Discurso de Juan PabloII
11 septiembre de 1999
A los obispos de laconferencia episcopal de puerto rico en visita "ad limina"
Queridos hermanos en elepiscopado:
1. Con gusto os recibohoy, pastores de la Iglesia de Dios en Puerto Rico, en vuestra peregrinaci—n alas tumbas de los ap—stoles Pedro y Pablo, signo de vuestra comuni—n con elObispo de Roma y con la Iglesia universal. La visita "ad limina"ofrece la ocasi—n para encontraros con el Sucesor de Pedro y sus colaboradores,y recibir de ellos el apoyo necesario para vuestra acci—n pastoral.
Agradezco cordialmente amons. Ulises Aurelio Casiano Vargas, obispo de Mayagźez y presidente de laConferencia episcopal, las amables palabras que me ha dirigido en nombre detodos, para renovar vuestras expresiones de afecto y estima y hacerme part’cipede las preocupaciones y esperanzas de la Iglesia en Puerto Rico. Doy tambiŽn uncaluroso saludo, lleno de agradecimiento, al se–or cardenal Luis AponteMart’nez, por el celo con que ha servido durante muchos a–os la arquidi—cesisde San Juan, regida ahora por mons. Roberto Octavio Gonz‡lez Nieves. Por mediode vosotros, saludo igualmente a los sacerdotes, religiosos, religiosas yfieles de vuestras di—cesis. Llevadles el recuerdo afectuoso del Papa, que lostiene presentes en su oraci—n, para que crezcan en la fe en Cristo y en lacaridad con el pr—jimo.
2. En vuestra misi—n depastores del pueblo que os ha sido confiado debŽis ser, ante todo, promotores ymodelos de comuni—n. As’ como la Iglesia es una, as’ tambiŽn el Episcopado esuno, siendo el Papa, como afirma el concilio Vaticano II, "el principio yfundamento perpetuo y visible de unidad, tanto de los obispos como de lamuchedumbre de los fieles" (Lumen gentium, 23). Por esto la uni—n colegialdel Episcopado es uno de los elementos constitutivos de la unidad de laIglesia.
Esta uni—n entre losobispos es particularmente necesaria en nuestros d’as, ya que las iniciativaspastorales tienen mśltiples formas y trascienden los l’mites de la propia di—cesis.La comuni—n debe concretarse, adem‡s, en una cooperaci—n pastoral y enprogramas y proyectos comunes. Esto se hace cada vez m‡s urgente teniendo encuenta las dimensiones geogr‡ficas de Puerto Rico, la facilidad y multiplicidadde los medios de comunicaci—n e informaci—n, y la movilidad de la poblaci—nque, por motivos de trabajo y otros, se concentra principalmente en la capital,dando lugar al fen—meno de la urbanizaci—n con su consiguiente problem‡tica.Este fen—meno presenta grandes retos para la acci—n pastoral de la Iglesia (cf.Ecclesia in America, 21).
Por otro lado, lascomunidades eclesiales necesitan pastores que sean hombres de fe y que estŽnunidos entre s’, capaces de afrontar los desaf’os de una sociedad cada vez m‡spropensa a la secularizaci—n. En efecto, aunque la mayor’a de lospuertorrique–os se han bautizado en la Iglesia cat—lica y practican una variadareligiosidad popular, carecen a veces de una fe s—lida y madura. Por estomuchos, sobre todo los j—venes, buscan la manera de compensar su vac’o interiory la falta de un proyecto de vida con suced‡neos de diverso tipo, dej‡ndosearrastrar por el hedonismo y huyendo de sus propias responsabilidades (cf.Pastores dabo vobis, 7). En este sentido, consumismo, hedonismo, falta de idealespositivos e indiferencia ante los valores religiosos y los principios Žticosson un fuerte obst‡culo para la evangelizaci—n. Todo ello se hace aśn m‡sdif’cil por la presencia de sectas y de nuevos grupos pseudorreligiosos cuyaexpansi—n tiene lugar en ambientes tradicionalmente cat—licos. Este fen—menoexige un profundo estudio "para descubrir los motivos por los que no pocoscat—licos abandonan la Iglesia" (Ecclesia in America, 73).
Ante todo esto, y comomaestros de la sana doctrina, llamados a indicar el camino seguro que lleva alPadre, y como servidores de la luz que es Cristo, "imagen de Diosinvisible" (Col 1, 15), no dejŽis de dar unidos como Conferencia episcopalvuestra ense–anza sobre los problemas que preocupan a vuestra isla, sinreemplazar la responsabilidad de los pol’ticos y de los laicos, y respetando lalibertad de opci—n de los cat—licos sobre el "status" y el futuro dePuerto Rico.
