esta misi—n sagrada. TenŽis, pues, que velar para que vuestras comunidades
avancen incesantemente en el conocimiento y puesta en pr‡ctica de la Palabra de
Dios, alentando y guiando tambiŽn a quienes son vuestros colaboradores en la
funci—n de ense–ar. Por ello al alentar la leg’tima labor de los te—logos, que
desempe–an una misi—n espec’fica dentro de la Iglesia, vosotros debŽis prestar
al mismo tiempo un permanente servicio en el discernimiento de la verdad,
dentro de la fidelidad debida al Magisterio eclesial. Y, si ello fuera
necesario, preservando dicha verdad de posibles manipulaciones por parte de
magisterios paralelos de personas o grupos, como se–ala el Documento de Puebla
(Puebla, 687).
Como obispos tenŽis tambiŽn una responsabilidad bien
definida en el campo litœrgico, en cuanto dispensadores de la gracia y presidentes
de la comunidad orante. Por consiguiente, debŽis de procurar la promoci—n de la
liturgia y la fructuosa administraci—n de los sacramentos, especialmente el de
la Eucarist’a, Òmediante la cual la Iglesia vive y crece continuamenteÓ (Lumen
gentium, 26). Por ello habrŽis de cuidar que sean respetadas las normas
establecidas, sobre todo en las celebraciones eucar’sticas, que nunca deben
depender del arbitrio o de las iniciativas particulares de personas o grupos
que se disocian de las orientaciones dadas por la Iglesia.
Sois, amados hermanos, servidores de la unidad. En
efecto, con la potestad sagrada de la que habŽis sido revestidos en la
ordenaci—n episcopal, debŽis de suscitar la confianza y la participaci—n
responsable de todos, creando en la di—cesis un clima de comuni—n eclesial, sin
menoscabo de vuestra espec’fica responsabilidad de gobierno por el bien y
salvaci—n de las almas. Particularmente delicada puede ser vuestra tarea
ministerial cuando hay que orientar a los seglares en su deber de colaborar en
la construcci—n de la ciudad terrena, pero no hay que olvidar que Òlos
Pastores, puesto que deben preocuparse de la unidad, se despojar‡n de toda
ideolog’a pol’tico partidista que pueda condicionar sus criterios y actitudes (Puebla,
526). De esta manera, serŽis plenamente instrumentos de reconciliaci—n y
de una convivencia pac’fica, guiando a la comunidad fiel hacia unos objetivos
de mayor justicia social, as’ como de defensa y promoci—n de los derechos de
cada uno, especialmente de los m‡s pobres y necesitados.
4. Para llevar a cabo vuestra tarea episcopal la
colaboraci—n de vuestros sacerdotes, religiosos, religiosas y agentes de
pastoral es preciosa e indispensable. Ya sŽ que a este respecto Puerto Rico
est‡ recibiendo ayuda de otras comunidades eclesiales, lo cual es consolador y
manifiesta la comuni—n entre las Iglesias, pero al mismo tiempo, este dato
revela la necesidad de aplicarse con toda intensidad en una pastoral vocacional
convenientemente programada.
Como tuve ocasi—n de indicar en el discurso inaugural
de la Conferencia de Puebla, Òtoda comunidad ha de procurar sus vocaciones,
como se–al incluso de su vitalidad y madurez. Hay que reactivar una intensa
acci—n pastoral que, partiendo de la vocaci—n cristiana en general y de una
pastoral juvenil entusiasta, dŽ a la Iglesia los servidores que necesitaÓ (Discurso
a la III Conferencia general del episcopado latinoamericano, IV, 28 de enero de
1979). Bien sabŽis que es de suma importancia que las di—cesis o
provincias eclesi‡sticas puedan disponer de sus propios centros donde sean
acogidos y formados los candidatos al sacerdocio y a la vida religiosa. Es
verdad que para ello se necesitan educadores responsables y bien preparados
intelectual y espiritualmente, mas estad ciertos de que, con la ayuda de Dios,
podrŽis proveer los formadores competentes que sigan con solicitud la
preparaci—n de vuestros seminaristas en sus propios ambientes y en contacto
directo con la problem‡tica pastoral y humana de las comunidades a las que un
d’a habr‡n de servir.
Todos los esfuerzos que hag‡is para la buena formaci—n
de los candidatos al sacerdocio y a la vida religiosa –empezando por la
promoci—n de las vocaciones en el ‡mbito de los centros de ense–anza–
ser‡n de vital importancia para vuestras comunidades eclesiales.
Y para que las vocaciones encuentren el ambiente
natural en el que puedan germinar y desarrollarse, es imprescindible cuidar la
pastoral familiar. Insistid y orientad a vuestros sacerdotes a fin de que
pongan esa tarea apost—lica entre sus prioridades. Con ello multiplicar‡n la
eficacia de su apostolado, si logran hacer de cada familia una verdadera iglesia
domŽstica y un centro impulsor de evangelizaci—n de otras familias (cf. Familiaris
consortio, 52-55).
5. Particular cuidado a vuestra solicitud de Pastores
han de merecer los movimientos apost—licos, cuyo dinamismo ha de tener su
fuente en la fuerza de la fe y en la vida sacramental.
Bien sabŽis que Òel apostolado de los laicos brota de
la misma esencia de su vocaci—n cristianaÓ (Apostolicam Actuositatem, 2).
Ellos, convenientemente asistidos por los sacerdotes, han de trabajar
–individualmente o leg’timamente asociados– para atraer a la
Iglesia a aquellos hermanos cuya fe se ha debilitado o que se encuentren
alejados de ella. Igualmente, los seglares han de prestar su colaboraci—n
generosa en las tareas parroquiales y diocesanas: en la catequesis, en la
asistencia caritativa, en la promoci—n social y humana. Mas, sobre todo, han de
dar testimonio de vida cristiana para que sus familias sean –como se–ala
el Documento de Puebla– el Òprimer centro de evangelizaci—nÓ (Puebla,
617).