3. En vuestra misi—npastoral cont‡is con la colaboraci—n asidua de los sacerdotes, los cuales, encomuni—n con vosotros, han de ser siempre y en todas las situaciones ministroscre’bles y generosos de Cristo y de su Iglesia. A este respecto exhorta elVaticano II: "Los obispos, a causa de esta comuni—n en el mismo sacerdocioy ministerio, han de considerar a los presb’teros como hermanos y amigos y hande buscar de coraz—n, segśn sus posibilidades, el bien material y sobre todoespiritual de los mismos. En efecto, recae sobre todo en los obispos la graveresponsabilidad de que sus sacerdotes sean santos; deben cuidar, por tanto, alm‡ximo la formaci—n continua de los presb’teros. Han de escucharles de buenagana e incluso consultarlos y dialogar con ellos sobre las necesidades deltrabajo pastoral y el bien de la di—cesis" (Presbyterorum ordinis, 7). Poreso, tratad de acompa–ar a vuestros sacerdotes personalmente en el ministeriopastoral, tanto en sus dificultades como en sus alegr’as, visit‡ndolos yrecibiŽndolos frecuentemente, fomentando la amistad con ellos y atendiŽndoloscon esp’ritu fraterno, a la vez que los alent‡is a ser fieles a sus compromisossacerdotales, sobre todo en su constancia en la oraci—n personal.
Al ser el clero devuestras di—cesis heterogŽneo e insuficiente, adquiere una importancia capitalel seminario, centro donde se preparan los futuros sacerdotes. Os animo aseguir promoviendo una intensa pastoral vocacional en las parroquias, a fin deque todos los presb’teros se sientan responsables y comprometidos en elnacimiento y cuidado de nuevas vocaciones. Al mismo tiempo, hay que dedicar lamayor atenci—n y las mejores energ’as a los nuevos candidatos, form‡ndolos enla comuni—n fraterna y proporcion‡ndoles una s—lida base teol—gica y cultural,haciendo que sean, sobre todo, hombres de Dios, que deber‡n dar testimonioconstante de caridad y pobreza evangŽlica, sensibles principalmente a lasnecesidades de los m‡s pobres y marginados. Para ello es necesario revitalizarlos seminarios de San Juan y de Ponce, escogiendo formadores santos e id—neos,que de manera estable acompa–en a los j—venes en su seguimiento de Cristo paraservir a la Iglesia. Es de desear que todos los seminaristas puertorrique–os seformen en esos dos centros; de este modo sus obispos podr‡n visitarlos confrecuencia e instaurar as’ un clima de m‡s confianza y mutuo conocimiento.
4. En la pastoraldiocesana ocupan un puesto singular los religiosos y religiosas que trabajan enel campo educativo, sanitario o social. Es necesario establecer tambiŽn conellos relaciones de comuni—n, a la vez que se les ayuda a vivir en la santidady la fidelidad al propio carisma como un enriquecimiento de la vida eclesial,dando testimonio personal en el ‡rea donde cada uno desarrolla su misi—n.TambiŽn las comunidades contemplativas son una presencia silenciosa pero muyeficaz en la di—cesis. Ellas merecen una especial atenci—n porque, desde suopci—n radical de seguir a Cristo, colaboran a la extensi—n de su Reino.
5. Por otro lado, lapastoral diocesana va dirigida principalmente a los laicos, los cuales, pormedio de su sacerdocio bautismal, deben sentirse directamente comprometidos enla vida eclesial y social. Sobre este compromiso afirma el Vaticano II:"La misi—n de la Iglesia no consiste s—lo en ofrecer a los hombres elmensaje y la gracia de Cristo, sino tambiŽn en impregnar y perfeccionar con elesp’ritu evangŽlico el orden de las realidades temporales" (Apostolicamactuositatem, 5). Todas las realidades que configuran el orden temporal -entrelas que cabe destacar la familia, la cultura, la econom’a, las artes, eltrabajo, la pol’tica y las relaciones internacionales-, deben estar ordenadas aDios gracias al compromiso de cristianos maduros. La Iglesia, a travŽs de unaasidua y profunda formaci—n de los laicos a nivel espiritual, moral y humano,ha de ayudarlos a ser fermento evangŽlico en la sociedad actual.