Por otra parte, no se os ocultan ciertamente, queridos
hermanos, los riesgos y peligros que acechan a la instituci—n familiar.
Factores de diversa ’ndole han contribuido a que, en nuestra Žpoca, ciertos
principios que son b‡sicos para la estabilidad familiar se vean seriamente
amenazados.
En efecto, una difundida mentalidad divorcista que
quiere evitar compromisos definitivos, as’ como las reprobables pr‡cticas anticoncepcionales
y la violaci—n del don de la vida mediante el aborto, todo ello, divulgado
tambiŽn por unos medios de comunicaci—n social que no siempre promueven los
verdaderos valores humanos y del esp’ritu, hace que vayan en aumento los caves
de dolorosas situaciones familiares que tantos y tan graves problemas suscitan.
Tarea ineludible de la pastoral familiar ser‡, por
consiguiente, continuar inculcando en los c—nyuges cristianos una valoraci—n
cada vez mayor de la vida, pues al engendrar un hijo, los esposos han de ser
conscientes de que est‡n colaborando ’ntimamente con el plan creador de Dios.
La paternidad responsable que defiende la doctrina cat—lica ha de ser fuente de
orientaci—n clara y de espiritualidad cristiana para los esposos. Dicha doctrina
no podr‡, en ningœn caso, ser presentada en sentido reductivo, haciŽndola casi
sin—nimo de lo contrario, es decir, de ausencia de paternidad y maternidad. En
una palabra, el matrimonio cristiano, sacramento instituido por Jesucristo, ha
de significar siempre un Òs’Ó a la vida.
6. Es innegable que la promoci—n y defensa de los
valores morales y del esp’ritu en la instituci—n familiar contribuir‡ tambiŽn,
entre otras cosas, a abrir caminos nuevos y dar motivos de esperanza a una
juventud que, asediada por la sociedad permisiva y de consumo, busca no
obstante ideales nobles que den sentido a sus leg’timas aspiraciones por un
mundo m‡s justo y fraterno. Es Cristo el œnico que puede saciar plenamente el
coraz—n del joven que se abre a la vida.
La formaci—n religiosa de los ni–os y de los j—venes
ha de continuar siendo objeto principal de vuestra acci—n pastoral. Os invito,
pues, a consagrar a la catequesis a los mejores recursos en hombres y en
energ’as, sin ahorrar esfuerzos, fatigas y medios materiales, para organizarla
mejor y formar personal capacitadoÓ (Catechesi Tradendae, 15).
Todo esto viene a ser aœn m‡s necesario si tenemos en
cuenta ciertos fen—menos actuales, que est‡n marcados por un agudo proceso de
secularizaci—n, de actitudes laicistas y de orientaciones puramente terrenas,
lo cual provoca un debilitamiento de la incidencia del mensaje evangŽlico en la
vida de los hombres y de la sociedad.
Es preciso, por tanto, aunar los esfuerzos de todos
para hacer realidad la transmisi—n de una fe profunda y autŽntica que presente
con claridad toda la belleza del Evangelio, sin reduccionismos dudosos ni
interpretaciones arbitrarias que crean confusi—n y son extra–os al dep—sito
doctrinal y al Magisterio de la Iglesia.
7. Desde esta perspectiva, se hace indispensable la
programaci—n y puesta en pr‡ctica de una pastoral org‡nica de conjunto que,
aprovechando todas las fuerzas vivas de la Iglesia en Puerto Rico, impulse una
evangelizaci—n integral que penetre hondamente en la realidad social y
cultural, e incluso en el orden econ—mico y pol’tico.
Dicha evangelizaci—n integral tendr‡, naturalmente, su
culmen en una intensa vida litœrgica que haga de las parroquias comunidades
eclesiales vivas, en las que se promueva una creciente formaci—n cristiana de
los fieles y una participaci—n m‡s activa en la acci—n asistencial y caritativa
de la Iglesia. En una palabra: que sean comunidades comprometidas con un nuevo
e ilusionado dinamismo apost—lico.
En este contexto, tambiŽn la religiosidad popular,
convenientemente purificada de elementos espurios, podr‡ ser v‡lido instrumento
de evangelizaci—n y veh’culo de un autŽntico crecimiento en la fe, que
consolide a los fieles en su condici—n de hijos de la Iglesia, frente al
proselitismo de las sectas.
Antes de terminar quiero reiteraros, amados hermanos,
mi agradecimiento y mi afecto. Pido al Se–or que este encuentro consolide y
confirme vuestra uni—n mutua como Pastores de la Iglesia en Puerto Rico. Con
ello, vuestro ministerio episcopal ganar‡ en eficacia e intensidad, lo cual
redundar‡ en bien de vuestra respectivas comunidades eclesiales.
Al mismo tiempo, os doy el encargo de llevar a
vuestros sacerdotes, religiosos, religiosas, seminaristas, agentes de pastoral
y todos vuestros diocesanos el saludo y la bendici—n del Papa, que por todos
ora con viva esperanza y que conserva en su afecto y coraz—n de Pastor el
entra–able recuerdo de la intensa jornada vivida con ellos con ocasi—n de la
visita apost—lica de hace cuatro a–os.
A la intercesi—n de la Sant’sima Virgen encomiendo
vuestras personas, vuestras intenciones y prop—sitos pastorales, para que
llevŽis a cabo la tarea de una nueva evangelizaci—n que prepare los corazones a
la venida del Se–or. Con estos deseos os acompa–a mi oraci—n y mi Bendici—n
Apost—lica.