Por lo que ata–e a lafamilia, elemento constitutivo de la sociedad, sŽ que Puerto Rico est‡atravesando un per’odo de particular dificultad, como evidencia el crecientenśmero de divorcios y el elevado porcentaje de ni–os que nacen fuera delmatrimonio. Esto hace sentir la urgente necesidad de promover una catequesisque ilustre la grandeza y dignidad del amor conyugal segśn el designio divino,as’ como sus exigencias por el bien de la pareja y de los hijos. La familia,como "iglesia domŽstica", est‡ llamada a ser el ‡mbito donde lospadres transmiten la fe cristiana, siendo "para sus hijos los primerosanunciadores de la fe con su palabra y con su ejemplo" (Lumen gentium,11). Os invito, pues, a no ahorrar esfuerzos en la pastoral familiar,preparando nścleos de familias que sean tambiŽn catequistas de las dem‡s con lapalabra y el propio testimonio de vida.
Como consecuencia de loanterior, hay que cuidar celosamente de la educaci—n de la infancia y de lajuventud. En efecto, "los j—venes son una gran fuerza social yevangelizadora. Constituyen una parte numeros’sima de la poblaci—n en muchasnaciones de AmŽrica. En el encuentro de ellos con Cristo vivo se fundan laesperanza y las expectativas de un futuro de mayor comuni—n y solidaridad parala Iglesia y las sociedades de AmŽrica" (Ecclesia in America, 47).Procurad, pues, que la nueva evangelizaci—n llegue al mundo de los j—venes atravŽs de grupos, movimientos y asociaciones que les impulsen a participar enla vida eclesial y tambiŽn en acciones de solidaridad con los m‡s necesitados.La formaci—n de la juventud no debe distanciarse de la educaci—n religiosa ymoral que deben ofrecer las escuelas y universidades cat—licas. Para ello se hade cuidar con esmero la formaci—n religiosa, humana y cultural de loseducadores, para que garanticen y completen la transmisi—n de los valores quedeber’a iniciarse en cada familia.
6. En todo este procesode formaci—n de las personas encontramos, a veces, legislaciones que est‡n encontraste con los principios cristianos. En este sentido, la Iglesia consideraque la cultura autŽntica debe considerar al hombre integralmente, es decir, entodas sus dimensiones personales, sin olvidar los aspectos Žticos y religiosos.Por esto urge tambiŽn dedicar personas preparadas para atender la pastoral dela cultura. En este sentido son de alabar diversas iniciativas como las Semanasde educaci—n cat—lica, los congresos y otras actividades culturales.Lamentablemente el contexto cultural actual -y Puerto Rico no es una excepci—n-tiende a fomentar una cultura y una vida social alejada de Dios. Algunas ideasque se consideran pilares de la cultura moderna o posmoderna son claramente nocristianas. Por lo que se refiere al campo Žtico, se presenta el divorcio, elaborto, la eutanasia asistida, las relaciones prematrimoniales y el hedonismocomo "conquistas" modernas en aras de una mal entendida libertadindividual exenta de responsabilidades. Ante esta realidad en cierto modopreocupante, la Asamblea especial para AmŽrica del S’nodo de los obisposconsider— justamente que "la nueva evangelizaci—n pide un esfuerzo lścido,serio y ordenado para evangelizar la cultura" (Ecclesia in America, 70).
7. Queridos hermanos,antes de concluir este encuentro, que tiene lugar a pocos meses del inicio delgran jubileo del 2000, os aseguro mi profunda comuni—n en la oraci—n junto conmi firme esperanza en la renovaci—n espiritual de vuestras di—cesis, a fin deque los fieles cat—licos puertorrique–os acrecienten su fe, progresen en elcultivo de las virtudes cristianas y den valiente testimonio en el propioambiente.
Encomiendo todos estosdeseos y tambiŽn vuestro ministerio pastoral a la intercesi—n de Nuestra Se–orade la Providencia, Madre y patrona de Puerto Rico, para que con su solicitudmaterna acompa–e y proteja el crecimiento espiritual de todos sus hijos e hijasen un clima de serenidad y paz social.
En esta circunstancia ospido de nuevo que llevŽis mi afectuoso saludo a vuestros sacerdotes, a losreligiosos y religiosas, a los seminaristas y sus formadores, a los agentes depastoral y a todos los fieles diocesanos. A vosotros y a todos ellos impartocon gran afecto la bendici—n apost—lica.
Castelgandolo, 11 deseptiembre 1999